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El nuevo Mexican Moment: Estrictamente Personal

30. mayo, 2014|Sin categoría|No comments

nuevo Mexican Moment
Estrictamente Personal
Raymundo Riva Palacio I 30/05/2014 ,12:01 am
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El Mexican Moment sigue vigente. Ya no como una oportunidad llena de luces como hace un año, sino como una desombras y claroscuros. Los editores del semanario británico The Economist, el más influyente de su tipo en el mundo, autores intelectuales de la burbuja mágica en la que imaginaban al nuevo gobierno de Enrique Peña Nieto, son los primeros que cerraron ese capítulo lleno de optimismo que comenzó en noviembre de 2012 cuando titularon “Mexico’s Moment”, un artículo que escribió para ellos el presidente electo, donde prometía: “Trabajaremos para un modelo económico, político y social próspero, en el cual el pragmatismo y el respeto de los valores liberales coexistan”.

The Economist, gran trompetista de los gobiernos mexicanos liberales, fue seducido. Ese artículo de Peña Nieto en un blog en su edición electrónica fue reproducido en la edición impresa de su número especial sobre el futuro del mundo que sacan en papel cada año. Ahora The Economist, que también suele decepcionarse rápidamente de los gobiernos mexicanos liberales y se corre a los extremos, es la vanguardia global de todos aquellos decepcionados de Peña Nieto. Ahora, en un artículo publicado en su última edición, titulado “el atorón de mañana”, afirma:

“Hasta lo que va del año, el gobierno de México se parece a uno de los muchos devotos de San Judas, patrón de lascausas perdidas, que hay en el país. Se ha aferrado tenazmente a un pronóstico de crecimiento de 3.9%, aún cuando su principal mercado de exportaciones, Estados Unidos, ha estado lento y los dos pilares de la economía interna –consumo y construcción-, han estado peor”.

El crecimiento fue ajustado a 2.7% el mismo día que la publicación salió a la calle, rectificación de pronóstico que, sin embargo, no amainó la tormenta, en México sobre el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y en el mundo sobre el presidente Peña Nieto. Los temas recurrentes son el magro crecimiento y si hay o no recesión en México. Los dos tienen explicaciones técnicas y metodológicas enfrentadas, pero por encima de ellos existe asimismo una lucha abierta escondida detrás del ámbito económico, que apenas se asoma por detrás del debate que se vive, donde participan múltiples actores, algunos incluso sin conocimiento técnico para discutir objetivamente. En esos entretelones, hay elementos que pueden aportar al entendimiento de la confrontación en este nuevo Momento Mexicano que mantiene incendiada la pradera nacional, y que tienen que ver con decisiones presidenciales.

Hay que voltear al presidente Peña Nieto que suele engañar con la verdad. En aquél artículo en The Economist mencionó la coexistencia del pragmatismo y los valores liberales. Si en México no lo veían venir, en Londres menos. El pragmatismo de Peña Nieto se vio claramente cuando, ante una crisis política que podría afectar la aprobación de la reforma energética, revirtió el incremento al IVA previsto para este año y se fue con una iniciativa del PRD y una idea del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, para elevar impuestos a los contribuyentes de mayor ingreso. Todos los sectores productivos resultaron afectados por esa medida y transfirieron una parte del costo a los consumidores. Las consecuencias por las nuevas disposiciones fiscales, estancaron la economía o, de acuerdo con otra interpretación metodología, causaron una recesión.

Lo que sucedió es que la política económica, como en los viejos tiempos, se volvió a manejar desde Los Pinos con un enfoque político. Las élites, como las que refleja en sus páginas el semanario británico, se indignaron. ¿Cómo, ante elcambio de las variables exógenas, como el comportamiento de la economía de Estados Unidos, de la que es dependiente la mexicana, no hubo un cambio de dirección? Políticamente dogmática, la decisión de incrementar impuestos cuando la economía venía cayendo, fue a contrasentido económico, que exige en esas circunstancias bajar impuestos para estimular la economía. Pero el tema era político, como también lo fueron las provisiones en las leyes secundarias de la reforma energética donde los inversionistas en el mundo están teniendo dudas sobre sus proyectos de largo plazo.

A los inversionistas no les ha gustado que los órganos reguladores –que decidirán en dónde y a quién se les dan contratos para explorar y producir en aguas profundas-, quedaran en manos del gobierno. Las garantías jurídicas en la ley secundaria no les reduce el temor que les garantice que un nuevo gobierno –piensan en la lógica de López Obrador-, en el futuro los excluya de la actividad y pierdan los recursos y el tiempo invertidos, al dejar dentro de la ley la discrecionalidaddel gobierno esas decisiones.

Fueron los efectos de sus acciones políticas debajo de la máscara económica, lo que se encuentra en el trasfondo de la actual discusión sobre el crecimiento, y que tiene atrapado retóricamente el gobierno mexicano. Pero es el terreno en el cual quiso jugar y en el que lo están confrontando actualmente desde las sombras. Ha querido subordinar la economía a la política, que es una tentación que en el pasado resultó bastante dañino para el país. Es un terreno ya recorrido y por el cualdos generaciones han vivido en crisis. Rectificar esa visión y acción, es un buen consejo. Si es a tiempo, mucho mejor.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx
nuevo Mexican Moment
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Raymundo Riva Palacio I 30/05/2014 ,12:01 am
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El Mexican Moment sigue vigente. Ya no como una oportunidad llena de luces como hace un año, sino como una desombras y claroscuros. Los editores del semanario británico The Economist, el más influyente de su tipo en el mundo, autores intelectuales de la burbuja mágica en la que imaginaban al nuevo gobierno de Enrique Peña Nieto, son los primeros que cerraron ese capítulo lleno de optimismo que comenzó en noviembre de 2012 cuando titularon “Mexico’s Moment”, un artículo que escribió para ellos el presidente electo, donde prometía: “Trabajaremos para un modelo económico, político y social próspero, en el cual el pragmatismo y el respeto de los valores liberales coexistan”.

The Economist, gran trompetista de los gobiernos mexicanos liberales, fue seducido. Ese artículo de Peña Nieto en un blog en su edición electrónica fue reproducido en la edición impresa de su número especial sobre el futuro del mundo que sacan en papel cada año. Ahora The Economist, que también suele decepcionarse rápidamente de los gobiernos mexicanos liberales y se corre a los extremos, es la vanguardia global de todos aquellos decepcionados de Peña Nieto. Ahora, en un artículo publicado en su última edición, titulado “el atorón de mañana”, afirma:

“Hasta lo que va del año, el gobierno de México se parece a uno de los muchos devotos de San Judas, patrón de lascausas perdidas, que hay en el país. Se ha aferrado tenazmente a un pronóstico de crecimiento de 3.9%, aún cuando su principal mercado de exportaciones, Estados Unidos, ha estado lento y los dos pilares de la economía interna –consumo y construcción-, han estado peor”.

El crecimiento fue ajustado a 2.7% el mismo día que la publicación salió a la calle, rectificación de pronóstico que, sin embargo, no amainó la tormenta, en México sobre el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y en el mundo sobre el presidente Peña Nieto. Los temas recurrentes son el magro crecimiento y si hay o no recesión en México. Los dos tienen explicaciones técnicas y metodológicas enfrentadas, pero por encima de ellos existe asimismo una lucha abierta escondida detrás del ámbito económico, que apenas se asoma por detrás del debate que se vive, donde participan múltiples actores, algunos incluso sin conocimiento técnico para discutir objetivamente. En esos entretelones, hay elementos que pueden aportar al entendimiento de la confrontación en este nuevo Momento Mexicano que mantiene incendiada la pradera nacional, y que tienen que ver con decisiones presidenciales.

Hay que voltear al presidente Peña Nieto que suele engañar con la verdad. En aquél artículo en The Economist mencionó la coexistencia del pragmatismo y los valores liberales. Si en México no lo veían venir, en Londres menos. El pragmatismo de Peña Nieto se vio claramente cuando, ante una crisis política que podría afectar la aprobación de la reforma energética, revirtió el incremento al IVA previsto para este año y se fue con una iniciativa del PRD y una idea del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, para elevar impuestos a los contribuyentes de mayor ingreso. Todos los sectores productivos resultaron afectados por esa medida y transfirieron una parte del costo a los consumidores. Las consecuencias por las nuevas disposiciones fiscales, estancaron la economía o, de acuerdo con otra interpretación metodología, causaron una recesión.

Lo que sucedió es que la política económica, como en los viejos tiempos, se volvió a manejar desde Los Pinos con un enfoque político. Las élites, como las que refleja en sus páginas el semanario británico, se indignaron. ¿Cómo, ante elcambio de las variables exógenas, como el comportamiento de la economía de Estados Unidos, de la que es dependiente la mexicana, no hubo un cambio de dirección? Políticamente dogmática, la decisión de incrementar impuestos cuando la economía venía cayendo, fue a contrasentido económico, que exige en esas circunstancias bajar impuestos para estimular la economía. Pero el tema era político, como también lo fueron las provisiones en las leyes secundarias de la reforma energética donde los inversionistas en el mundo están teniendo dudas sobre sus proyectos de largo plazo.

A los inversionistas no les ha gustado que los órganos reguladores –que decidirán en dónde y a quién se les dan contratos para explorar y producir en aguas profundas-, quedaran en manos del gobierno. Las garantías jurídicas en la ley secundaria no les reduce el temor que les garantice que un nuevo gobierno –piensan en la lógica de López Obrador-, en el futuro los excluya de la actividad y pierdan los recursos y el tiempo invertidos, al dejar dentro de la ley la discrecionalidaddel gobierno esas decisiones.

Fueron los efectos de sus acciones políticas debajo de la máscara económica, lo que se encuentra en el trasfondo de la actual discusión sobre el crecimiento, y que tiene atrapado retóricamente el gobierno mexicano. Pero es el terreno en el cual quiso jugar y en el que lo están confrontando actualmente desde las sombras. Ha querido subordinar la economía a la política, que es una tentación que en el pasado resultó bastante dañino para el país. Es un terreno ya recorrido y por el cualdos generaciones han vivido en crisis. Rectificar esa visión y acción, es un buen consejo. Si es a tiempo, mucho mejor.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Destellos en la oscuridad

16. marzo, 2014|Sin categoría|No comments

Destellos en la oscuridad
Renato Sales H.

Mi padre, Renato Sales Gasque, murió en Campeche hace ya diecisiete años. Lo extraño siempre. Cuán cierta es esa frase que dice que la orfandad no es transitoria. Entre sus muchos libros, que dan cuenta de la profundidad y diversidad de los que fueron sus intereses, encuentro, en estos días de guardar, uno pequeño. Nunca lo había visto. Su título: Por la fe a la justicia, de Carlos G. Valles.
En estos tiempos de violencia y muerte en que todo desespera leo un capítulo, “Destellos en la oscuridad”: “Había estado lloviendo toda la noche, y por la mañana las calles eran ríos de barro. Yo tenía que cruzar la calle por algún sitio para ir a la acera de enfrente, y estaba viendo cómo me las podía arreglar para cruzar a pie aquel pantano. Había parado de llover, pero el barro era hondo y traidor, y aventurarse en él era arriesgarse al accidente. Examiné el terreno y entonces vi, con gran alivio mío, toda una línea de ladrillos cuidadosamente colocados de lado a lado, a distancia precisa uno de otro, lo bastante para guiar y aguantar cada paso y permitirle al caminante llegar a salvo a la otra orilla…. fui pisando los ladrillos uno a uno. Llegué sin problemas. Y al llegar y mirar hacia atrás y ver la serie de ladrillos en la calle embarrada pensé una vez más en una idea favorita mía del reino del espíritu, un concepto clave para explicarme a mí mismo y a otros cómo actúa la fe en el mundo del sufrimiento, un ejemplo mínimo de una gran realidad espiritual, la fe, firme y concentrada (grano de mostaza) en medio de un mundo hostil, actúa con brevedad limitada pero intensa y aguda, para indicar el camino sin resolver el misterio: como destellos en la oscuridad, como indicios en la ignorancia, como pistas en la búsqueda, como ladrillos en el barro. Es el concepto de ”.
Siempre me ha impresionado la figura de Jesús en tanto líder histórico, quizás porque su vida misma y lo que hizo son, precisamente, signos.
Jesús fue un líder atípico. No buscó, nunca, el poder convencional. Al contrario, se alejó y dijo: “mi reino no es de esta tierra”, y se rodeó de menesterosos, de pescadores.
Afirmar que los miserables merecían consideración y respeto fue de por sí una extraña declaración. Llamó a los pobres “la luz del mundo”, la “sal de la tierra”, y dijo que le sería “más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos”.
Sabía que no contaba con los recursos ni económicos ni militares para enfrentarse al poder de Roma y desarrolló, inventó propiamente, la práctica de la resistencia civil pacífica que después usarían, con éxito, Gandhi y Luther King, entre otros. Gandhi llegó a comentar que su misión existencial se le hizo clara, por primera vez, luego de leer el sermón de la montaña.
Supo Jesús que los ciclos de venganza se detienen si no se enfrenta violencia con violencia. Se opuso, pues, a la ley del Talión: “Habéis oído que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo: No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica déjale también el manto y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos”.
Contra la costumbre expulsó a los mercaderes del templo, quebrantó la ley del sábado, habló con la samaritana, perdonó a la adúltera. “He venido al mundo a traer una crisis”, dijo. Y fue traicionado, vendido y torturado.
A más de dos mil años de su muerte. Las palabras del Cristo, que partieron en dos la historia, impulsan la acción. Dice Carlos G. Valles: “La conducta honrada de una sola persona entre mil que ya no lo son es una manera práctica y efectiva de decir que la honradez sigue siendo posible. Eso es lo que es el que da esperanza mientras dura la lucha. El canto de un pájaro en el desierto. Un rayo de luz en la obscuridad”.
rensal63@hotmail.com

Alerta en el sistema financiero por el sobrendeudamiento

12. marzo, 2014|Sin categoría|No comments

Alerta en el sistema financiero por el sobrendeudamiento
Por Roberto González Amador mié, 12 mar 2014 08:43
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Foto Ap

México, DF. Las autoridades financieras advirtieron este martes de un riesgo a la estabilidad del sistema financiero, derivado del incremento en las deudas de personas que obtienen créditos en los que el acreedor tiene certeza de pago, como los concedidos por los organismos públicos de vivienda, y al mismo tiempo reciben préstamos de instituciones bancarias, lo que puede derivar en un problema de sobrendeudamiento.

La advertencia fue hecha por las autoridades en un momento en que la cartera vencida en los préstamos que otorga la banca para el consumo de personas y familias –tarjetas de crédito, préstamos de nómina y personales– se situó en 34 mil 95 millones de pesos en enero pasado, el monto más alto en cuatro años y medio, de acuerdo con datos del Banco de México (BdeM).

Las 18 versiones de Mario Aburto

12. marzo, 2014|Sin categoría|No comments

Las 18 versiones de Mario Aburto

Escrito por:
Carlos Marín

En declaraciones ministeriales y judiciales, desde la noche misma del 23 de marzo de 1994, Mario Aburto Martínez reconoció haber disparado en dos ocasiones contra Luis Donaldo Colosio, con el propósito de llamar la atención de la prensa y exponer sus ideas pacifistas, así como la información que tiene de diversos grupos armados que se encuentran en varios estados de la República.
Dos días después varió su versión y la fue modificando con distintos matices, que fueron desde afirmar que se le ocurrió en los segundos previos porque le indignó que el candidato desairara a una mujer que quiso entregarle un escrito; que más bien se trató de un accidente y admitir que el segundo disparo fue resultado del forcejeo en el momento de su detención; decir luego que accionó el gatillo nada más una vez y negar que la bala en la cabeza hubiera sido letal, para terminar aceptando, únicamente, que “oyó” las detonaciones.
La imagen, sin embargo, del revólver calibre .38 Taurus amartillado que capturó el célebre video en el momento preciso del crimen, no deja dudas de que Aburto disparó la bala que mató a Luis Donaldo Colosio.
A continuación, el autorretrato del asesino en 18 versiones redactadas por los escribanos de actuaciones ministeriales y judiciales; los testimonios de personas que lo trataron en distintos momentos; el relato de puño y letra escrito por Aburto y la reconstrucción de hechos que protagonizó el propio asesino (dirigiendo cámaras) en la prisión de alta seguridad de Almoloya de Juárez
1. Del interrogatorio policiaco practicado en la subdelegación de la PGR en Tijuana el 23 de marzo de 1994: … asumo las consecuencias, no me interesa decir nada. Sólo quería herir al candidato para que la prensa me filmara […] por eso reitero que no tenía ninguna intención en hacerle daño al candidato, grave no, sólo herirlo pero cuando alcé el arma alguna persona me aventó o movió.
Manifestó tener de 23 años de edad, estado civil soltero, originario de Zamora, Michoacán, y ocupación mecánico industrial […] Que el de la voz tenía diversas ideas pacifistas, radicando en diversos estados de la República mexicana donde se reunía con un grupo de gente de diversas ideas políticas. Que al declarante lo conocen con el sobrenombre de “Caballero Águila” y que significa una condecoración […]. Estudió en un seminario toda vez que quería ser sacerdote, renunciando a esto en virtud de que iba a ser enviado a Puerto Rico, llegando a esta ciudad [Tijuana] en el año ochenta y seis, ochenta y siete, trabajando en una fábrica de esta ciudad como supervisor de Producción y que actualmente tiene un mes de estar trabajando como mecánico industrial […]. Que tenía tiempo de venirse preparando [en un campo de tiro] para herir al candidato… Para lograr su cometido, adquirió en compra una pistola calibre treinta y ocho especial, de una persona de la cual no quiere proporcionar su nombre… Que era su intención directa herir al candidato ya referido para lograr la atención de la prensa y exponer ante ellos (sic) sus ideas pacifistas, así como la información que tiene consigo de diversos grupos armados [el 1 de enero había irrumpido en Chiapas el Ejército Zapatista] que se encuentran en diversos estados de la República Mexicana, ya que él personalmente ha estado con esos grupos de personas donde se percató de las ideas que tienen éstos. Asimismo, recuerda que en el momento de disparar frente (sic) al candidato fue empujado por una de las personas que se encontraban en ese lugar, logrando efectuar los disparos con el arma de fuego que portaba, siendo detenido en esos momentos por unas personas vestidas de civil, mismos (sic) que lo trasladaron con los policías que se encontraban en ese lugar de la Judicial Federal de esta ciudad.
Fuera de reconocer el revólver matrícula 958400 con capacidad para seis cartuchos, así como dos todavía útiles y dos más percutidos, manifiesta el declarante que reconoce dicha arma como la misma que portaba.
2. Interrogatorio practicado durante el traslado de Tijuana, Baja California, a la ciudad de México, el 24 de marzo de 1994, en el que mencionó: …en ningún momento pensé en llegar a herir de gravedad al licenciado, por eso cuando me dieron la noticia de que había fallecido, perdí el conocimiento […] en ningún momento quise, quise asesinarlo […] gracias a que nada más lo iba a herir.
3. Declaración preparatoria del 25 de marzo de 1994: Que aún no es su deseo declarar pero sin embargo quiere externar que algunas cuestiones que constan en el expediente no son exactas, sin que esto signifique que quiere eludir su responsabilidad, porque está consciente de lo que hizo. Que asimismo quiere agregar que es su deseo no se involucre a personas inocentes, tampoco su familia tenía conocimiento de lo que iba a hacer, como lo es la persona que detuvieron junto con el declarante, del sexo femenino [Graciela Martínez], a quien le atribuían que era su novia, siendo que no tenía novia cuando acontecieron los hechos. Que no pretende obtener su libertad. Que no estaba estudiando para sacerdote sino que iba a estudiar para tal, y que no quiso porque lo iban a mandar a Puerto Rico. Y que en cuanto a la condecoración que se refiere [“Caballero Águila”] no fue dada por algún grupo sino que fue un apodo que alguna gente de la sociedad lo nombró así, y que esto se creía por un anillo que portaba en su mano izquierda […]. Que no pertenece a ningún grupo político ni grupo de cualquier tipo y que en cuanto a los grupos armados de que se manejó la información que él conocía, en ningún momento los conoció.
Dicho lo anterior, solicitó que le fuese leída su declaración y una vez concluida hizo las siguientes aclaraciones: …Que no pertenece a ningún grupo o partido político, en cuanto a los grupos armados que se manejó él conocía, en ningún momento los ha conocido… Que llegó minutos antes de que terminara el mitin [pero] que no fue premeditado… Si hubiera sido premeditado, desde la loma hubiera podido hacer otra cosa con rifle.
4. Del tipo y la dinámica del delito plasmada en la Historia Clínica Médico-Criminológica, practicada en el penal de Almoloya por el médico Juan Antonio Vargas Brambila, jefe de la Oficina Médico-Criminológica, el médico Gustavo Castillo Ramírez, jefe del Departamento Médico, señaló: Espontáneamente se presenta en el mitin político del candidato presidencial licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta, acercándose a éste, desenfunda su arma con la intención de herirle un pie, por tan sólo llamar la atención de la prensa, pero una señora se interpone entre ambos y a la vez es empujado por otra persona, desviando con esto la trayectoria del disparo colocándolo a nivel del cráneo, hace un disparo solamente cuando otra persona de sexo femenino le agarra la mano que portaba el arma, forcejeando con éste y produciéndose un segundo disparo.
5. Comentario realizado a la trabajadora social del Cefereso de Almoloya de Juárez, Antonieta Torres Bernal, contenido en el documento “Diagnóstico Social” del 28 de marzo de 1994: …acepta la comisión del delito, refiriendo que su única intención era herir al candidato, para poder llamar la atención de la prensa y hacer declaraciones pacifistas, a fin de hacerles ver a los mexicanos que la violencia no es buena.
6. Versión del delito que manifestó a la doctora Angélica Ramírez Escamilla en el Cefereso de Almoloya de Juárez, asentado en el “Estudio Clínico Criminológico” del 29 de marzo de 1994: que solamente deseaba herirlo en el pie para darle una “lección al gobierno, porque pone en peligro la estabilidad del país”.
7. Versión del delito que refirió a la psicóloga Martha Rocío Millán Arias, contenido en el documento “Área de Psicología. Entrevista inicial” del 29 de marzo de 1994, en el Cefereso de Almoloya de Juárez: …Volví a encontrarme cerca con él [licenciado Colosio], en cuestión de segundos recordé que traía mi arma y pensé en pegarle en un pie y llamar la atención de la prensa para hacerles mención de mis inquietudes. Sin embargo, se atravesó una señora y se hizo un espacio para poder darle en el hombro, pero cuando le apunté a pegarle en el hombro y me sentí seguro, alguien me empujó y ya no supe en dónde le había dado.
8. Declaración preparatoria del 6 de abril de 1994 por “el delito de asociación delictuosa”:Que llegó minutos antes de que terminara el mitin; que el homicidio no fue premeditado, ya que en los videos se aprecia que el lugar tiene “lomas enfrente”; que si hubiera sido premeditado, desde la loma se hubiera podido hacer otra cosa con un rifle.
9. Diligencia de inspección ocular de diversos videocasetes, 8 de abril de 1994. En el minuto 7:12, donde parece que “cae” quien fue clasificado como “El clavadista”, esta persona le golpea el pie derecho y al mismo tiempo tropieza por el dolor y es cuando pierdo totalmente el control del arma y sucede el accidente, bajó el arma para tirarla, una persona no identificada le toma la mano, quiere alzarle el brazo, y en el forcejeo se acciona de nueva cuenta […], y no pudo darse cuenta de lo ocurrido, pensó que otra persona había accionado un arma.
10. Fe de identificación de persona llevada a cabo el 15 de abril de 1994 por el entonces procurador de Derechos Humanos de Baja California, José Luis Pérez Canchola, en el Centro Federal de Readaptación Social de Almoloya del 15 de abril de 1994: …la persona que le vendió el arma le había entregado cinco tiros, pero que él había disparado uno en un lote baldío enfrente de su casa. Que esto lo hizo para probar el arma. Que en esas condiciones, con el arma en su poder y con cuatro tiros útiles es como llegó al mitin del licenciado Colosio. Que al llegar se acomodó entre la multitud que había y que enseguida terminó el mitin y vio cómo el Lic. Colosio empezó a salir del lugar. Que al verlo cerca se dio cuenta cómo una señora le quiso entregar unas hojas de papel a manera de rollo, y que el Lic. Colosio le empujó la mano con los papeles haciéndola a un lado y que este hecho le hizo sentir mucho coraje pensando que: “si ahora hace esto qué no hará cuando sea presidente”… acto seguido pensó darle un susto al Lic. Colosio y ya estando cerca sacó la pistola con la intensión de: 1) dispararle a los pies o 2) dispararle a un brazo o un hombro. Que decidió hacer esto último y al levantar el arma sintió de pronto un fuerte golpe en la pantorrilla derecha, considerando ahora que alguien le dio un puntapié con todas sus fuerzas, quizá porque vio cuando hizo su movimiento con el arma. Que esto hizo que se desviara de su objetivo y accionara el arma sin darse cuenta en dónde pegó el tiro. Que acepta ser por lo tanto el que disparó… que esto que hizo fue una tontería de su parte pero que así sucedieron las cosas.
11. En la vista que María Luisa Martínez y la madre Mary Antonia Brenner le hicieron en el Cefereso, el 19 de abril de 1994, la religiosa declaró que el inculpado expresó: …yo lo maté, pero yo no quería matarlo […] tengo que pagar mi cuenta, no gente inocente.
12. La entrevista con el periodista Jesús Blancornelas para el semanario Zeta, realizada el 24 de abril de 1994: …cuando el licenciado Colosio terminó de decir su discurso, cuando iba caminando, una señora se le acercó y él con la mano izquierda la hizo a un lado, al parecer ella se le acercaba con algunos papeles en la mano, después también fue una persona de lentes de pelo corto, entonces me sale algo dentro de mí, algo espontáneo, y en mi ignorancia, se me hace pensar sacar el arma y tirarle a los pies. Sin en ningún momento llegar a pensar que me podían quitar la vida, ahí nada más, por una tontería de ese tipo […]. Yo soy el único responsable de este accidente […] aunque no aparece mi rostro en los videos, para mí lo más fácil sería decir: “No fui yo, señores, me quito el problema de encima”. Pero nunca he dicho yo eso. He sabido reconocer desde un principio mi error, que yo cometí [...] yo quiero pagar mi responsabilidad.
13. Ampliación de declaración preparatoria del 29 de abril de 1994: …surge una reacción espontánea de sacar el arma y apuntarla a los pies […] se me dio un golpe en el pie derecho[…] que me hizo perder el equilibrio y por tal motivo fue como se suscitó el accidente […]que quería pagar su responsabilidad de este accidente […] y que desde un principio ha estado diciendo que él es responsable del accidente […] se ha estado culpando a gente inocente […] nadie hay detrás de esto y que nadie lo mandó hacer absolutamente nada(sic).
Que en relación con el apodo que se le atribuye de “Caballero Águila”, el declarante nunca ha contado (sic) con un apodo […]. Que compró el arma para defensa propia, y que el día de los hechos se dispuso a llevar el arma a su trabajo para ofrecerla en venta. Abordó el transporte de la empresa, llegó al centro de la ciudad… Se acordó de un mitin sin saber de qué partido, dirigiéndose a éste… Que los motivos que lo llevaron a ese lugar fue (sic) saber qué era un mitin y al llegar caminó en dirección a éste, observando que ya estaba hablando el licenciado Colosio, que siguió caminando hacia donde pudiera observar y escuchar lo que acontecía, en ese momento el candidato dejó de hablar y empezó a caminar, entre empujones y tropezones llegó hasta él, que quiso salirse con dirección a la derecha pero unas personas se lo impidieron, siguió caminando por los empujones y en ese momento volteó la cabeza hacia la izquierda y que con el puño izquierdo el candidato hizo a un lado a una señora que al parecer llevaba unos papeles en la mano, en esos segundos una persona de lentes y pelo corto también la desplazó, ahí surge una reacción espontánea de sacar el arma y apuntarla a los pies, en ese momento se le dio un golpe en el pie derecho que le hizo perder el equilibrio y fue como se suscitó este accidente; que en el video se puede ver como si hubiera ido directamente hacia el licenciado y no se alcanza a apreciar cuando se le da el golpe… que al tiempo que iba a tirar el arma una persona lo toma del puño como si tratara de dirigirle el brazo, en el forcejeo se oye un segundo disparo, que logra tirar el arma.
14. La versión del delito que le dio al doctor Carlos Tornero, la cual aparece en un dictamen del 19 de junio de 1994: “El día veintitrés de marzo dijo haber asistido a trabajar llevando consigo el arma […] tenía un periódico y en éste se anunciaba un mitin […] en la colonia Lomas Taurinas […] dirigiéndose al lugar de los hechos […] Una vez que concluyó el mitin la gente empezó a retirarse, pero como eran muchos, se empujaban algunas personas [que]esperaban al candidato para entregarle escritos o saludarlo, una señora trató de darle un escrito pero el candidato “le aventó la mano”, situación que al entrevistado le molestó. En ese momento pensó en “darle un escarmiento” […], “eso no se debe hacer con la gente”, fue entonces que trató de acercarse al candidato, sacó la pistola intentando dispararle a los pies pero como el terreno estaba muy disparejo en ese momento, y no sabe en qué instante emite el segundo disparo.
15. La versión del delito que le comentó al psiquiatra Alberto Lafuente Grimaldi, presentada ante el juzgado en el dictamen del 19 de junio de 1994: En ningún momento he dicho que soy inocente […] yo cometí un error y quiero pagar […] si en ese momento me hubieran dicho que con mi sangre salvaba al licenciado, yo la hubiera dado toda […] no busco eludir la justicia, yo cometí un error, soy el responsable de algo, no peleo salir libre, quiero algo justo.

16. Ampliación de declaración judicial del 1 de julio de 1994: Que llegó a Lomas Taurinas, se paró frente a una casa como de dos pisos, que estuvo entre la última gente, que el señor Colosio dijo unas palabras, y empezó él y la gente a caminar por donde él estaba, obligándolo a caminar por los empujones, trató de salirse por la derecha, pero la gente le impidió el paso, por eso lo empujaron de nuevo y le pegan en la pistola que traía en la cintura del lado derecho, que le calaba mucho la bola donde van las balas, que cuando lo empujan casi le tiran la pistola, es cuando la toma con la mano derecha para meterla a la bolsa derecha de su chamarra, en eso se abre un espacio frente a él y volteó a la derecha para salirse, pero no se podía, que trató de taparse con la gente para poder guardar la pistola, volteó a su izquierda y después hacia la derecha para ver si había espacio y salirse, pero debido al espacio no se podía, porque se miraría más la pistola, pensó ponerla en la cintura enfrente del pantalón, pero no quiso porque la pistola le “calaría” más, volteó una vez más a la izquierda y se hizo hacia el costado izquierdo tapando la pistola con su cuerpo, para que la gente que venía detrás no la llegará a ver; y cuando se tapaba con la gente de la izquierda para poder meter la pistola a la bolsa de su chamarra, por voltear a su izquierda, alcanzó a mirar que el licenciado Colosio con la mano izquierda desplazó a una señora la cual es después desplazada por una persona de lentes oscuros y pelo lacio, que tropezó levemente logrando mantener el equilibrio, que la gente de adelante debido a que una persona cae, que es la que señalan como la del “clavado”, que abre sus pies el derecho adelante y el izquierdo poco hacia atrás, alcanza a girar hacia su izquierda, en eso siente un golpe en la pantorrilla, empieza a doblar la pierna y alzó la mano derecha, busca apoyarse sin acordarse de que traía la pistola en la mano y es cuando se activa el arma, debido a la contracción de sus músculos, se oye un disparo, siente un movimiento fuerte en su mano derecha al oírse el disparo […], que iba cayendo debido a que perdió el equilibrio por el golpe o puntapié en la pantorrilla [ya no es el pie] prueba de esto es que en los videos, después de oírse (sic) el primer disparo, no se encuentra de pie, en eso alguien le arrebata el arma y cae sobre él una persona de chamarra azul y complexión obesa, le toma del brazo ya sin el arma, en esos segundos se oye otro disparo, pero despacio.
Cuando se oye el primer disparo, dijeron que su mano estaba recta y extendida apuntando al licenciado Colosio, esto es falso, en unas fotos se puede ver que la mano no está extendida ni recta viendo (sic) hacia abajo porque se iba cayendo cuando se oye el segundo disparo él estaba sentado en el suelo y sin arma, que cuando una persona de chamarra azul y obesa le toma del brazo y cae encima de él ya no tenía el arma y cuando se oye el segundo disparo, la persona obesa le pregunta dónde está el arma, contestando que no sabe, prueba de esto es que no lo detuvieron con el arma porque después de varias horas la entregaron, se la pidieron a una persona que parecía estar escondiéndola, pretenden hacer creer que efectuó dos disparos, el general en su última ampliación reconoce que “del primer disparo que oyó fue detenido”, dando a entender que no hizo el segundo disparo que se oyó más despacio, no pudiendo ser la misma pistola, puesto que el volumen del sonido fue igual desde que se oye el primero y el segundo disparo, prueba de esto es el video donde se oye el otro muy despacio, que iba a 70 centímetros del licenciado Colosio y jamás hubo otro disparo por parte suya.
Aburto insiste: el licenciado Colosio terminó de hablar, bajó y empezó a caminar, él se quedó parado en el lugar donde se encontraba, no se pudo dar cuenta qué dirección y distancia llevaba el candidato de él, que en un video se ve que la víctima iba a una gran distancia de donde él se encontraba, que cuando se le empuja por la gente es obligado a caminar unos cuantos pasos, voltea hacia su derecha para ver si podía subirse y lo vuelven a empujar pegándole en la pistola que traía del lado derecho, que se iba a caer, pensó sacarla y ponerla en la bolsa derecha de su chamara, voltea a la derecha y en ese instante se abre un espacio, queda al descubierto el arma que había sacado, pensó ponerla en la cintura por el frente, pero no quiso […]. Como se ve en un video, tropezó […], trata de mantenerse en pie, el dolor no se lo permite y es más fuerte, se tensan sus músculos y se activa el arma, al realizarse el disparo se va cayendo girando hacia la izquierda, al momento de ir cayendo una persona le alcanza a arrebatar el arma y cuando iba doblando su cuerpo se oye un segundo disparo.
Que el segundo disparo no lo realizó, tal vez la gente que acompañaba al licenciado Colosio fue quien lo realizara.
17. Declaración manuscrita (fechada el 15 de agosto) que presentó ante el juez el 9 de septiembre de 1994: …fue cuando el Lic. Colosio dijo unas cuantas palabras, y se bajó del lugar donde estaba, y empesaron a aplaudir y a caminar la jente, pensé quedarme parado en el mismo lugar pero la jente empeso a empujar, entonces medi la buelta para irme porque pense que ya habia terminado el mitin, la jente empeso aempujar… me ago asia mi costado isquierdo tapando la pistola con mi cuerpo a la jente de atrás y cuando me tapara con la jente de la isquierda poder meter la pistola a la bolsa derecha de la chamarra, por boltear a mi isquierda y alcansar a mirar que el Lic. Colocio con la mano isquierda desplasa a una señora de lentes en la cabeza y que parecia traia unos papeles en la mano, y despues es desplasada por una persona de lentes oscuros y pelo lacio… cuando tropieso levemente logro mantener el equilibrio abriendo un poco mis pies, el derecho adelante y el isquierdo atrás y alcanso a jirar asia mi isquierda, en eso siento un golpe o puntapie en mi pantorrilla derecha y se empiesa a doblar y also la mano derecha para apollarme de alguna persona, sin acordarme que traia la pistola en la mano y es cuando se activa el arma devido al golpe o puntapie en la pantorrilla, y a que se contraen mis musculos y nervios devido al dolor tan fuerte del golpe que resivi de alguien, entonces se olle un disparo tan fuerte que quedo aturdido y siento un mobimiento muy fuerte en mi mano derecha al oirse el disparo, y no veo nada, no pudiendome dar cuenta asta esos momentos que era lo que avia pasado, yo iba callendo devido a que perdi el equilibrio por el golpe en la pantorrilla, y en eso siento que alguien me arrebata el arma y caigo sentado, y alguien cae sobre mi de chamarra azul y obeso me toma del braso pero ya sin el arma, y en esos cuantos segundos se olle otro disparo pero despacio […] y tampoco es sierto de que yo le alla disparado, porque como se puede ver en los videos, yo caigo al suelo de sentaderas y sin el arma en la mano, porque me la arrebatan antes de caer […], por eso en cuestión de cegundos se ollo el otro disparo […] y no vi a quien le habían pegado los dos disparos que se olleron.

En síntesis, Aburto se autoanalizaba: “No estoy mal de mis facultades mentales”; se autocompadecía: “Estoy solo y no puedo tener una defensa como es debida”. Clamaba: “Se quieren ensañar conmigo” y negaba que el suyo fuese un “homicidio doloso” porque, sostenía, “fue un accidente”.
La razón de su encarcelamiento la encontraba en “ser el peor de los imprudentes”.
En 10 páginas tamaño oficio (el escrito equivale a 25 cuartillas tradicionales y cada una fechada en el reverso: 15-agosto-1994 con un garabato de interrogación por “firma”), letra de molde apretada y menudita, lamentable ortografía y pésima puntuación, Aburto logró que el juez Alejandro Sosa Ortiz diera entrada al documento que el asesino dijo entregar “con el fin de demostrar que no puede haber contradicciones cuando se habla con la verdad”.
Mintió de nuevo al escribir que llegó a Lomas Taurinas cuando estaba a punto de concluir el mitin (en fotografías aparece aguardando entre la multitud, mucho antes de que Colosio llegara a Lomas Taurinas).
El manuscrito retrata un Aburto desconcertante, impredecible, que describe situaciones de manera escalofriante; prolijo en vaguedades y abstracciones; en citas de leyes y reglamentos, disertaciones sobre armas, explicaciones anatómicas, descripciones en apariencia técnicas de movimiento de cuerpos, coartadas literarias, proclamas contra la violencia y acusaciones en bloque: todos los involucrados en la investigación del caso —incluidos los peritos— inventan y calumnian, y todos los testigos fueron amedrentados o sobornados.
Según Aburto, nunca se le creería porque el gobierno era corrupto: “Se iban a ensañar conmigo, y jamás me creerían la verdad de que fue un accidente porque estaba yo solo contra el gobierno”.
La pistola, dice, la compró cuando viajaba en un taxi colectivo, “donde le pregunté a un señor de edad madura que si conocía a alguien que vendiera una pistola o que quisiera vender. Me contestó que no, pero que él tenía un arma que me podía vender, y por ir platicando ya no me bajé donde debería bajarme. Después el señor me dijo que me bajara donde estaba un depósito de cerveza por ese bulevar del Mariano Florido, y que él volvería con el arma. Me preguntó que si traía el dinero y le contesté que cuánto era cuando me bajé del taxi. Esperé al señor y regresó a los 40 minutos con el arma, le di el dinero y casi me lo arrebató de las manos, se despidió, y se retiró muy gustoso y de prisa. Después de haberla comprado me arrepentí porque pensé que en vez de ser una protección para mi familia podía ser un peligro porque mi mamá y yo no conocíamos de armas, y mi hermanita es muy traviesa y se olvida dónde deja sus juguetes y tal vez en una de sus búsquedas podía encontrar el arma […]. Se la ofrecí a un compañero de trabajo, Martín Beliz. Pero no quiso. Cuando iba saliendo de la empresa, oí al guardia que leía un periódico, a quien sólo se le entendió que iba a haber un mitin en la colonia Lomas Taurinas, con un señor Colosio […]. Al licenciado no se le privó de la vida en esos instantes, ya que llegó con vida al hospital e iba herido o lesionado. Prueba de esto es que en las primeras noticias por televisión en Tijuana, mencionaron que no había peligro, que todo estaba bien y que sólo estaban batallando con la herida en el abdomen, porque lo contraía y lo inflaba, y que el disparo, de la herida o lesión en la cabeza, no era de peligro…”.
18. En el video correspondiente a la diligencia judicial de reconstrucción de los hechos practicada en el interior del Cefereso de Almoloya, el 16 de septiembre de 1994, describe y admite su crimen, aunque según él se trató de un accidente: cuando intentaba guardar el arma en la bolsa derecha de su chamarra, toda vez que le “calaba” cuando la traía en la cintura, la gente se abalanzaba y lo aventaba, por lo que siguió caminando con el arma en la mano derecha pegada a la pierna del mismo lado, cuando de repente una persona que identifican como la del “clavado” se cae y detiene a la gente, quedando él ligeramente adelante del licenciado Colosio y a la derecha, siendo que cuando la gente se detiene, él tropieza levemente y para mantener el equilibrio da un pequeño paso con el pie derecho y el izquierdo lo coloca atrás realizando un pequeño giro y es entonces cuando Tranquilino Sánchez empuja a la persona que está frente a él, recibiendo en ese momento un puntapié en la pantorrilla derecha, no sabiendo si éste se lo da esa persona o Tranquilino, pero el caso es que queda aturdido por el dolor y está por caerse, dando un giro a la izquierda, momento en el cual su brazo derecho sube, acompañando el giro, y él mira el piso y trata de detenerse con alguien, lo que no logra.
Reseñé así la videograbación de la diligencia judicial: De no ser por el revólver que se puso en la cintura, Mario Aburto Martínez parecía uno más de los reclusos en el penal de Almoloya de Juárez, enfundado en su impecable uniforme beige.
Ese día, a partir de las nueve y media y durante casi dos horas, el asesino confeso de Luis Donaldo Colosio dirigió la actuación de cuatro imponentes policías (que actuaron en todo momento como dóciles “extras”) e hizo una caracterización de sí mismo para dar su versión de lo que ocurrió en Lomas Taurinas, en Tijuana, la tarde del 23 de marzo.
Durante la escenificación, Aburto puso y dispuso lo que quiso y como quiso, ante la contenida mesura del juez Alejandro Sosa Ortiz, la subprocuradora especial Olga Islas, y Tranquilino Sánchez Venegas y Rodolfo y Vicente Mayoral.
“Por favor, señor Pietrus (renombró a uno de los fotógrafos de la Procuraduría General de la República, llamado Pedro), ¿podría tomar la foto aquí? Así. Que vean que la bola de la pistola (en realidad: el cilindro), al tiempo que iba caminando, se metió un poco más… Así, muy bien”.
Aburto se desplazaba con naturalidad de uno a otro lado del auditorio de la prisión. Se detenía, acotaba, instruía, repetía distintos movimientos. Pero sobre todo posaba: “También estaba el tumulto y yo me encontraba parado. El licenciado Colosio estaba a mi izquierda, a una distancia… Bueno, después lo digo. Entonces, al ver que ya había terminado el mitin (volvió a decir que no sabía lo que era un mitin y quiso ver uno), cuando el licenciado ya va lejos, yo hago esto así (como si diera un paso). ¿Podrían filmar todo, por completo, el movimiento que hago?”.
“Yo me quedo parado y hago este movimiento así, para salirme a mi costado derecho… Al tiempo que hago esto, veo que no puedo salir y hago así, y cuando hago esto así, una persona por detrás me empuja. ¿Podría empujarme levemente? (pide a uno de los agentes que la hace de maniquí). Pero…, perdón, a ver si me permiten una persona de mi estatura (cambio de ‘extra’) así…”, y les decía que si podían tomar una foto por este lado, por aquí…
“Entonces, cuando me empujan —hago la aclaración de que la mano no la llevaba así, sino que quise levantarla aquí para que pudieran tomar la fotografía; ya la puede bajar (comenta a uno de los agentes), y allí es cuando me empujan”.
Durante la reconstrucción, Aburto modificó una vez más las distintas versiones que del homicidio ha venido diciendo desde su primera declaración.
En el aspecto medular, el que tiene que ver con el móvil del asesinato, primero dijo que disparó a Colosio para “llamar la atención”; después, que para darle un escarmiento al candidato —queriendo “dispararle a los pies” por haber desairado a una mujer que quiso entregarle unos papeles—. En la escenificación, dijo no tener idea de a quién le disparó: “… Quisiera hacer esta aclaración: jamás en mi vida había visto al señor Tranquilino Sánchez Venegas, ni a los señores Mayoral, ni incluso no conocía a nadie de las personas que se encontraban en ese mitin (y ahora señalaba a los cuatro agentes). Tenía la vista así, sin ver quién era esta persona, ni quién era esta persona, ni quién era esta persona (el que representaba a Colosio)”.
Pidió a los camarógrafos: “…Y si pueden tomar una fotografía de cuerpo completo, para que se vea cómo está el arma, y mi vista hacia dónde la tengo… Entonces, al tiempo de recibir el golpe en mi pie, en mi pantorrilla, estoy por caerme y el arma —fíjense los movimientos que hace mi mano izquierda y también mi mano derecha— hace esto así, así (Aburto se mueve en cámara lenta), más o menos así… y el arma, ¿cómo va subiendo?, de esta forma; y mi vista la tengo inclinada hacia abajo, mirando así porque voy a caer, mirando hacia abajo, y busco apoyarme, queriendo hacer un movimiento de detenerme con alguna persona, tal vez así para agarrarme, y no logro detenerme. Entonces, lo que hago, al no soportar el dolor tan fuerte en mi pierna y al tensarse los músculos por el golpe en la pantorrilla, se activa el arma. No logro ver a quién le pego. Ni siquiera me di cuenta si había salido de mi arma o no, y quedo totalmente aturdido y no logro ver absolutamente nada, de dónde salió el disparo ni a quién le pegó…”.
Repitió la afirmación de que ignora quién hizo el segundo disparo en el abdomen del candidato y “ayudó” a caer, poco a poco, al falso Colosio, que ya en el suelo acataba las últimas indicaciones: “Esta mano así, un poco así, y este pie descansando aquí…”.
Una orden final: “¡Tomen la imagen desde este ángulo….!”.

Carlos Marín
Periodista. Es director general editorial de Milenio.

Economia Nacional – Última Semana de Febrero

12. marzo, 2014|Sin categoría|No comments

http://www.cefp.gob.mx/publicaciones/boleco/2014/febrero/becefp0082014.pdf

Luis Donaldo detrás de la muralla

6. marzo, 2014|Sin categoría|No comments

Luis Donaldo detrás de la muralla

Escrito por:
Héctor Aguilar Camín

Está la persona pública, luego está la muralla y atrás de la muralla está Luis Donaldo Colosio, el elegido inerme de los dioses. La victoria desciende sobre él y lo viste de luces. Luego la victoria se vuelve un laberinto que el héroe debe cruzar. El héroe cruza el laberinto, la victoria desciende nuevamente sobre él. Pero a la salida del laberinto lo espera su asesino.
Max Weber dice que detrás del poder nos mira la solemnidad de la muerte. A Colosio lo mira detrás del triunfo.

Es el 28 de noviembre de 1993 en la ciudad de México. El presidente Salinas ha escogido a Colosio como su sucesor en el puesto. Lo ha escogido entre un grupo de colaboradores que él mismo ha nombrado y puesto en situación de ser elegidos. Puede hacer ambas cosas porque manda en el PRI, el partido político que manda a su vez en México. Hace seis años, durante su campaña presidencial, Salinas ha hecho a Colosio senador de la República. Lo ha hecho luego presidente del PRI. Después secretario de Desarrollo Social. Ahora, el 28 de noviembre, lo hace candidato priista a la presidencia. La clave del juego que Colosio ha ganado es que no tiene clave: tiene dueño. El dueño juega el juego emitiendo señales que los jugadores deben leer pero no pueden descifrar del todo. Es la esencia del juego.
Son días de señales y augurios. El miércoles 17 de noviembre la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprueba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El viernes 19 lo aprueba el Senado.
El sábado 20 es el día de la Revolución mexicana. Muchos sienten burlada esa Revolución por la firma del Tratado. El presidente Salinas está de plácemes. Luce radiante en el balcón central de Palacio. Comenta con los miembros de su gabinete el desfile militar que se despliega abajo. Luego los llama a su despacho. Hace un elogio encendido del Tratado y sus artífices: Jaime Serra, el secretario de Comercio, y José Córdoba, jefe de la Oficina de la presidencia. A Córdoba le reprochan el poder que tiene en el gobierno de Salinas y su origen francés. Salinas dice que Córdoba es un gran mexicano, que algún día se conocerán sus grandes aportaciones al país. Cuando el presidente y Córdoba se van, Manuel Camacho, regente de la ciudad, externa su molestia por los elogios a Córdoba. Camacho es uno de los candidatos visibles en el juego de sombras que es la sucesión presidencial mexicana. Los otros son el propio Colosio, Pedro Aspe, el secretario de Hacienda, y Ernesto Zedillo, el de Educación. Camacho lee en los elogios de Córdoba, aliado de Colosio, una mala señal para su candidatura. Otra es que ese mediodía, a la vista de todos, Colosio recibe de un ayudante del Estado Mayor la noticia de que el presidente lo invita a almorzar a Los Pinos. Camacho no lo sabe, nadie lo sabe a ciencia cierta hasta hoy, pero es en esa comida cuando el presidente dice a Colosio que él será el candidato, y le dice que su nominación será el domingo próximo, 28 de noviembre.
Camacho dedica el domingo 21 de noviembre a revisar su estrategia. Tiene una semana clave por delante. El lunes tiene acuerdo con el presidente. El miércoles tiene una comparecencia ante la Cámara de Diputados, ocasión inmejorable para anuncios políticos. Hace un tiempo Camacho juega con la idea de lanzar por la libre su candidatura presidencial, sin esperar que decida el dueño. Durante su acuerdo del lunes, Camacho pone las cartas sobre la mesa. Si él es el candidato, dice a Salinas, habrá respeto para el presidente, seguridad para su familia, a la que la prensa ha empezado a señalar. Al despedirlo en la puerta del despacho, según Camacho, Salinas le dice: “La decisión sobre el candidato, no está tomada”. Camacho opta por no lanzar su candidatura en su comparecencia del miércoles próximo, sino esperar.
Al día siguiente, martes 23, el secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, ofrece una cena en su casa para limar las asperezas suscitadas el día del desfile por los elogios a Córdoba. Están invitados a la cena Colosio, Camacho, Jaime Serra, José Córdoba, Pedro Aspe y Ernesto Zedillo. Si la cena va bien, Salinas llegará a los postres. La cena empieza mal, con Camacho repitiendo su molestia por los elogios a Córdoba, pero se endereza. Salinas llega tarde según lo previsto y toma la palabra. Empieza por una pedagogía patriótica. Dice que una vez firmado el Tratado de Libre Comercio con los americanos habrá que ser más fieles que nunca a los principios de la soberania. Dedica luego una ronda de elogios a los presentes. Camacho cosecha los mayores elogios. Salinas dice que es su amigo de toda la vida y que lo mejor que ha hecho Colosio es trabajar con Camacho. Salinas recuerda después que en siete días, el viernes 30, estará de visita en México el vicepresidente estadunidense Al Gore. Advierte que no harán nada de trascendencia ni antes de su llegada ni inmediatamente después de su partida, pues ya se murmura en la prensa que Gore viene a decidir la sucesión. Cuando el presidente se va, Camacho ve a Colosio abatido, concentrado en los brillos que el candil deja en su copa. Supone que rumia su derrota. Dado lo dicho por Salinas, es claro que no será el elegido. Quizá no es esa la mala nueva que pena Colosio, sino esta otra: acaba de saber que su destape no será antes de la llegada de Gore, ni inmediatamente después de su partida. Será avanzado el mes de diciembre, o peor, en enero. Le esperan largos días de espera.
El jueves 26 Colosio y Camacho comparten con Salinas una gira por la ciudad. La gira sigue a Sonora, tierra natal de Colosio, a la que sólo va éste con Salinas. En sus discursos durante la gira, el presidente dice que Sonora es tierra de triunfadores. Quiere inducir el recuerdo de que en esta tierra han nacido cuatro presidentes mexicanos. Le parece un adelanto sutil de que puede haber otro presidente nacido aquí. El primero en 70 años. A la cena de esa noche en Ciudad Obregón, Salinas invita a toda la familia Colosio. Al día siguiente, corre con Colosio por la laguna del Náinari, en la antigua hacienda del general invicto de la Revolución, Álvaro Obregón, presidente entre 1921 y 1924, reelecto en 1928 y asesinado ese mismo año: el único presidente asesinado de México. Sale a correr con ellos el gobernador Manlio Fabio Beltrones, pero Colosio y Salinas aceleran el paso y lo dejan atrás. La impresión de Beltrones es que durante esa carrera matinal Colosio sabe finalmente que ha triunfado y que la fecha de su destape será el domingo 28, dos días antes de que llegue Gore. Salinas ha mentido en la cena diciendo que no harían nada antes de su llegada. De regreso en el avión, Colosio dice a su colaborador Samuel Palma que el “destape”está en marcha. Pone la mano en saludo militar a la altura de sus ojos y le dice: “Ya me llegó la capucha hasta aquí”.
Colosio dedica el sábado a hablar con Salinas, a revisar su discurso y a preparar a su familia. Su mujer, Diana Laura, padece un cáncer pancreático de inminencia fatal. La pareja tiene dos hijos pequeños, Luis Donaldo de 10 años y Mariana de uno. Su vida va a cambiar dramáticamente a partir de mañana cuando el jefe de casa sea presentado como siguiente jefe de la nación.
El domingo 28 de noviembre el PRI anuncia la candidatura de Colosio. La noticia sorprende a Camacho en su casa de descanso de Cuernavaca. Apenas se entera, llama al presidente Salinas, pero el presidente no le responde. Se reporta con él por la tarde, una vez hecha la postulación. Los otros precandidatos, Aspe y Zedillo, han saludado ya a Colosio. Zedillo está perfilado para ser coordinador de su campaña. Salinas sabe que Camacho es el eslabón débil del día. Le llama por teléfono y le dice que debe felicitar a Colosio. Camacho responde que no lo hará sin antes hablar con él. Salinas se declara dispuesto a hablar pero insiste en que felicite a Colosio. Por sugerencia suya, Colosio llama a Camacho: “¿No vas a venir a visitarme?”, le dice. Camacho responde: “El problema ya sabes, Donaldo, que no es contigo. Te deseo que te vaya bien, por el bien del país. Mañana yo arreglaré mi asunto con Salinas”. Salinas vuelve a llamar a Camacho por la tarde, después de la comida. Camacho insiste: no hará nada sin antes hablar con él. Salinas lo invita a desayunar.
Durante el desayuno, Camacho dice a Salinas que le hubiera gustado saber antes la decisión, no enterarse por la prensa. Salinas dice a Camacho que su reacción es un capricho: la regla no escrita de la competencia dentro del sistema es que quienes pierden se suman al ganador. Camacho decide no saludar al triunfador como le pide Salinas. Salinas no quiere romper con Camacho y despedirlo por su indisciplina, como sugiere el secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido. Tampoco quiere a Camacho en el gobierno de la ciudad de México, clave en la elección que se aproxima. Salinas ha sufrido ahí una humillante derrota en las elecciones presidenciales de 1988. Camacho ha recuperado los votos de la ciudad en 1991. Salinas no quiere que tenga la tentación de perderlos en la elección de Colosio, su adversario. Salinas ofrece a Camacho que deje la regencia de la ciudad y siga en el gobierno como secretario de Relaciones Exteriores. Camacho acepta. Hay algo que explicar en esta rara dialéctica de Camacho y Salinas. Quizá puede resumirse así: en la vida pública, Camacho es subordinado de Salinas y Salinas su jefe, pero a veces, en el juego de su amistad, actúan los papeles al revés: la cautela que va normalmente del subordinado al jefe a veces viene del jefe al subordinado.

El martes 30 de noviembre, Luis Donaldo Colosio es registrado como precandidato del PRI. El 8 de diciembre protesta como candidato. Pasa los últimos días del mes en su casa de Tepoztlán, con amigos. Salinas está uno de esos días en Cuernavaca, ciudad vecina. Cenan juntos el 30 de diciembre. Salinas vuelve a la ciudad de México el 31. Los Colosio regresan a Tepoztlán. A las tres de la mañana del día primero del año Salinas recibe en Los Pinos la noticia de que hay un levantamiento en Chiapas. Un Ejército Zapatista de Liberación Nacional ha tomado San Cristóbal de las Casas y ordena a sus fuerzas “avanzar hacia la capital del país, venciendo al ejército federal mexicano”. Colosio y su mujer vuelven a la ciudad de México a la una de la tarde del día primero. Nikita Kyriakis, un amigo de los Colosio que ha pasado con ellos el fin de año, dice que al despedirse esa tarde Luis Donaldo no sabe nada aún de los hechos de Chiapas. ¿Nadie le ha informado? ¿No han llegado a él las noticias que circulan desde la mañana en distintos medios sobre la presencia de los rebeldes en San Cristóbal, su proclama de combate, su toma de cabeceras municipales, su líder encapuchado que habla a los medios?
Muy distinta es la historia de esas horas para Camacho. Sabe de la rebelión desde el primer momento porque su ex suegro, Manuel Velasco Suárez, ex gobernador de Chiapas, se lo hace saber por teléfono en Cancún, donde él pasa las fiestas de fin de año. Llama de inmediato a Salinas y viene a verlo. Le dice que no puede mancharse las manos de sangre, que el brote armado chiapaneco debe tener una salida política, no militar. Desde que sabe del alzamiento y sus primeras víctimas sangrientas, el fantasma de la represión desvela a Salinas. No quiere reprimir, aunque el ejército bate ya a los rebeldes. El día 2 aparecen en los diarios fotos de cadáveres tirados en la carretera. Fotos de otro tiempo, de otro México, un México que nadie quiere volver a ver. Camacho se ofrece para ir a Chiapas a negociar la paz. El secretario de Gobernación se niega a negociar con los armados. El ejército vence a los rebeldes en las otras cabeceras municipales que han tomado: Ocosingo, Las Margaritas, Altamirano. La batalla de Ocosingo es particularmente sangrienta. Los rebeldes se atrincheran en un mercado donde son diezmados. Se sabe después que algunos iban armados con rifles de palo. La fuerza de opinión de los alzados se revela pronto mayor que su fuerza de combate. En la capital del país hay un clamor pidiendo paz. Se convoca a una manifestación para el 10 de enero. El ánimo público indica que será multitudinaria. Camacho perfecciona su oferta. Importa una figura de la ONU y se propone como Alto Comisionado para la Paz en Chiapas. Advierte al presidente que no será canciller para discutir con la prensa internacional cuántos muertos hay cada día en Chiapas. Si no se da una solución negociada al conflicto, dejará su puesto de canciller y pasará a la movilización de la sociedad por la paz.
En todos los pasajes escritos por Salinas sobre las peripecias de estos días, apenas aparece Colosio. Colosio no se hace presente, no se pega a Salinas para tomar el pulso de la situación, no usa tampoco su cercanía con el jefe de la Oficina de la presidencia, José Córdoba, para enterarse. Quizá no quiere manchar su candidatura mezclándola en el conflicto. Quizá le piden que no la mezcle. El hecho es que no está en el cuarto de guerra de Chiapas, ni en el debate público sobre el levantamiento.
Según los testimonios disponibles, sólo es convocado por el presidente a recibir malas noticias. La primera es que no podrá iniciar su campaña en Chiapas, como había previsto. Hay todavía combates en Chiapas que pueden extenderse a todo el estado. Salinas recomienda no empezar ahí. Colosio lo ve al revés: porque está sacudida la zona, debe comenzar ahí. Acepta, sin embargo, la recomendación del presidente: cambia el inicio de su campaña a Huejutla, también una zona indígena pero del estado de Hidalgo.
La segunda mala noticia que Colosio recibe del presidente es realmente mala. Salinas anunciará un cese al fuego en Chiapas, nombrará un nuevo secretario de Gobernación y pedirá a Camacho que sea mediador en el conflicto. Para estos momentos Camacho es ya la némesis de Colosio, su pesadilla.
Colosio escucha esto de Salinas en la tarde del domingo 9 de enero. Las decisiones se anunciarán al día siguiente, en que también arranca su campaña. No están consultándole las decisiones, se las están haciendo saber. Colosio alerta al presidente sobre los riesgos de meter a Camacho en la negociación de Chiapas dada su actitud en el destape. Oye a Salinas decirle que Camacho es el indicado para estabilizar las cosas, que esto ayudará a las elecciones y, al final, a él. Colosio se declara de acuerdo, sólo pide a Salinas que no haga a Camacho secretario de Gobernación. Salinas lo concede de inmediato. Hacer a Camacho secretario de Gobernación no ha sido nunca parte de su “armado”, expresión característica de Salinas para referirse a sus ingenierías políticas.
Colosio recibe del presidente la sugerencia de que posponga el arranque de su campaña. Responde que todo está listo para el día de mañana y que cancelar sería un desastre. Salinas no insiste en que Colosio trague esta última píldora, un alivio para Colosio que ha tragado bastante esta noche, aunque todavía no sabe cuánto.
Lo sabe al día siguiente cuando se entera de los cambios al inicio de su campaña en Huejutla. El anuncio se hace por la mañana. Salinas quiere diluir el impacto de la marcha por la paz de esa tarde. Anuncia un cese unilateral del fuego, la renuncia del secretario de Gobernación de línea dura, González Garrido, en favor de Jorge Carpizo, abogado no priista, ex rector de la UNAM, más cercano a Camacho que a Colosio, y la pieza central del “armado”: el nombramiento de Camacho como comisionado de la paz en Chiapas. Camacho dejará la Secretaría de Relaciones para asumir el cargo de comisionado de manera honorífica, sin pago de sueldo. En esto ha insistido Camacho como condición para su tarea: no tener un sueldo, no aparecer ante los rebeldes como un empleado del gobierno.
Colosio entiende, como todo mundo, que Salinas ha vuelto a Camacho algo más serio y desafiante para él que secretario de Gobernación. Lo ha vuelto el hombre de la hora, centro de las expectativas públicas y de la atención de los medios. Colosio entiende también, como todo mundo, que el carácter honorario de Camacho lo habilita constitucionalmente para ser candidato a la presidencia.1 La sombra de los dos candidatos se hace presente desde el primer día. Ese mismo lunes en un acto de mujeres indígenas en Huejutla, una de ellas dice a Colosio que en Hidalgo hay un solo candidato, y es él.
Por la noche, viendo los noticiarios de televisión en el cuarto del pequeño hotel donde se hospeda en Hueju-tla, Colosio entiende que Camacho ha triunfado en toda la línea. La campaña apenas existe en los noticiarios, sólo parece existir el comisionado. Colosio está molesto y revuelto. Dice a Ricardo Canavati, responsable de los invitados de su gira: “No se vale”. Los anuncios del presidente, dirá más tarde a José Córdoba, han sido un “golpe contra su campaña”.
La opinión pública trabaja rápido. Cuatro días después de los anuncios de Salinas, el 14 de enero, hay en el escritorio de Colosio unas “Notas confidenciales” con las tres hipotesis que maneja la vox populi. La primera hipótesis dice que todo es espontáneo, pero no vale la pena siquiera considerarla. La segunda hipótesis es la del “cerco”, dice que hechos sin control están siendo usados por grupos políticos enemigos para presionar al candidato. La tercera hipótesis sostiene que todo es una trama perversa urdida para crear un nuevo candidato a la presidencia, con o sin cambio en la candidatura del PRI. Ese mismo día, Colosio dice a Samuel Palma: “A mí el presidente de la República me informó del cambio de secretario de Gobernación, mas nunca me dijo que nombraría a Manuel Camacho comisionado para la paz. Me dijo que lo involucraría en las negociaciones de Chiapas, pero no con un nombramiento de comisionado ad honorem”.
Colosio pregunta a Palma: “¿Qué pasa si renuncio?”.
Palma responde que si renuncia el candidato quizá será Camacho.
Colosio dice: “Por eso no renuncio”.
Ha empezado el laberinto.

Camacho va a Chiapas como comisionado y sienta a los alzados a negociar. Todo el espacio noticioso es para el comisionado y sus pláticas de paz en San Cristóbal. La prensa de la capital es una diaria decepción para Colosio: su campaña no existe en ella. Pide a su jefe de escoltas, Germán González, que no le pase más los diarios: “Al cabo que ni salimos”. Esclavo de una extendida costumbre política, Colosio presta atención cuidadosa a columnas que sabe cómplices de jefes de prensa del gobierno. Es ahí donde lee algunas de las más enconadas hipótesis sobre la posibilidad de que Salinas lo sustituya. La oposición, que está en campaña, se hace eco de los rumores de sustitución. Al candidato de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, le preguntan si declinaría su candidatura a favor de Manuel Camacho Solís, dada su labor como comisionado de la paz. “No es cuestión de declinar”, responde Cárdenas. “Yo al único que veo que le haga estragos es a su compañero de partido, Luis Donaldo Colosio”. La confusión mexicana llega a las páginas del Washington Post. Colaboradores no indentificados de Colosio dicen que Salinas está socavando la candidatura de Colosio. Un colaborador, tampoco identificado de Manuel Camacho dice que Camacho “está haciendo campaña y que no tiene nada que perder”.
Preocupado por los rumores, el mismo 27 de enero, Salinas convoca a un desayuno con priistas. Les dice: “Para evitar confusiones y tener claridad, permítanme la expresión coloquial: ¡que no se haga bolas nadie! El PRI tiene el candidato que lo llevará a la victoria democrática. El voto de los mexicanos hará triunfar democráticamente a Luis Donaldo Colosio”.
Colosio llama al presidente y le agradece la declaración. A sus colaboradores les dice otra cosa. El discurso del presidente lo debilita, porque lo pone en un plano subalterno, dice a Palma. Y a Javier Treviño: “Fue una frase muy desafortunada”. Efectivamente: la frase de apoyo inequívoco de Salinas acelera en la prensa el rumor sobre su equívoco apoyo.
Incluso los caminos rectos son chuecos en el laberinto.
La palabra más repetida por la gente cercana a Colosio sobre su carácter es “hermético”. La siguiente es “parco” o “seco”, una más es “reservado” y otra “desconfiado”. “Era hermético”, dice Teresa Ríos, su secretaria particular. “Muy parco para expresar algo”, dice su padre Luis Colosio. “Muy reservado respecto de sus sentimientos”, dice su amigo personal Nikita Kyriakis. “De pocas palabras, quizá hasta seco. No se explayaba fácilmente”, dice Norma Meraz, amiga de la familia. “Rayaba en exceso de discreción, de ninguna manera la persona que algunos tratan de hacer creer como muy comunicativo”, según Ricardo Canavati, otro amigo de la familia. El jefe de la escolta, Germán González, dice: “Era una persona totalmente reservada, incluso con su familia, incluyendo a su esposa Diana Laura”.
Colosio no habla mucho de política en casa. Su esposa Diana Laura dice a Nikita Kyriakis que en esos días de enero siente a Colosio como “un volcán a punto de estallar”. Según Cecilia Soto, Diana Laura no quiere saturar a su marido hablando de política. Cuando están solos le pregunta si quiere hablar de eso. Normalmente no quiere. Pero una noche de fines de enero Colosio le dice: “Ahora sí quiero”. Y se abre ante su esposa: “Me quieren fregar, me quieren quitar la candidatura. Pero no me voy a dejar”. Otra noche Colosio le pregunta a Diana Laura qué opinaría de él si renunciara a la candidatura. Diana Laura le dice que si puede vivir tranquilo con esa decisión, ella estará con él. Su respuesta enciende a Colosio que reacciona: “Pura madre. No voy a renunciar. No les voy a dar el gusto”.
A fines de enero una amiga de Colosio, Dalia Fartuk, lo visita en sus oficinas del PRI. Colosio le dice: “Estoy hasta la madre de esto. Me están presionando, ya estoy harto, tengo ganas de dejar todo”. Dalia pregunta dónde están su fuerza, su vigor, su voz. Colosio le responde: “Ponte en mis zapatos. Cuando el corazón está triste no salen las palabras de la boca”.
La duda y el desaliento que Colosio carga estos días hace un efecto en sus íntimos y es el blanco de la prensa de trinchera, casi toda con dueño y agenda. Vista a la altura de sus emociones, la campaña de Colosio es terreno minado. Vista desde la intención de los votantes su campaña es tan sólida como una montaña. Fuera de las oscuridades del laberinto, el sol brilla alto. Las encuestas son indiferentes a los forcejeos interiores de incondicionales y adversarios. En todas las mediciones de intención de voto Colosio tiene ventajas absolutas. La efigie del Colosio incierto y abrumado es sólo una parte del Colosio del ahora. La otra, la visible y la mayor, es la del candidato en campaña que va de gira a todas partes, rebosante de juntas, encuentros, discursos, confeti. Es todo menos un animal postrado. Está herido en lo íntimo pero su lesión no lo paraliza. La pena que lo trabaja es parte de su oficio: digerir adversidades, tragar sapos, hacer política. Su concentración en las malas señales de Salinas puede entenderse como debilidad pero también como lucidez política: de la ruta triunfal que lleva su candidatura, sólo puede bajarlo un capricho de su amigo. Quizá ni eso, aunque ése es el único riesgo a considerar.
Junto a las tribulaciones, quejas y desfallecimientos por su candidatura, es visible en Colosio la voluntad de seguir, no rendirse ni dar gusto a sus enemigos. No sólo no renuncia, como dice tantas veces a sus próximos, ni siquiera deja ver al presidente el tamaño de su molestia. Trata a Salinas con el mismo repertorio de armas suaves con que lo ha ganado desde siempre, las armas de la adhesión entusiasta, el complacido mimetismo, la cuidadosa coincidencia de propósitos y carácter. En medio de su laberinto Colosio sigue siendo ante Salinas el incondicional, el generoso, el heredero leal y hasta el gemelo político. La eficacia de su mimetismo apenas puede exagerarse. Cuando destapan a Colosio y los genios de la mercadotecnia buscan iconos asimilables, dicen que admite parecidos con Pedro Infante, el cantante legendario, y con Adolfo López Mateos, el presidente risueño y popular de su tiempo. Salinas dice burlonamente a un colaborador: “Qué Pedro Infante ni qué López Mateos. Colosio se parece a mí”.
De antes del destape y la campaña, recuerdo una gira con Colosio y Salinas a un viejo campamento maderero de Campeche, llamado Zoh Laguna, convertido ahora en una aldea modelo de turismo ecológico. Es quizá el mes de octubre de 1993. Los invitados a la gira estamos cenando en un cobertizo que hace las veces de comedor. Ha llovido fuerte y sigue lloviznando. Tenemos el espectáculo nocturno de un transformador que hace corto circuito con el agua y dispensa un surtidor de chispas eléctricas, azules y amarillas. Colosio viene a decirme que lo acompañe. Me lleva a la cabaña donde está Salinas. Salinas le pregunta qué pasa con el transformador. Colosio le explica con lujo de detalles técnicos lo que le ha explicado el Estado Mayor. La falla estará reparada en minutos. Salinas le pregunta cómo están las cosas en la ciudad de México. “Blue”, dice Colosio con una sonrisa, queriendo decir no sé qué. Salinas le pregunta cómo están las noticias. Colosio le resume los noticiarios de la noche. Le dice que tienen pendiente lo de un estado de la República. Y que de aquellas otras cosas de que hablaron, quedaron resueltas tres, pero falta una. Es imposible entender nada de lo que dicen, hablan en el código impenetrable y cómplice de su familiaridad. Finalmente Salinas pregunta: “¿Entonces, mañana ocho-cuatro?”. “Mañana ocho-cuatro”, responde Colosio. Pregunto si puedo saber de qué están hablando. Colosio le cede la palabra a Salinas. Salinas me explica cada una de las cosas que han hablado. ¿“Y el ocho-cuatro?”, pregunto al final. “Ah, que mañana corremos a las ocho de la mañana cuatro kilómetros”.
No sabemos qué Colosio hubiera brotado de la capucha de su mimetismo con Salinas. Cuánto hubiera quedado en él de su admiración discipular por Salinas, de su gratitud amistosa, de su genuina admiración y su lealtad política. Hay razones para pensar que su conducta y sus afectos habrían cambiado profundamente, tal como dice la ley de hierro del presidencialismo mexicano. Hay también lugar para pensar que en los días en que Colosio cruza el laberinto, su pasión por Salinas se diluye al punto de desaparecer y volverse lo contrario. La ley de hierro del presidencialismo mexicano dice que Colosio presidente habría sido mucho menos salinista que Colosio candidato. Pero el candidato Colosio a quien Salinas hace cruzar el laberinto en los primeros meses de 1994, habría salido de él vacunado de ilusiones sobre Salinas, sin salinismo alguno. Colosio era un político, no un hermano de la caridad, ni una víctima propiciatoria. Sus tormentos y desfallecimientos hablan de su vulnerabilidad, pero que haya dejado atrás sus tribulaciones de esos meses, mientras veía a su mujer enferma encaminarse a la muerte y hacía una campaña política en toda forma, actuando para el público una persona optimista y alegre que no existía en privado, es prueba de su fortaleza y de su resistencia, de su nervio político.
Un amigo cercano de Colosio, Heriberto Galindo, lo describe bien cuando dice que Colosio jugaba “pócar de uñita”, separando sus cartas minimamente con las uñas, pegadas a su pecho para que nadie las viera. Es un estilo ranchero de mirar el propio juego sin dejarlo ver a los amigos que juegan junto a uno, hombro con hombro, en una intimidad de miradas indiscretas y juegos inocultables a la curiosidad de los otros. En los altibajos de su laberinto, Colosio siguió jugando pócar de uñita con Salinas.

Durante enero y febrero Colosio y Salinas se ven los domingos. Colosio toca siempre el tema del protagonismo de Camacho. Salinas le explica que hay que mandarle al grupo armado un mensaje de unidad en el gobierno. Le pide a Colosio que tenga paciencia. Le habla de los problemas nacionales. Colosio pregunta por el apoyo que está recibiendo Camacho. Salinas responde que está en el interés de todos, Colosio incluido, que Camacho tenga éxito en el diálogo de la paz. Según Salinas, Colosio comprende la necesidad política del protagonismo de Camacho. Según los colaboradores de Colosio, Colosio no entiende nada. Al presidente del PRI, Santiago Oñate, Colosio le dice que a Camacho “le toleran todo”. La esposa de Colosio, Diana Laura, dice no entender por qué el presidente no pone orden y permite a Camacho “continuar con su protagonismo”. La candidata del Partido del Trabajo, Cecilia Soto, sonorense y buena amiga de los Colosio, sugiere a Diana Laura la posibilidad de que no sea el presidente quien autoriza los actos de Camacho. Diana Laura responde: “Quién, si no él”.
En febrero crecen los rumores de una renuncia de Colosio. La especulación sobre la candidatura de Camacho es moneda corriente en la prensa y en los medios políticos. En la cabeza de Colosio crece la misma certidumbre: el presidente juega una nueva partida sucesoria con Camacho y él. Nikita Kyriakis recuerda que en esos días Diana Laura le muestra una nota manuscrita donde se lee algo parecido a: “¿Qué chingados le pasa a Salinas? Ya sé, está de acuerdo con Camacho”. Colosio pregunta a Emilio Gamboa: “¿Qué le he hecho yo al señor presidente”. A su amigo Rafael Reséndiz, entonces vicepresidente de Televisa, le pregunta también: “¿Por qué me hace esto el presidente Salinas?”.
El ánimo de Colosio desfallece en este tramo del laberinto. Su amiga Diana Fartuk lo visita de nuevo en sus oficinas de Aniceto Ortega. Lo encuentra abatido, triste, atontado. Colosio le dice: “¿Viste lo que me hizo mi mejor, amigo, Dalia, mi mejor amigo, el que me apoyó en toda mi carrera hasta ahorita en el puesto que estoy, mi mejor amigo?”.
Colosio repite tres veces las palabras “mi mejor amigo” y se le salen las lágrimas.
Una fecha de respiro es el 4 de marzo. Ese día se abre el registro oficial para candidatos a la presidencia. Sin incidente ni contratiempo alguno Colosio se presenta en el Instituto Federal Electoral y tramita su registro. Hay alivio en el laberinto. Diana Laura sube con Colosio a su camioneta Blazer y dice: “Ahora sí, háganle como quieran: ya está registrado”.
Colosio se dispone a tomar nuevo impulso. A principios de marzo, ha pedido a Córdoba que lleve al presidente la petición de algunos enroques: quiere que su coordinador de campaña, Zedillo, vaya al Banco de México. Que su aliado Enrique Jackson vaya a la regencia del Distrito Federal en lugar de Manuel Aguilera. Que nombren a una gente suya en la Secretaría de Reforma Agraria. Salinas desestima la sugerencia, no quiere hacer esos cambios en su gabinete ni interferir en el Banco de México, cuya autonomía será decretada en abril. El mensaje de regreso es que Colosio se ocupe de los puestos de su campaña, Salinas se ocupará de los de su gobierno.
Colosio siente llegada la hora de tomar distancia del presidente. Se lo piden a coro sus próximos. Decide que lo hará en un discurso previsto para el 6 de marzo. El discurso se cocina largamente. Hay grupos de enfoque y estudios de opinión. Se definen conceptos rectores, frases clave, ritornelos para la prensa y la memoria. Se piden redacciones a los escritores Ricardo Garibay, Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Hernández Campos, y al historiador Enrique Krauze. El resultado final debe ser una buena mezcla de mensajes de continuidad y cambio, reconocimientos y críticas al gobierno en funciones. Colosio carga las tintas hacia el cambio. Subraya que es hora de reformar el poder, de tener un presidente que no pueda hacer más que lo que las leyes le permiten. Es hora de terminar con el influyentismo, la corrupción y la impunidad. Hora de aceptar que no se le cumplió a las comunidades indígenas. Hora de la competencia electoral: su triunfo no deberá nada al gobierno sino a su propio esfuerzo. “Nuestras elecciones no tendrán vergüenzas que ocultar” [como las de Salinas]. Entrada la noche, Colosio saca del discurso los párrafos de elogio a Salinas. Así lo requiere el momento político, dice a Samuel Palma. Se lo explicará después al presidente.
El discurso llega a Los Pinos pasada la medianoche. De Los Pinos no regresan comentarios esa noche ni al día siguiente. Una vez dicho el discurso, la prensa repara en los párrafos críticos: Colosio se deslinda de Salinas, critica los excesos del presidente, el influyentismo, la corrupción, la impunidad del gobierno de Salinas.
Por la tarde Colosio dice a su amigo, el periodista Federico Arreola, que Salinas no lo ha llamado para felicitarlo y que esto le preocupa. Instruye a su jefe de prensa: “Ramiro: hay que ver cómo le hacemos porque quedó la percepción de que hubo molestia por el discurso pronunciado el día de ayer”.
El martes 8 de marzo Colosio acude a la sobremesa de un llamado Grupo de los 10, en casa de Carlos Hank González, practicante y autor del imbatible aforismo: “Político pobre, pobre político”. A la comida asiste Raúl Salinas, el hermano del presidente. Colosio comparte con los asistentes su preocupación porque el discurso del 6 de marzo pueda malinterpretarse. Dice: “Yo amo a Salinas”.

El conflicto de Chiapas se estabiliza. El 15 de enero el gobierno emite una ley de amnistía para los alzados. El 16 empiezan las pláticas en la catedral de San Cristóbal. El 27 de enero los candidatos presidenciales firman un acuerdo para la negociación, la justicia y la paz en Chiapas. En febrero, el gobierno y los partidos políticos empiezan a negociar una nueva ley que quitará de las manos del gobierno el manejo de las elecciones. Chiapas sigue siendo el centro de la atención de los medios, pero las campañas recobran visibilidad. Las encuestas de esos días dicen que el escenario probable de votos para los candidatos es Colosio 54, Cárdenas 21, Fernández de Cevallos 17.
En el entorno de Salinas crecen los comentarios contra el protagonismo y la ambigüedad de Camacho en Chiapas. Camacho resiente la batida. La lee en columnas políticas de diarios que sabe cercanos a Los Pinos. El 10 de marzo anuncia una conferencia de prensa para el día siguiente. Advierte a Salinas que va a denunciar intereses, grupos y personas que obstruyen sus trabajos por la paz. Salinas le dice que no puede hacer acusaciones sin sustento. Lo que debe hacer es abandonar sus ambigüedades. Camacho insiste en que hará sus denuncias. Salinas advierte que debe moderar sus declaraciones. Por primera vez le pone un ultimátum: “Aceptas o dejas de ser comisionado para la paz”.
Camacho no da los nombres que quería dar en su conferencia de prensa, pero tampoco despeja sus ambigüedades. Dice que no va a dejar “de ejercer en plenitud” sus derechos ciudadanos ni a “cancelar mi vida en la política y lo que en la política represento”. El New York Times del 12 de marzo recoge el sentido y magnifica el alcance de sus declaraciones:Plantea Camacho Solís su posible renuncia al PRI para lanzarse como candidato independiente.
El juego de Camacho llega lejos. Colosio recibe el 13 de marzo al embajador mexicano en Washington, Jorge Montaño, quien le dice que en una conversación con el vicepresidente Al Gore éste le comentó que a su juicio en México hay unas elecciones primarias dentro del PRI, como las que hay en Estados Unidos dentro de cada partido. Montaño refiere la anécdota a Salinas quien se muestra enormemente sorprendido y preocupado por el hecho. Pregunta a Montaño cómo pueden disiparse tales ideas de la cabeza de nuestros vecinos. Montaño responde que sólo puede disiparla una declaración inequívoca de Camacho en el sentido de que no pretende ser candidato del PRI.
Si en algo no varía la posición de Salinas durante todo este conflicto es en su certidumbre de que Camacho responde mejor al buen trato que al zarandeo: es mejor tenerlo cerca, dentro del gobierno, que lejos engrosando la oposición. Salinas ha tratado siempre con cautela las opciones rupturistas de Camacho. Camacho ha entendido y manejado con ojo de relojero ese temor. Una recomendación persistente de Salinas a Colosio es que no deje suelto a Camacho, que se acerque a él. Colosio se acerca a Camacho luego de su discurso del 6 de marzo. Lo hace a través de un amigo común, el delegado de Azcapotzalco, Luis Martínez, un político oaxaqueño de maneras suaves y amplias relaciones políticas. Martínez ofrece a Camacho una cena con Colosio, que Camacho acepta. Luego de cruzar agendas, Martínez pacta la cena el 16 de marzo en su casa, un departamento que mira al bosque en la colonia San Miguel Chapultepec. El ánimo de Colosio es propicio. Algo parece haber cambiado en él respecto de Camacho. El día anterior lo han abucheado en el Tec de Monterrey por defender a Camacho. Se ha quejado ese mismo día con Córdoba diciendo que el presidente debe contener a Camacho o soltarle las manos a él para arreglar el asunto. Pero por la mañana del día siguiente, el 16, durante un desayuno con políticos y periodistas, dice que el problema entre Camacho y él viene de otra parte, y señala con el pulgar hacia arriba. Está siendo víctima, completa, de las “perversidades del sistema”.
Por la noche, en casa de Luis Martínez, Colosio abre la cena con Camacho diciendo que lamenta los ataques que gente de su equipo ha enderezado contra gente de Camacho. Camacho dice que están por firmarse los acuerdos de paz en Chiapas, y que Colosio debe firmarlos pues quien sea el ganador en las elecciones que vienen deberá honrar esos acuerdos durante su gobierno. Colosio recibe con una sonrisa la duda de Camacho sobre quién ganará las elecciones. Luego va al grano. Pregunta a Camacho si quiere ser senador por la ciudad. Oye largamente a Camacho decirle que no. Le ofrece entonces hacerlo secretario de Gobernación en su gobierno. Camacho dice que no está buscando cargos políticos. “¿Entonces, si no quieres cargos, Manuel, qué quieres?”, pregunta Colosio. Camacho responde que quiere terminar bien la negociación de Chiapas. Colosio le propone una alianza estratégica para hacer posible la transición a la democracia luego de esa negociación. Camacho dice que urge una convergencia en el centro democrático. Colosio está de acuerdo en esto y en incorporar a la alianza, y a su gobierno, a los cuadros de Camacho. El horizonte de una alianza política con inclusión de su gente y con él como uno de los polos, complace a Camacho. La cena termina a la medianoche. Luis Martínez acompaña a Colosio a su coche. De regreso a su departamento, encuentra a un Camacho eufórico que le resume la conversación. Le anuncia que ha ofrecido a Colosio hacer una declaración el 22 de marzo, despejando las dudas que quedan entre ellos. Colosio le resume la cena a Salinas con estas palabras: “Ya ve cómo es Manuel: me dediqué a escuchar”. No dice nada de la declaración que Camacho le ofrece para el día 22. Quizá porque no cree que Camacho la hará. Quizá porque ha tomado en sus manos el asunto Camacho y no quiere compartirlo de más con Salinas.
El 19 de marzo Colosio recibe un memorándum del coordinador de su campaña, Ernesto Zedillo. Dice, con ostensible urgencia, que deben corregirlo todo. En particular, deben establecer “clara y precisamente una alianza política con el Señor Presidente”. Escribe Zedillo:
“Debes ofrecer toda tu lealtad y apoyo para que él concluya con gran dignidad su mandato”. “No debes pedirle más que su confianza en tu lealtad y capacidad, externarle tu convicción de que él ya cumplió con la parte más importante de la sucesión y que ahora tú harás la que a ti te corresponde”. “Como parte de la estrategia de campaña se requiere un candidato que la gente sepa que no será manipulado por el Presidente Salinas, pero que goza de su confianza y aprecio, y para eso es necesario que haya un acuerdo explícito sobre cómo se producirá esa percepción en la opinión pública”. “Cada vez que haya que señalar tareas pendientes y deficiencias del gobierno, mediará notificación previa y se será receptivo a observaciones sobre la forma de decirlo”. Ésta, dice el coordinador de la campaña, “es una recomendación elemental, yo diría de libro de texto, de estrategia política”.
Ese mismo día, al regreso de un acto en la CTM, el secretario de Comunicaciones, Emilio Gamboa, vuelve a decirle al presidente que las actitudes de Camacho están dañando a Colosio. El presidente le responde: “Dile a Luis Donaldo Colosio que se haga cargo de su equipo y del partido y que yo me haré cargo de Camacho”.
Las cosas parecen ir tan mal como siempre dentro del laberinto y aún peor. Todo parece precipitarse hacia una nueva crisis. Pero no se precipita. El 22 de marzo Camacho cita a una conferencia de prensa en la que dice, por fin: Quiero ser presidente de la República, pero no a cualquier costo. Entre buscar una candidatura a la presidencia de la República y la contribución que pueda hacer al proceso de paz en Chiapas, escojo la paz.
Todo el mundo entiende que declina la fantasmagórica candidatura. No hay testimonio publicado de que Salinas haya forzado este deslinde final de Camacho. Camacho dice haberlo decidido solo, luego de sopesar la apertura de Colosio hacia él. Colosio no se ha dejado envenenar en su contra y le ha ofrecido una “relación respetuosa en lo personal y digna en lo político”. Colosio ha ejercido bien con Camacho la fórmula de Salinas: “Para que Camacho esté bien, a Camacho hay que tratarlo bien”. Eso parece haber hecho Colosio con Camacho durante su cena en casa de Luis Martínez. Eso parece devolverle Camacho con su declaración del 22 de marzo.
Hay también la versión de que Salinas habla con Camacho un día antes de la declaración del 22 de marzo y le exige una definición sobre la candidatura. “Si no te deslindas”, habría dicho Salinas, “yo salgo a la prensa y digo que tienes un doble juego”.
Cuando Camacho declara, Colosio está en Culiacán, al principio de una gira por el noroeste de la República. Colosio apenas puede ocultar su euforia. En su salida a la prensa hace un elogio ditirámbico de Camacho: “La declaración pública de Manuel confirma su entrega absoluta a las tareas de conciliación y pacificación que le fueron encomendadas por el presidente Salinas. [El comisionado] podrá llevar a cabo una conclusión exitosa que será reconocida ampliamente por los mexicanos que vemos en la unidad nacional y en la paz, la vía del progreso para la nación”.
Colosio habla dos veces ese día con Salinas. Recibe buenas noticias. El secretario de Gobernación ha terminado los acuerdos para una reforma política que garantice una elección ordenada. Los mercados financieros han respondido favorablemente al anuncio de Camacho. Al regreso de su gira por el noroeste, el presidente espera a Colosio con dos botellas de vino para hablar largo y revisar sus pendientes. Entre otros, el tema de los cambios del equipo de campaña que Colosio quiere plantear desde hace unas semanas y que suponen cambios en el gobierno de Salinas.
Colosio llega a Tijuana el día siguiente, 23 de marzo, al cuarto para las cuatro de la tarde, en un avión del Partido Revolucionario Institucional. Hay unas dos mil personas en el aeropuerto. Al verlo aparecer, corren hacia él como hacia un cantante de moda. Colosio sube al techo de la Blazer y saluda a la muchedumbre. Los miembros de su escolta lo apartan medio metro del entusiasmo de la gente, abren la puerta del vehículo y rescatan al candidato de su popularidad desordenada.
La Blazer de Colosio deja el aeropuerto entre rechinidos de llantas. Levantando polvo, enfila hacia el este siguiendo la modesta alambrada que marca en esa zona la línea fronteriza de México y Estados Unidos. Atrás se alinean los 40 vehículos de la comitiva, rebasándose, obstruyéndose, disputando los lugares en la caravana. Antes de llegar a Tijuana, la Blazer de Colosio gira a la derecha y baja a las hondonadas de Lomas Taurinas. La gente ha construido ahí una ciudad perdida, rebosante de ilegalidad y caos urbano, sueños y agravios populares. Al llegar al puente que separa Lomas Taurinas del mundo, Colosio baja de la Blazer, se adelanta a su escolta del Estado Mayor presidencial y entre empujones, como en toda su campaña, obsesionado porque no lo secuestre su equipo de seguridad, camina por el puente de madera podrida, se detiene a la mitad, saluda a todas partes y entra en Lomas Taurinas.
Es un hombre radiante, cientos de manos se tienden a su paso. Baja 75 metros de una cuesta y llega al presidium del mitin, que él llama “asamblea popular”. Una banda toca cumbias. Todo es calor, entrega, comunión, salvo en la manta de un puñado de jóvenes que dice: Ojo: Camacho y el subcomandante Marcos te vigilan.
Termina el mitin. Son las cinco de la tarde. Colosio baja del presidium y camina rodeado de su escolta, apretado por la muchedumbre. En un punto donde la marea humana casi ha detenido su marcha, una pistola asoma entre la valla junto a su cabeza. Hay dos estruendos suaves, apagados por la música y el rumor de la muchedumbre. Colosio se desploma sangrando. Salen a relucir pistolas en las manos de su escolta. La gente que está cerca se desbanda gritando. Un militar llamado Cantú ha visto disparar al homicida: es un joven lampiño, en jeans y camisa negra. Se echa sobre él y lo oprime con su peso hasta desarmarlo. La gente patea y golpea al muchacho.
Con el cuerpo sangrante de Colosio en los brazos, su escolta pide espacio para avanzar hacia la camioneta Blazer, distante unos 60 metros del lugar del disparo. Tardan cinco minutos en recorrer ese tramo. A tumbos suben el cuerpo del candidato a la camioneta. Al salir de Lomas Taurinas lo pasan a una ambulancia. Colosio llega al Hospital General de Tijuana a las cinco y 17 minutos de la tarde, hora del Pacífico.
En Lomas Taurinas los guardias forcejean con el joven agresor y con la gente que quiere lincharlo. “Mátenlo”, gritan unos, otros lloran, otros tiran piedras. El coronel Reynaldos del Pozo del Estado Mayor, asume la custodia del detenido. Seguido e insultado por la gente se abre paso hasta una camioneta de la escolta y sube al agresor al asiento de atrás, flanqueado por dos de sus hombres. En ese momento aparecen patrullas y motociclistas de la policía municipal de Tijuana. Azuzados por la gente, rodean la camioneta y encañonan a Del Pozo, al detenido y a sus custodios. “Quítenselos”, grita la gente. Del Pozo se identifica, los recién llegados se allanan a sus instrucciones y le sirven de escolta para salir del lugar. Cuando los policías y Del Pozo arrancan, la turba los trata como cómplices: apedrea la camioneta que parte con el detenido, las patrullas que lo siguen, las motos que les abren paso.
Los médicos del Hospital General encuentran dos disparos en el cuerpo de Colosio. Uno en el vientre, otro en la cabeza. El primer parte médico reporta al paciente delicado de salud. A las seis y cuarto solicitan para él sangre tipo A negativo. A las siete y media llega un helicóptero de la firma Life Flight que da servicio a los hospitales Palomar Medical Center, Scripps Memorial y Mercy Hospital de la ciudad de San Diego, sólo unos kilómetros al norte de Tijuana. La dirección del Hospital General de Tijuana anuncia que Colosio será trasladado a San Diego para ser intervenido. Su esposa Diana Laura Riojas se opone. Nadie discute su decisión.
Colosio muere al cuarto para las ocho de la noche, tiempo del Pacífico, cuarto para las seis de la tarde, tiempo de México. Ha sufrido dos lesiones por proyectil de arma de fuego. Una en el cráneo, con orificio de entrada en la región temporal derecha y orificio de salida a nivel parietal izquierdo. Otra en el abdomen, con orificio de entrada a nivel subcostal izquierdo y orificio de salida a nivel subcostal derecho. Durante el traslado de Colosio al Hospital General de Tijuana se han hecho maniobras de resucitación. Ha pasado directamente al quirófano donde se le ha realizado una laparotomía exploratoria. Se descubre que la bala en el abdomen no ha lesionado órganos fundamentales. Simultáneamente, se realiza una craniectomía descompresiva que muestra una fractura en el parietal derecho. Al mismo tiempo, se drenan los hematomas parenquimatosos de la herida. Durante el procedimiento, Colosio presenta un agudo deterioro hemodinámico y sufre el paro cardiorrespiratorio que termina con su vida.
Mario Aburto Martínez, de 24 años, capturado en el lugar de los hechos, rinde a esas horas sus declaraciones en la delegación estatal de la Procuraduría General de la República de la ciudad de Tijuana.

Nota del autor: Secuencias, ambiente, escenas y diálogos de este relato están amplia y minuciosamente contenidos en el tomo IV del Informe de la investigación del homicidio del licenciado Luis Donaldo Colosio (Procuraduría General de la República-Quimera Editores, México, 2000), publicado por el último fiscal del caso, Luis Raúl González Pérez. Con los materiales de este Informe ensayé una novela sin ficción: La tragedia de Colosio (Alfaguara, 2004 y Planeta, 2013). La crónica recoge invaluables detalles contenidos en los libros de Carlos Salinas: México Un paso difícil a la modernidad, Plaza & Janés Editores, 2000, pp.809-897, y Jorge Castañeda: La herencia, Alfaguara, 1999, pp. 459-523. El relato de Colosio en Lomas Taurinas y en el hospital de Tijuana es una versión mía sobre la excelente nota de José Ureña publicada en La Jornada el 24 de marzo de 1994. He echado mano también de mis propios recuerdos y conversaciones con autores y testigos de los hechos.

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor de La tragedia de Colosio.
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1Según la Constitución de la República mexicana, el candidato presidencial de cualquier partido político tiene que separarse de todo cargo en el gobierno seis meses antes de las elecciones. Mientras Manuel Camacho tuviera un empleo en el gobierno, no era elegible para ser candidato. Si dejaba de ser empleado gubernamental, como con el cargo honorario de comisionado de la paz en Chiapas, volvía a ser elegible para ser candidato presidencial. De ahí la importancia del carácter honorario de su nombramiento y las especulaciones que desató.

El show de la rendición de cuentas

29. enero, 2014|Sin categoría|No comments

El show de la rendición de cuentas
Saúl Rivera
Categoría: Columnas
Martes 28 de Enero, 2014
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Contrario al Real ánimo de los soberanos elegidos por la voluntad divina, que por ese simple hecho sólo tienen la obligación de rendir cuentas a Dios, en la democracia moderna los intereses y ambiciones de los gobernantes quedan restringidos por los deseos de sus electores.

En este sentido la mayor virtud democrática es la rendición de cuentas de los gobernantes y el derecho de los gobernados a exigirla, porque ese (en apariencia) sencillo mecanismo se convierte en el freno de todo intento individual de monopolizar el poder delegado por la soberanía popular.

En el número 51 del famoso ensayo El Federalista, su autor, el liberal norteamericano, James Madison, al argumentar a favor de la ratificación de la Constitución estadounidense advierte que la gran dificultad al organizar un gobierno estriba “en capacitar al gobierno para mandar a los gobernados, y luego obligarlo a que se regule a sí mismo”.

Más recientemente el politólogo Andreas Schedler señaló que la mejor forma para domesticar al poder y prevenir sus abusos es supeditándolo a ciertas reglas de conducta y procedimientos. Él menciona que la mejor forma de supervisarlo y restringirlo es a través de la rendición de cuentas (accountability). En esa relación de controles, pesos y contrapesos, los gobernantes están obligados a informar sus decisiones y justificarlas, pero también existe la capacidad legal sancionatoria en caso de no hacerlo.

En el caso mexicano la rendición de cuentas es todo lo contrario a lo expuesto por la filosofía política liberal. Aquí, los representantes populares, los ejecutivos federal, estatales, municipales y delegacionales (en el caso del DF), sin importar el signo partidista, transformaron ese mecanismo en el tinglado ideal para su promoción personal.

Los últimos informes de labores de funcionarios y legisladores mexicanos (llámense Manuel Velasco o Víctor Hugo Romo) revelan su desdén por la vida pública, tratando de cubrir con grandes montajes de producción y una actitud histriónica la vacuidad ética de la clase política a la que pertenecen.

Con una ruidosa y dispendiosa simulación pretenden velar lo evidente: la política convertida en un bien privado. La ausencia de resultados y de políticas públicas transformadoras de la realidad convirtió a los políticos en un tipo de showman, maestros del espectáculo y del marketing.

Las cosas no andan bien cuando en uno de estos informes, la invitada especial, Carmen Salinas, dice: “Es como en el teatro”, y uno de los organizadores del evento político responde orgulloso:“Estuvimos ensayando todo el fin de semana”.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio

13. enero, 2014|Sin categoría|No comments

Los papeles del fiscal
Los separaban sólo dos minutos y un remolino compuesto por cientos de personas. El candidato del PRI a la presidencia, Luis Donaldo Colosio, bajó del templete en el que acababa de pronunciar un discurso, y dijo: “¡Vámonos, vámonos!”. Estaba a 13.5 metros del sitio en donde Mario Aburto iba a encontrarlo. En las bocinas sonaba la canción “La culebra”. Aburto comenzó a desplazarse entre la gente. Cuando se hallaba a un paso del candidato, una mujer oyó que alguien le decía: “¡Quítate, cabrón!”. Mario Aburto respondió: “¡Oooh!, es que quiero saludarlo”. Extendió el brazo, acercó la Taurus .38 con cachas de madera a la cabeza de Colosio, y disparó.
Como nunca en la era posrevolucionaria el clima político de México estaba enrarecido. Había ocurrido el levantamiento zapatista en la selva de Chiapas, el precandidato priista a la presidencia, Manuel Camacho Solís, se había negado a reconocer, durante meses, la candidatura de Colosio, y desde su nombramiento como comisionado para la paz en Chiapas no hacía otra cosa que atraer sobre sí la atención de los medios, que apenas volteaban a mirar al candidato oficial. Corrían versiones de que la relación entre Colosio y el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, se hallaba seriamente fracturada. La prensa hablaba de “una campaña contra la campaña”; insinuaba que se maniobraba desde Los Pinos, para sustituir al candidato.
En ese contexto ocurrió el atentado contra Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994, en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana.
Dos semanas más tarde, el fiscal Miguel Montes anunció lo que ya, según la prensa, “todo mundo sospechaba”: “Que a Colosio no lo mató un loco, sino una conjura […] Que Mario Aburto fue el ejecutor material del crimen, pero que otras cuatro personas más ya detenidas, Tranquilino Sánchez, Vicente Mayoral Valenzuela, Rodolfo Mayoral Esquer y Rodolfo Riva Palacio, le ayudaron. Otros dos más también lo hicieron, aunque no se sabe ni sus nombres ni su paradero” (El País, 5 de abril de 1994).
En el video obtenido por un aficionado, el fiscal Montes había observado que al terminar el mitin “varias personas impidieron con sus manos y sus cuerpos que la seguridad del candidato, el Estado Mayor Presidencial, controlara la situación”. De acuerdo con el fiscal, aquellos individuos habían rodeado a Colosio en formación “diamante”: un trabajo que sólo “profesionales conocedores de las aglomeraciones y con cierto acceso al entorno del candidato” habrían podido hacer.
Uno de los detenidos, el priista Rodolfo Riva Palacio, vinculado a la policía de Tijuana, había reclutado a los otros sospechosos en la delegación local del PRI. El video mostraba que Tranquilino Sánchez estorbaba los movimientos del general Domiro García Reyes, responsable de la seguridad de Colosio; revelaba que el ex judicial de Tijuana Vicente Mayoral se encargaba de abrir paso a un sujeto no identificado, que segundos antes de los disparos se había tirado al suelo “para hacer que Colosio se detuviera” (la policía lo bautizó como “El Clavadista”). El video mostraba, también, que un segundo desconocido, al que se llamó “El Lentes” se había agachado para que Aburto pudiera extender el brazo en el que llevaba la Taurus. Se podía apreciar, en fin, cómo el cuarto detenido, Rodolfo Mayoral Esquer, empujaba a otro de los encargados de la seguridad de Colosio, el coronel Federico Antonio Reynaldos del Pozo, con la evidente intención de obstaculizarlo.
No había duda: para el fiscal, se trataba de una “acción concertada”. Un maremágnum de sospechas, chismes, filtraciones y acusaciones sacudió a la clase política mexicana. Tres meses y medio más tarde, el 14 de julio de 1994, luego de investigar el entorno del enigmático Aburto, y de hallar escondido en un baúl el “Libro de Actas” escrito por éste, el fiscal Miguel Montes descartó la hipótesis inicial del complot y la sustituyó por la versión del “asesino solitario”.
La viuda del candidato, Diana Laura Riojas, consideró que el cambio de opinión del fiscal resultaba “poco convincente”. Nada logró variar la impresión de que el asesinato era resultado de una querella por el poder que, desde la designación de Colosio como candidato, había enfrentado a la clase gobernante.
Las sospechas recayeron en el precandidato Manuel Camacho Solís, pero sobre todo en el presidente Carlos Salinas de Gortari, a quien se acusó de orquestar el complot desde Los Pinos, a través de su jefe de asesores, José Córdoba Montoya.
Cayó el fiscal Miguel Montes. Comenzaron a desfilar nuevos encargados del caso, Olga Sánchez y Pablo Chapa Bezanilla. En agosto de 1996, Luis Raúl González Pérez se hizo cargo de la fiscalía especial. Para entonces los sospechosos de la “acción concertada” se hallaban libres por falta de pruebas. Mario Aburto había sido condenado a 42 años de prisión.
Luis Raúl González Pérez siguió 27 líneas de investigación e intentó desahogar más de 300 sospechas. El proceso incluyó casi dos mil declaraciones, repartidas a lo largo de 68 mil fojas. En un hecho inédito en la vida del país, en aquel proceso declararon un presidente en funciones, Ernesto Zedillo, y dos ex presidentes de la República: Carlos Salinas de Gortari y Luis Echeverría Álvarez (Salinas quedó registrado como el primer mandatario mexicano sometido a interrogatorio por parte de autoridades judiciales).

Aunque ciertos contenidos del expediente alimentaron columnas, reportajes y notas de prensa, los interrogatorios del fiscal y las declaraciones recabadas por éste no se publicaron jamás. Durante 20 años, aquellos aquellos miles de fojas quedaron en manos de abogados, testigos, declarantes y terceros. En ellos yace la novela no escrita sobre una clase política que arrojó al país a una de sus crisis más serias: un retrato completo de los usos y costumbres del priismo, realizado por él mismo.
Carlos Salinas declaró durante 12 horas y respondió 397 preguntas. Manuel Camacho dio respuesta a 111, Ernesto Zedillo a 35, Luis Echeverría a 15 y José Córdoba Montoya a 197. Lo que el lector hallará a continuación, despojados en lo posible de su estilo judicial, son los extractos más significativos de aquellos interrogatorios, una colección de documentos históricos sobre el primer magnicidio cometido en México luego del asesinato en “La Bombilla”, en el lejano 1928, del presidente Álvaro Obregón.
Interrogatorio a Carlos Salinas de Gortari
—¿El licenciado Colosio llegó a expresarle su molestia o inconformidad por la designación del licenciado Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz en Chiapas de manera honoraria?
—No. Me preguntó por qué y le contesté que Camacho Solís quería que fuera así para poder presentarse en las negociaciones no como empleado de gobierno sino como enviado del presidente.
—¿Sabe cuál fue la reacción del licenciado Camacho al anunciarse la precandidatura del licenciado Colosio, y qué opinó al respecto?
—Cuando el PRI postuló a Colosio el 28 de noviembre de 1993, llamé a Camacho Solís, quien me hizo ver que no haría ninguna manifestación pública hasta no hablar conmigo. Me preocupó su reacción y lo convoqué a desayunar la mañana siguiente a Los Pinos. Ese mismo domingo, el 28 de noviembre, conversé con Colosio sobre la actitud de Camacho. Colosio me dijo que le llamaría… Finalmente, a la mañana siguiente desayuné con Camacho, a quien le hice ver que esperaba un pronunciamiento de él y que lo invitaba a continuar trabajando conmigo en una posición diferente, como secretario de Relaciones Exteriores.
—¿Puede explicar por qué su preocupación por la reacción del licenciado Camacho?
—Me interesaba sobre todo mantener el clima de unidad en el equipo de gobierno y fundamentalmente entre quienes la opinión pública había señalado como precandidatos a la presidencia de la República. Para mí siempre fue fundamental contribuir a esa unidad en el equipo de gobierno, que por las condiciones políticas del país era reflejo también de unidad dentro del partido.
—¿La reacción del licenciado Camacho implicaba la ruptura de la unidad a la que se ha referido?
—No sucedió, en cuanto que él se incorporó a los trabajos de Relaciones Exteriores y durante todo el mes estuvo cumpliendo puntualmente ese trabajo.
—¿En qué consistió la inconformidad del licenciado Camacho al no ser nominado precandidato a la presidencia de la República?
—Me dijo que le hubiera gustado saber antes que no iba a ser. En mi experiencia, eso nunca había sucedido en el pasado.
—¿En el nombramiento del licenciado Camacho se habló del término de 60 días para que él desarrollara su actividad?
—Él me hizo ver que, dado que había una fecha fija para la celebración de la elección presidencial, había que lanzar una intensa ofensiva a favor del diálogo para que en un plazo no mayor de 60 días hubiera un anuncio relativo a pláticas de paz.
—¿Este plazo tendría vinculación con la fecha término para el registro de candidatos a la presidencia?
—Ninguno.
—¿Pidió opinión al doctor José Córdoba Montoya o a otras personas sobre el nombramiento del licenciado Camacho como comisionado?
—No al doctor Córdoba, aunque comenté con él que venía el nombramiento… Me hizo ver que frente al comportamiento de Camacho en la postulación de Colosio, este nombramiento podía generar inquietud. Escuché su opinión y le comenté que era fundamental lograr lo que nunca había podido alcanzarse en un levantamiento como el que enfrentábamos en Chiapas; es decir, lograr en un plazo muy breve condiciones para el diálogo y suspensión de los combates.
—¿Hubo algún tipo de presión del licenciado Camacho hacia usted para que lo nombrara comisionado?
—Él me pidió ser comisionado para la paz. Yo evaluaba diversas opciones, pero dados los antecedentes de Camacho, su capacidad negociadora en el Distrito Federal, consideré que tenía cualidades para serlo.
—¿Recuerda si el licenciado Camacho le expresó que de no darse el nombramiento se uniría al movimiento cívico que pugnaba por una salida negociada en el conflicto de Chiapas y no por una situación que algunas gentes pudieran sugerir de enfrentar bélicamente al grupo armado?
—Nunca me lo expresó en esos términos.
—¿El nombramiento del licenciado Camacho como comisionado honorario rompía con las reglas no escritas de su partido, al ponerlo en posición de eventual candidato presidencial sustituto, ya que no había impedimento constitucional para ello?
—Enero de 1994 fue un momento en la historia del país en el cual enfrentamos una situación para la que no había reglas ni precedentes. Un movimiento armado que capturó la atención internacional como ninguna guerrilla lo había logrado, y que estaba generando enormes tensiones sociales al interior de nuestro país. No había ni reglas ni ortodoxia en lo que estábamos enfrentando, y ante lo inédito del hecho tuvo que recurrirse a una solución inédita.
—¿Analizó que al nombrar al licenciado Camacho como comisionado sin un cargo público, podría afectar la campaña del licenciado Colosio?
—Todas las campañas habían sido afectadas por el levantamiento en Chiapas. Todas habían perdido resonancia. Sin un encausamiento adecuado de ese conflicto era prácticamente imposible que ninguna campaña pudiera hacerse eco entre la población.
—¿Una de las soluciones al conflicto en Chiapas pudo ser la sustitución del candidato, o la afectación de su campaña?
—La solución del conflicto en Chiapas no tenía vinculación con quienes ocuparan la candidatura a la presidencia. Hasta donde recuerdo, todos los partidos habían postulado a su candidato.
—El licenciado Colosio, en su calidad de candidato a la presidencia, ¿se reunía con usted?
—Sí, regularmente. Las reuniones se hacían en la residencia de Los Pinos, yo diría que dos veces por mes personalmente, y teníamos conversación telefónica una vez por semana.
—¿Qué conversaba con el licenciado Colosio sobre su campaña política?
—Nunca conversamos cuestiones de detalle, ni aspectos específicos sobre etapas… Era sobre todo el comentario que él me hacía del trato que la gente le daba, la receptividad que sentía.
—¿Cuál era su percepción personal sobre la campaña del licenciado Colosio?
—Yo no seguía con detalle la campaña por la intensidad de los temas y de los problemas que como presidente estaba enfrentando, pero sí encontraba que hacia fines de marzo de 1994 los acontecimientos nacionales iban creando un marco muy propicio para su campaña.
—¿Algún miembro de su gabinete le comentó algo sobre la indisciplina del licenciado Camacho, de la que se hablaba en la prensa a partir de que se anunció la precandidatura del licenciado Colosio?
—Hubo comentarios de que su comportamiento no era el esperado.
—¿A qué se refirió cuando el 27 de enero de 1994, en Los Pinos, expresó la frase: “No se hagan bolas, el candidato es Luis Donaldo Colosio”?
—Lo digo en mi testimonio escrito (“que Colosio era el único candidato del PRI”).
—¿Por qué toleró lo que la prensa dio en llamar “las ambigüedades políticas de Manuel Camacho”?
—En diversas ocasiones conversé con él para que fuera más preciso y exacto en sus planteamientos públicos.
—¿Solicitó al licenciado Colosio que no perturbara las actividades del licenciado Camacho como comisionado?
—Conversé con él sobre la necesidad de enviar mensajes al grupo levantado en Chiapas de que había unidad en el gobierno. Nuevamente, Colosio comprendió la necesidad de contribuir a este clima.
—¿El licenciado Colosio expresó su malestar por el apoyo que observaba que el presidente de la República le brindaba al licenciado Camacho?
—Me preguntaba sobre la forma como se estaban apoyando los trabajos de Camacho… Externaba su preocupación o duda y siempre escuchaba con interés y concentración mis argumentos; si no lo convencían, lo decía; si no, volvía a preguntar y plantear. No hubo tema fundamental en el que no nos hubiéramos puesto de acuerdo.
—¿Le planteó como preocupación lo que se identificó como el protagonismo del licenciado Camacho?
—Preguntó sobre el motivo del despegue de Camacho en los medios. Comentamos que los eventos de los primeros días de enero acapararon la totalidad de la atención de los medios nacionales e internacionales. Los medios no mostraron interés en otro tema que no fuera el de Chiapas. Frente a esto fue necesario que el comisionado ocupara espacio en los medios para romper el monopolio que hasta ese momento tenía el grupo armado, y crear condiciones de opinión que literalmente obligaran al grupo armado a sentarse a dialogar.
—¿Existió compromiso de su parte para alentar o apoyar la eventual candidatura del licenciado Camacho en caso de que obtuviera resultados positivos en Chiapas?
—No.
—¿Consideró que si la campaña del licenciado Colosio no era adecuada, podría darse una sustitución?
—No.
—¿Pensó reformar la Constitución para considerar la posibilidad de otro sustituto, después de la muerte del licenciado Colosio?
—A la muerte de Colosio siguieron horas de terrible tensión, eran momentos de crisis política con riesgo de crisis económica y financiera y de gran desaliento social. Para la delicadísima tarea de encontrar la personalidad del nuevo candidato se decidió no obviar ninguna posibilidad para que en el futuro no pudiera decirse que no se intentó. Una de ellas fue precisamente ésta, a la que el propio partido, el PRI, sus legisladores y miembros manifestaron su rechazo.
—¿Le sugirió al licenciado Colosio que se entrevistara con el licenciado Camacho?
—Sí. Previo a la cena que tuvieron, conversamos de cómo coadyuvar a que Camacho terminara con sus ambigüedades y se concentrara en su trabajo como comisionado.
—¿Se enteró del resultado de esa entrevista?
—Sí. Colosio lo sintetizó en una frase: “Ya ve cómo es Manuel. Me dediqué a escuchar”. En ningún momento me manifestó que hubiera llegado a pacto o acuerdo con Camacho.
—¿El licenciado Camacho aspiró a ser candidato a la presidencia entre el 10 de enero y el 22 de marzo de 1994?
—No conocí ninguna manifestación explícita y concreta en ese sentido.
—¿Se reunió con el licenciado Camacho el 11 de marzo de 1994, después de una gira de trabajo por Monterrey?
—Sí.
—¿Qué fue lo que platicó el día en cuestión?
—Camacho me comentó que pensaba hacer una declaración pública en la que señalaría grupos, personas e intereses que, según él, eran contrarios a su labor y desempeño. Le hice ver que afirmaciones sin sustento sólo dañaban el clima de armonía pública, iban en demérito de su actuación y que si él se empeñaba en hacer una declaración pública sin sustento, yo anunciaría inmediatamente su remoción como comisionado.
—¿Con motivo de dicha reunión hubo una fuerte confrontación entre el compareciente y el licenciado Camacho?
—Sí, hubo un intercambio intenso y tenso, que culminó con mi señalamiento de que presentar ese texto en los términos por él señalados llevaría a su remoción inmediata.
—¿Durante el periodo de enero a marzo de 1994 hubo algún cambio en las relaciones entre usted y el licenciado Colosio?
—Sí, en tanto que cambia la relación entre el presidente y un colaborador, frente a la relación entre el presidente y el candidato del PRI a la presidencia. Nunca perdió su cordialidad, pero tenía otro nivel y otra dimensión.
—¿Se comunicó personal o telefónicamente con el coordinador de la campaña del licenciado Colosio, el doctor Ernesto Zedillo, entre el 28 de noviembre de 1993 y el 23 de marzo de 1994?
—En varias ocasiones. No hablábamos sobre ningún detalle de la campaña, sobre todo eran comentarios de cómo evolucionaba la situación y cómo iba siendo la perspectiva hacia adelante. El 23 de marzo conversamos en el despacho oficial ante los trágicos acontecimientos.
—Diga lo conversado el día de los trágicos acontecimientos.
—Los dos estábamos muy consternados, muy impactados, tratando de entender lo que estaba sucediendo.
—¿Por qué la presidencia de la República no hizo pronunciamiento público alguno sobre las versiones periodísticas que señalaban que el licenciado Colosio renunciaría a la candidatura, ni sobre la ruptura del licenciado Colosio con el compareciente?
—Está respondido en mi testimonio (“En ningún momento dudé que Luis Donaldo Colosio era quien mejor representaba las tendencias modernizadoras y democráticas dentro de mi partido… en ningún momento se dio una confrontación y mucho menos una ruptura entre Luis Donaldo y yo”). Por otra parte, mi experiencia en los medios me había mostrado que en ocasiones los temas se hacen grandes cuando se busca darles aclaraciones.

—Diga si el 27 de marzo de 1994 pidió a la señora Diana Laura que suscribiera una carta que exonerara al licenciado Camacho de toda sospecha en el asesinato del licenciado Colosio.
—Está en mi testimonio. Quería una expresión de la señora Colosio que contribuyera a serenar los ánimos sobre todo en virtud de lo que el licenciado Camacho había pasado durante su presencia en la funeraria (“la gran hostilidad que manifestó la militancia del partido en su contra. Me preocupó enormemente que ese ánimo público de coraje contra él pudiera desbordarse en otro acto de violencia”).
—¿Consideró que el licenciado Camacho, después de la muerte del licenciado Colosio, pudiera ser candidato a la presidencia de la República?
—Ninguna consideración.
—¿A mediados de marzo de 1994 dio instrucciones o sugirió a los licenciados Otto Granados, Patricio Chirinos, Emilio Gamboa y otros más que se comunicarán telefónicamente con el licenciado Camacho y le expresaran su apoyo?
—Camacho había manifestado que percibía hostilidad hacia su trabajo en Chiapas, de diversas áreas de la administración pública. Por ese motivo pedí a colaboradores que le hicieran ver que había aliento a su trabajo en las negociaciones de paz.
—¿Cómo y en qué forma se enteró del atentado que sufrió el licenciado Colosio el 23 de marzo de 1994?
—Al concluir un acto agrario en el Salón Vicente Guerrero de la oficina de Los Pinos encontré al jefe del Estado Mayor Presidencial y al doctor Córdoba, quienes me hicieron saber que había habido un atentado en contra de Colosio.
—¿Qué es lo que hizo en los momentos posteriores a dicho atentado?
—Me dirigí a mi despacho, hablé con mi médico personal, originario de Baja California, Enrique Wolpert, y le pedí que de inmediato se trasladara a Tijuana con el mejor experto que se tuviera para esta emergencia. Inmediatamente hablé con el secretario de Gobernación (Jorge Carpizo), quien estaba enterado, y en su despacho se encontraba el procurador general de la República (Diego Valadés), con quien también hablé y a quien pedí se trasladara a Tijuana. A partir de ese momento me estuve informando sobre el estado de salud de Colosio y empecé a recibir a colaboradores que se presentaban consternados por la noticia.
—¿A alguien más le pidió su intervención para darle seguimiento y atención al atentado?
—Busqué al gobernador de Baja California y se me informó que no estaba en su estado, por ese motivo, y estando presente en mi despacho el coordinador de la campaña de Colosio, el doctor Zedillo, me comuniqué con el gobernador de Sonora (Manlio Fabio Beltrones) para pedirle que siendo el más cercano al lugar de los hechos se trasladara a la ciudad de Tijuana, cosa que hizo.
—Diga si el 23 de marzo o días posteriores habló con el general Domiro (García Reyes) y qué comentaron al respecto.
—La noche del 23 de marzo el general Domiro se comunicó a mi despacho para hacerme saber que acababa de fallecer Colosio. Escuché a un hombre abatido y desesperado que decía “fallé”, “fallé”, y a quien le insistí que tenía que seguir pendiente porque la familia de Colosio seguía ahí… Mi impresión del general García Reyes fue la de un hombre con proclividad a suicidarse. Esa situación me preocupó mucho y de ahí mi insistencia de que tenía que seguir cumpliendo su responsabilidad.
—¿Fue informado y por quién sobre cómo se efectúa el traslado de Mario Aburto a la ciudad de México?
—Me informó el procurador para hacerme saber que había llegado a la ciudad de México para ser recluido en prisión.
—¿Le mencionaron la identidad de los que acompañaron a Aburto en dicho traslado?
—No recuerdo que nadie me haya hecho esa precisión.
—¿Cuándo fue la primera vez que vio el video en donde se aprecia la agresión que sufrió el licenciado Colosio?
—El video me fue mostrado por el licenciado Miguel Montes, cuando regresó de sus investigaciones iniciales en Tijuana. Lo acompañaba el licenciado Fernando Gómez Mont.
—¿Dichas personas tenían una opinión formulada sobre qué había pasado en Lomas Taurinas?
—Del video y de los movimientos de diversas personas suponían que podía haber un intento de acción concertada, sin embargo, hicieron ver que se requería un análisis más cuidadoso.
—¿Qué actitud asumió cuando en diversas versiones periodísticas se manejó que el asesinato del licenciado Colosio era producto de un complot de Estado orquestado por la presidencia?
—Me parecían tan descabelladas, tan ofensivas, tan ajenas a los hechos, que por eso también mi insistencia en dar todas las facilidades a la fiscalía especial.
—¿Por qué la presidencia de la República pidió al gobierno de Baja California que no investigara y que se ejercitara la facultad de atracción por parte de la PGR?
—Cuando el procurador general Valadés se encontraba en Tijuana, visitó al gobernador del estado, Ernesto Ruffo, y al pedir hablar con él se encontraba ahí el procurador del estado. Valadés le pidió al gobernador Ruffo que no estuviera en la conversación el procurador estatal porque tenía elementos para suponer que había presencia del narcotráfico en la procuraduría estatal. Valadés me comentó que el gobernador Ruffo se molestó por este planteamiento, pero que finalmente accedió a que se ausentara su procurador y al quedar solos el procurador Valadés le planteó al gobernador que consideraba necesario ejercer la facultad de atracción. Valadés me ha informado que el gobernador Ruffo accedió de muy buena voluntad. La atracción se ejerció por el motivo anterior, y sobre todo porque se trataba de la muerte violenta del candidato del PRI a la presidencia, hecho inédito en la historia del país.
—En una entrevista del periódico Reforma, el doctor Córdoba señaló que siempre se opuso a la llamada “campaña contra la campaña”, y que lo hizo expresándole su opinión al punto de generar molestia.
—No recuerdo que el doctor Córdoba haya utilizado esa expresión… no recuerdo que haya generado molestia. Recuerdo que manifestó su preocupación por la designación y comportamiento de Camacho. Yo le expliqué los motivos de la designación.
—¿Sabe de la influencia que el doctor Córdoba tuvo en la campaña del licenciado Colosio?
—No conocí ninguna influencia.
—Diga si por conducto del doctor Córdoba envió previamente al licenciado Colosio un proyecto o sugerencia sobre el discurso que debía pronunciar el 6 de marzo de 1994.
—No.
—Diga si el discurso que el licenciado Colosio pronunció el 6 de marzo de 1994 le provocó alguna reacción adversa1.
—Adversa no. Comentario sobre él, sí le hice… El comentario se refería a sus señalamientos en el discurso sobre las facultades presidenciales. Le comenté que tal vez no era bueno rechazar facultades que después iba a necesitar.
—Diga si consideró que dicho discurso lesionaba su imagen como presidente.
—No.
—¿Sabía si entre el equipo del coordinador de campaña y los colaboradores y amigos cercanos del candidato había diferencias?
—No conocía el detalle, más supe de ellas después que falleció Colosio. Eran diferencias entre algunas gentes cercanas a Colosio y la coordinación de campaña. Hasta donde recuerdo el único punto relevante era que la coordinación de campaña quería ser más austera.
—¿En la presidencia de la República se creyó en la validez de la hipótesis que públicamente manejó el entonces procurador general, en el sentido de que Mario Aburto era el único autor de los dos disparos que recibió el licenciado Colosio?
—Yo estaba atento a la información que producían las instancias responsables y sobre eso me guiaba.
—¿Tuvo conocimiento de que el licenciado Colosio, durante el desarrollo de su campaña, expresó ante diferentes personas su desconcierto ante diversas actitudes suyas y que se resumían en la frase: “por qué me hace esto mi amigo”?
—Nunca me lo expresó a mí directamente. No recuerdo a nadie que me lo haya comentado.
—¿Habló con Manlio Fabio Beltrones del homicidio del licenciado Colosio?
—Hablé con él el 23 en la noche para que se trasladara a Tijuana. No recuerdo el detalle de la conversación. No recuerdo que me haya visitado en Los Pinos, porque las siguientes horas fueron muy intensas.
—¿Sabe de una reunión mensual que tenían varios políticos y empresarios mexicanos a la que asistían, entre otros, Raúl Salinas de Gortari, Carlos Hank, Emilio Gamboa, Manlio Fabio Beltrones, Hernández Barrera y eventualmente el licenciado Colosio?
—Creo recordar que se reunían. No sé de qué trataban esas reuniones.
—Diga si sabe si el ingeniero Raúl Salinas, previo a la nominación del doctor Zedillo, promovió la candidatura presidencial del licenciado Manlio Fabio Beltrones.
—No, nunca conversé de esas cuestiones con miembros de mi familia. El gobernador de Sonora estaba impedido legalmente para ser candidato.
—Diga si supo, antes de la nominación del licenciado Colosio, cuál era el candidato de Carlos Hank González, Emilio Gamboa, Rubén Figueroa, Manlio Fabio Beltrones, Fernando Gutiérrez Barrios.
—No.
—¿El doctor Córdoba intervenía de alguna forma en las cuestiones relacionadas con la seguridad interior del país?
—Ninguna, excepto su presencia en las reuniones donde se podría tratar el tema.
—¿Cuáles fueron las razones por las que el doctor Córdoba fue relevado de su encargo como jefe de la Oficina de la Presidencia.
—Este relevo se había planteado desde principios de año para que él ocupara una posición en el Banco de México. Decidí ir previendo la nominación del doctor Córdoba a una posición así y finalmente se materializó en el Banco Interamericano de Desarrollo.
—¿La salida del doctor Córdoba estuvo determinada por su cercanía con el doctor Zedillo?
—No de manera fundamental, porque su salida estaba prevista desde antes de que el doctor Zedillo fuera postulado.
—¿El decir “no de manera fundamental” implica que de alguna manera sí se tomó en cuenta dicha relación?
—De manera muy marginal, porque no fue la razón fundamental de su salida… Lo que quiero decir con marginal es que con la llegada de la candidatura del doctor Zedillo decidí que era el momento de materializar lo que desde antes estaba previsto.
—¿En su calidad de jefe de la Oficina de la Presidencia el doctor Córdoba transmitía instrucciones o mensajes presidenciales a secretarios de Estado o subsecretarios, gobernadores o titulares de órganos desconcentrados o descentralizados?
—Las instrucciones las transmitía yo directamente a través de acuerdos bilaterales o a través de la red.
—¿Tuvo reportes del CISEN sobre anónimos que informaban que querían matar al candidato?
—No recuerdo haberlos tenido.
—¿Estima que la muerte del licenciado Colosio dañó a algún grupo político o económico?
—Dañó a todos los que teníamos relación íntima y personal con él; dañó a los que durante años nos formamos juntos y trabajamos con aspiraciones comunes. Dañó a una generación que compartía afinidades, metas, propósitos. Pues sí. Sí conozco a quienes resultamos dañados.
—¿Sabe qué grupos o personas pudieran haber estado resentidos con su gobierno?
—Fundamentalmente, quienes dentro del Estado estaban en contra de una economía abierta y competitiva; en contra de la competencia transparente y democrática por el poder; y en lo social, en contra de la creación de nuevas bases y grupos populares… en general, los que estuvieron en contra de la modernización y el cambio.
—¿Llegó a recibir información que mostrara a las organizaciones del narcotráfico como interesadas en privar de la vida al licenciado Colosio?
—No directamente. Comentarios en la prensa, pero ninguna evidencia sólida.
—¿El licenciado Colosio le comentó sobre amenazas que hubiese recibido por parte de los integrantes de cualquiera de los cárteles de la droga?
—Ninguna.
—Hay una carta suya enviada a los medios de comunicación, que apareció publicada el 4 de diciembre de 1995 bajo el título: “Acusa de atacarlo a narcos, Echeverría y colaboradores de éste”. ¿A qué facciones se refiere o grupos se refiere cuando afirma que quieren hacerlo “el villano favorito”?2
—No me refiero a persona en específico o grupo en particular, excepto que en el texto de la carta hago ver que sí he encontrado una actitud hostil del ex presidente Luis Echeverría y personas que participaron con él.
—¿En qué consiste el ambiente hostil que refiere?
—En las expresiones públicas que tuvo hacia mi persona en meses previos a la fecha en que emití esa declaración… En particular recuerdo una expresión de él de un supuesto interés o intención de transexenalización en mi administración.
—En dicha carta refiere: “durante mi gobierno tuve que afectar muchos intereses para proceder entre otros aspectos medulares a la apertura de la vida política… dejando atrás las relaciones sociales dominadas por grupos aferrados al poder a lo largo de varios decenios. Fueron reformas para romper el control de grupos políticos enquistados en el Estado”. Diga cuáles fueron los intereses que afectó.
—Concretamente, me estaba refiriendo al señor Joaquín Hernández Galicia, que tenía gran presencia en el partido y en labores de Estado y sobre todo en la industria petrolera.
—¿Hay otras personas o grupos que haya afectado?
—Como intereses puedo señalar que cuando se vive una economía cerrada quienes se benefician de esa protección tienen utilidades importantes; cuando se libera, se pierden esas utilidades, quien se beneficia es el consumidor. Ésos fueron los intereses afectados.
—¿Cuáles eran los grupos aferrados al poder durante varios decenios?
—Uno de ellos, el de Joaquín Hernández Galicia. También dejó su posición hegemónica el sindicato de maestros, el profesor Carlos Jonguitud.
—¿En qué consistió la reacción “tremenda” de los grupos afectados a que se refiere en su carta?
—Sobre todo en expresiones de difamación y acoso de que he sido objeto estos dos últimos años… en la avalancha de comentarios agresivos en los medios en contra mía.
—¿Cuáles fueron los grupos que según su carta criticaron sin reserva ni medida la campaña del licenciado Colosio?
—Recuerdo comentarios y editoriales y discursos políticos muy hostiles… recuerdo discursos muy agresivos de Porfirio Muñoz Ledo. Las críticas eran porque no veían un planteamiento de Colosio que pudiera satisfacer sus propias visiones.
—¿Cuáles son los grupos e intereses que quisieron imponer a su candidato como relevo, tras la muerte del licenciado Colosio?
—Me refiero a la visita que horas después de la muerte de Colosio me hizo de manera intempestiva en Los Pinos el licenciado Luis Echeverría. Echeverría me compartió su reflexión de que el candidato debía ser alguien que no hubiera tenido relación con la campaña de Colosio y el nombre que sugirió fue el de Emilio Gamboa.
—¿Cuál fue su respuesta?
—Que lo transmitiría al PRI.
—¿A qué otros grupos e intereses se refería?
—Otro caso fue el del desplegado promovido por el diputado Augusto Gómez Villanueva el 25 de marzo, mientras asistíamos a los funerales de Colosio, buscando obtener firmas de apoyo para la posible candidatura de Fernando Ortiz Arana.
—¿Sabe si las personas que ha mencionado obstaculizaron la campaña del licenciado Colosio?
—No cuento con elementos.
—¿A qué se refiere cuando afirma en su carta que los grupos que ha mencionado tienen un proyecto político claro y preciso ante las circunstancias actuales?
—Mi impresión es que ellos defienden un modelo de economía cerrada con reducida competencia política y mecanismos tradicionales de ejercicio de la autoridad.
—¿Quiénes?
—En específico, Luis Echeverría y Augusto Gómez Villanueva.
—¿A quiénes más se refiere cuando dice en su carta que pareciera que para Echeverría y otros la candidatura del licenciado Colosio era precisamente “la posibilidad de que se mantuviera un modelo de liberalismo social”?
—Cuando el año pasado el licenciado Echeverría se manifestó en contra del liberalismo social, yo lo leí como una expresión en contra de quienes encabezaban esa propuesta. Colosio había hecho suyo el planteamiento de liberalismo social.
—En otra parte de la misiva dice: “En ese momento no me parecía que las iniciativas de estos individuos tuvieran relación con los acontecimientos dolorosos que habían estado sucediendo en el país desde enero de 1994”. ¿Quiénes son esos individuos y a qué acontecimientos alude?
—Los mencionados Hernández Galicia, el profesor Jonguitud, Luis Echeverría, Augusto Gómez Villanueva y Porfirio Muñoz Ledo. Los acontecimientos son los que empezaron con el levantamiento en Chiapas. Pero no tengo elementos que vinculen a estos individuos con los acontecimientos dolorosos de 1994.
—¿Sabe si existe alguna relación entre los grupos e intereses que ha mencionado y el homicidio del licenciado Colosio?
—No.
—¿Sabe si el ingeniero Raúl Salinas, después del homicidio del licenciado Colosio, visitó a la señora Diana Laura Riojas?
—No tengo conocimiento.
—¿Sabe si el grupo de intereses en contra del cual pudiera haber estado el licenciado Camacho lo formaban José Córdoba, Raúl Salinas, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa.
—No conocí que estas personas formaran un grupo así.
Interrogatorio a Manuel Camacho Solís
—¿Estuvo de acuerdo con la nominación del PRI en relación con la candidatura del licenciado Colosio a la presidencia?
—Yo dije: no estoy en contra de la candidatura de Luis Donaldo, pero sí en contra del grupo de interés que está detrás de él. Y dos, le llamé para desearle éxito.
—¿Puede precisar cuál es el grupo de interés al que se refiere?
—Personajes políticos con muchísimas alianzas: Raúl Salinas, José Córdoba, Emilio Gamboa y otros.
—¿Cuál fue la razón por la que el 28 de noviembre no acudió a saludar al entonces precandidato a la presidencia?
—Por lo que acabo de decir y por otra razón: los tiempos están cambiando, teníamos el antecedente del 88, teníamos los cambios que habían ocurrido en la sociedad y pensé que era indispensable establecer una diferencia con los viejos métodos del sistema autoritario que, estaba demostrado, no estaban ya cumpliendo con lo que antes se había logrado.
—¿Después de la designación del licenciado Colosio como candidato, le ofreció algún tipo de apoyo a su campaña?
—Mi posición como comisionado para la paz en Chiapas fue de mantener imparcialidad, fue una posición de Estado para hacer posible la negociación de paz. Desde esa posición no tuve candidato, no podía apoyar a ninguno de los tres candidatos principales.
—¿Estuvo enterado del desarrollo de la campaña?
—Recuerdo una conversación con José Córdoba, en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Pensando en los intereses de Luis Donaldo le reclamé, sabiendo de su influencia en la campaña y de su íntima relación con el coordinador de ésta, que cómo era posible que ante una situación nacional que exigía de la inmediata presencia del candidato estuvieran pasando tantos días sin que arrancara la campaña; que eso me parecía un grave error porque las candidaturas se consolidan desde las acciones iniciales. Con extrañísima lógica, el doctor Córdoba me dijo que la mejor campaña era que no hubiera campaña, que de acuerdo con sus investigaciones desde la Oficina de la Presidencia, entre más competencia política había eso perjudicaba al PRI y favorecía a la oposición. Una vez que me voy a Chiapas, el nivel de información sobre la campaña es mínimo.
—¿Por qué sabía que el doctor Córdoba tenía influencia en la campaña del licenciado Colosio?
—Porque el doctor Córdoba tenía influencia en todas las principales actividades del gobierno; en el gabinete económico era una pieza central. En los asuntos políticos, las decisiones del PRI se tomaban en su oficina; por ahí pasaban los documentos principales. Y porque José Córdoba era el principal instrumento del presidente en todas las tareas de esa naturaleza. Y por una razón adicional: por su estrechísima relación personal y alianza política de siempre con Ernesto Zedillo, coordinador de campaña de Colosio.
—¿Transmitió al licenciado Salinas alguna opinión sobre la campaña del licenciado Colosio?
—Era uno de los temas que se discutía centralmente, sobre todo vinculado con la posibilidad que manejaban los medios de que yo pudiera ser candidato a la presidencia.
—¿Qué comentarios le hizo el licenciado Salinas a raíz de lo anterior?
—La principal preocupación era que en los medios políticos se había creado la impresión de que yo quería ser presidente de la República y su exigencia, de manera muy clara, fue que yo dijera enfáticamente que no tenía esa aspiración.
—¿Cuál fue su respuesta?
—El 11 de marzo habíamos quedado que yo haría una declaración pública al respecto, con la que yo estaba de acuerdo, pero ocurrieron una serie de cosas que me llevaron a fijar una posición como la que presenté en la conferencia de prensa del Hotel Presidente. Dije que frente a todo lo que estaba ocurriendo, frente a los ataques contra mi equipo (y también frente a las múltiples amenazas que yo recibí), prefería ser un factor que empujara la transición a la democracia; es decir, no quería ser candidato, quería utilizar mi prestigio político para asegurar la paz, pero no estaba dispuesto a restringir mis derechos ciudadanos.
—¿Discutió los términos de este comunicado con el presidente Salinas?
—Se los presenté antes de darlos a conocer y fue motivo de una profunda confrontación personal.
—¿En qué consistió esa confrontación?
—El presidente me exigió que hiciera esa declaración. Me amenazó si no la hacía, le dije que yo por la fuerza no me iba a doblar y que yo estaba dispuesto a hacerlo, pero no en las condiciones que se me querían imponer, sobre todo después del trabajo que habíamos hecho para frenar la guerra en Chiapas. El presidente sabía que la paz era mi flanco débil y entonces vino la amenaza mayor, o tú aceptas, o dejas de ser comisionado, lo cual significaba que se venía abajo todo el proceso. Me pidió que hiciera algunos cambios al documento. Algunos los tomé en cuenta, otros no, y así llegué al Hotel Presidente, donde los medios esperaban una candidatura, con la posición anticlimática de decirles que yo prefería ser un factor a favor de la transición.
—En relación con una respuesta anterior sobre múltiples amenazas en contra suya, ¿cuáles eran esas presiones?
—Las presiones ya las precisé, lo dije cuando mencioné la relación con el presidente Salinas, y en relación con las amenazas se dieron tan frecuentes, por ejemplo a los teléfonos de mi casa, que tuve que cambiar los números.
—¿Por qué razones el presidente Salinas lo nombró comisionado para la paz?
—El texto de esa conversación está en los papeles que me robaron de mi casa, mismos que fueron llevados a la oficina del doctor Zedillo y que éste envió a las oficinas del licenciado Salinas, lo cual constituye otro hecho grave más en la vida política del país3. Como ahí se relata, llegué a ver al presidente, siendo secretario de Relaciones Exteriores, para decirle que era indispensable cambiar la línea del gobierno. La posición del gobierno, la posición de José Córdoba era el exterminio del movimiento. Le dije que yo no podía convalidar esa línea porque no estaba dispuesto a contestar a los noticieros de Estados Unidos sobre cuántos muertos había habido en México. Llegué al límite. No estoy dispuesto a seguir siendo parte de este gobierno si no cambias la línea política y no sólo eso, me iré con el movimiento cívico a las calles para luchar a favor de la paz y la defensa de los derechos humanos. El presidente me hizo ver que eso provocaría la fractura del régimen. Fue a partir de ahí que convenimos y acepté ser comisionado.
—Consideró que su nombramiento, con el carácter de honorario, lo ponía en una eventual posición de candidato presidencial sustituto?
—Yo no podía estar pensando en que iba a ser candidato sustituto después de lo que había vivido en el destape anterior. Yo no era el hombre de Salinas. Por la información que tengo, pienso que aún en el caso de que no se hubiera aprobado el TLC, Salinas no estaba pensando en mí para sucederlo, Salinas estuvo pensando —en una situación de turbulencia política— en Patrocinio González. Había razones muy poderosas para que no pudiera haber una confianza ya completa entre nosotros dos.
—¿Le manifestó al licenciado Salinas alguna inconformidad por no haber sido nominado?
—La demostré con la diferencia que establecí en los hechos que acabo de hacer relación, y su respuesta fue decir que yo había hecho un capricho. Adjetivo que se repite a lo largo de la historia de nuestro país siempre que hay una diferencia con el poder.
—¿Solicitó al licenciado Salinas, entre el 10 de enero y el 22 de marzo de 1994, que requiriera a sus colaboradores que lo apoyaran o dejaran de criticarlo?
—Sí, le pedí que solicitara a sus colaboradores que dejaran de atacarme porque no era asunto personal, era una tarea y una responsabilidad institucional.
—¿Cuáles eran los colaboradores que lo atacaban?
—Quienes pensaba que lo hacían eran José Córdoba, Emilio Gamboa, Otto Granados y no recuerdo si antes o después, Beltrones.

—¿En qué forma se enteró del atentado que sufrió el licenciado Colosio?
—Estaba en Chiapas, en una reunión en casa del obispo Samuel Ruiz, cuando alguien pasó una tarjeta que informaba sobre el atentado. Busqué al presidente para confirmar la información. En ese momento me dirigí a la sala de prensa para expresar mi duelo y mi más enérgico rechazo.
—¿Supo de alguna persona o grupo político que pudiera haber estado en desacuerdo con la candidatura del licenciado Colosio?
—Yo nunca he confundido una lucha política con una conducta criminal. No sé si Colosio tenía enemigos, precisamente por su carácter bondadoso, para llegar a su crimen.
—¿Qué actitud asumió cuando los medios manejaron que el asesinato del licenciado Colosio era un complot de Estado?
—Yo he aprendido que uno no puede guiarse en el gobierno por apreciaciones, sino a partir de los hechos. Yo no podía sacar en el momento ninguna conclusión porque no tenía información relevante. Las únicas tres cosas que eran importantes para mí fueron: dejar establecida en el primer contacto con los medios la misma posición que había definido el 22 de marzo: no iba a ser, bajo ninguna condición ni circunstancia, candidato a la presidencia. Dos, mi sorpresa por la manera como se estaban manejando los acontecimientos en mi contra y la pregunta que yo me hacía: ¿esto era parte de una horrible conspiración? Y lo tercero, eran consideraciones estrictamente personales: la seguridad de mi familia, mi propia seguridad, la de mis colaboradores y la importancia que yo le daba, ya fuera de cualquier consideración política, a poder ir a decir a Diana Laura que sentía mucho la muerte de su esposo.
—¿Sabe si a fines de marzo de 1994 el licenciado Salinas le solicitó a Diana Laura Riojas que firmara una carta que lo exoneraba a usted de cualquier vínculo con el homicidio?
—En parte es cierto y en parte no. A mi llegada de San Cristóbal, el día 24, fui a Los Pinos. Hablé con el presidente. El primer punto de ambos fue el descarte de mi persona para la candidatura. Te pido que bajo ninguna circunstancia sea yo considerado. Él me dijo: eso he pensado y coincido plenamente. Había visto ya la televisión, la uniformidad del posicionamiento político y el quererme atribuir a mí la responsabilidad del crimen. Me había llamado mucho la atención la manta que había aparecido en Lomas Taurinas, “Camacho y Marcos te vigilan”. ¿Cómo una manta así cuando había tal cantidad de vigilancia? Me había llamado más la atención ver que ese era un tema en los medios desde la noche: el rechazo a Camacho y el enardecimiento contra su persona en el edificio del PRI, proyectado por televisión a toda la nación. Y sabía que en Gayosso había gente preparada para que a mi llegada se me insultara y se me agrediera. No obstante, decidí ir a Gayosso y así se lo informé al presidente. El presidente llamó al general Cardona para que yo pudiera ser recibido sin contratiempos. A mi llegada me encontré con que no había ninguna posibilidad de ser recibido, porque ni siquiera encontré a nadie, a ningún representante del gobierno. Y únicamente vi a los grupos de ambulantes y de peticionarios que gritaban consignas en mi contra y algunos prácticamente querían agredirme. Para mí eso no tenía mayor importancia. Sabía que no era una reacción natural, al punto de que a mi salida de Gayosso una parte de esos contingentes me acompañaron a mi vehículo y cambiaron el grito de “Muera Camacho” por “Viva Camacho”. Con dificultad pude entrar al segundo piso donde estaba Diana Laura y se celebraba en ese momento una misa. Esperé a que terminara la misa y recibí dos mensajes diciéndome que la señora decía que yo no era grato en ese lugar. Al primero que me llevó el mensaje, en tanto que entre otras cosas, había sido fuente de las amenazas de muerte contra mi persona, según se me había comentado en las semanas anteriores, no le quise dar ninguna importancia. Cuando vi que eran dos, pensé que en efecto se trataba de un mensaje real y decidí salir de Gayosso. En ese mismo lugar, en la calle, me rodearon los periodistas y fue ahí donde dije que bajo ninguna circunstancia iba yo a ser candidato a la presidencia de la República. No por los gritos de los acarreados. Bajo ninguna circunstancia iba yo a aceptar a ser candidato en el contexto de un crimen y de todo lo que pudiera estar atrás.
Salí de Gayosso y me dirigí a la oficina del presidente; le dije lo que había pasado. Me dijo que de todas maneras él pensaba que era lo correcto, y yo le dije que lo correcto era haber ido a presentar mis condolencias a Diana Laura, independientemente de los hechos que se habían presentado. Le dije que me llamaba mucho la atención que de las órdenes que yo oí que se dieron, simplemente no hubo nada, y que una cosa es que no fuera ser candidato, pero otra que se valiera que quisieran arrojar sobre mi persona la responsabilidad de un crimen. Que eso no tenía ninguna justificación ni moral, ni legal, ni política. Y que en las circunstancias que se habían creado, la única manera de parar esa embestida sería que alguien con autoridad moral la frenara. Y que no veía yo a ninguna otra persona con esa autoridad que no fuera Diana Laura. Que por tanto y ya considerando que no sólo no iba a ser candidato, sino que por el manejo trágico de los acontecimientos que se estaba haciendo, mi vida política estaba terminada, que yo le hacía una solicitud de carácter humanitario para que ella me diera una carta, no en donde dijera que yo no era el responsable del crimen, sino donde aclarara si en efecto ella pensaba que yo lo era, o simplemente estaba enojada por las posiciones que yo había mantenido en los meses previos.
Esa carta era mi seguro de vida y la protección de mi familia. Yo redacté el texto —le pedí al presidente se lo llevara a Diana Laura— precisamente en esos términos: separar el crimen de las circunstancias políticas. Eso es todo lo que pedí. Creo que eso lo merecía cualquier ser humano en una circunstancia equivalente. Tenía miedo, también, de que alguno de los múltiples ambiciosos que estaban en ese entorno político, pudiera llevar a la señora a quien tanto respetaba, alguna información calumniosa, que ella sin todo conocimiento, pudiera expresar en público. Sabía yo que una cosa así para mí podría ser hasta la muerte. Hice esa solicitud a Diana Laura porque conocía de su honestidad, de su inteligencia y de su calidad humana. Ella había sido colaboradora nuestra en la Subsecretaría de Desarrollo Regional. Era tal mi simpatía por ella que unos cuantos meses antes le llevé a regalar un óleo que tenía de su pintor predilecto, deshaciéndome de algo que a mí también me gustaba, pero sabía que a ella le iba a gustar más. Y tal fue la calidad moral de esa mujer, que aun en el clima de envenenamiento en contra de mi persona que se había creado, tuvo el acto de grandeza de jamás decir, insinuar o sugerir que yo pude haber participado en ese crimen. En la única declaración verdaderamente suya al respecto, que dio al periódico El País, y que según recuerdo se reprodujo en la revista Proceso, Diana Laura fue muy clara: Contra Camacho no tengo otra cosa más que políticamente no haya apoyado a Donaldo. Con su conducta intachable y con su voz, Diana Laura firmó la carta que yo le pedí. Quienes carecen de toda ética, o no sé por qué razones lo hagan, han dicho que esa carta era para que yo pudiera ser candidato. Ellos saben perfectamente que en ningún instante quise ser candidato después de los acontecimientos que habían ocurrido.
—¿Puede precisar quién era la persona que identifica como fuente de amenazas en su contra?
—Esto vino de una comida en donde el colaborador de Emilio Gamboa, Raúl Zorrilla, dijo, según me fue comentado por gentes de mi confianza, que si Camacho seguía con su protagonismo lo iban a tener que matar. Este tipo de comentarios los escuché también en Chiapas, a veces periodistas extranjeros me decían haber escuchado comentarios semejantes.
—¿Considera haber tenido un ruptura política con el licenciado Colosio?
—Le acabo de comentar que nunca estuve en contra de la candidatura de Colosio, estuve en contra del grupo de interés que estaba atrás de Colosio.
—¿Cuál era la razón por la que estaba en contra de ese grupo de interés?
—En algún caso, porque el candidato de ese grupo de interés no había sido inicialmente Luis Donaldo Colosio. Pensaba yo que estaban metidos algunos en la corrupción. No veía en ninguno la voluntad de llevar al país a la democracia, sino más bien de perpetuarse en el poder para los próximos 24 años, como lo dijo un miembro del gabinete actual. Ésos eran los intereses y las cosas con las que yo no estaba de acuerdo, y por eso ellos tampoco confiaban en mí.
—¿Sabe quién era inicialmente el candidato de ese grupo de interés?
—El candidato de José Córdoba siempre fue Zedillo, hasta que ya no estuvo al final en la competencia y entonces se inclinó por Colosio. El candidato de Raúl Salinas siempre fue Colosio. Desconfiaba profundamente de Pedro Aspe y de mí.
—¿Cuáles miembros de ese grupo de interés estaban en la corrupción?
—Yo pensaba que Raúl Salinas. Tengo la convicción de que el doctor Zedillo es un hombre honesto que nunca participó en ningún negocio. Y de Gamboa he oído muchas cosas, pero no me consta nada.
—¿Sabe por qué Mario Aburto Martínez, al llegar a las instalaciones de la Policía Judicial Federal, solicitó hablar con usted?
—Eso fue lo que dijo Manlio Fabio Beltrones, que a él se lo había dicho. Yo lo consideré exactamente en la misma jerarquía que las mantas de Lomas Taurinas, como lo que se había publicitado en la televisión contra mi persona y la bajeza que se había organizado en mi contra en la agencia Gayosso.
—¿Cómo se entera que los papeles que le fueron robados en su casa llegaron a manos del doctor Zedillo y éste a su vez los entregó al licenciado Salinas?
—Por versión de ambos. Y me pareció un hecho grave que ellos fueran parte de eso, que no dijeran nada públicamente, que buscaran que con esos documentos me desprestigiaran, que no hubieran frenado la publicación de los mismos a sabiendas de que iba a haber la publicación, ya que yo le había anticipado esa información al presidente; que todavía después de eso, el presidente siendo jefe de Estado fuera a desayunar al periódico El Economista, y que el doctor Zedillo y sus hombres mantuvieran el apoyo y la confianza en ese medio. Pero la historia no terminó ahí. Ante ese hecho delictivo en mi contra tuve la precaución de registrar en Derechos de Autor esos papeles y en esta administración se tuvo la desfachatez de que se publicaran como libro, con un título denominado “Yo, Camacho”, después de una reunión celebrada en el avión presidencial en la que se discutían distintas formas de golpearme.
—¿Supo de la existencia de un grupo de empresarios y políticos denominado el Grupo de los Diez?
—Lo supe porque ése era uno de los sitios donde se preparaban las principales estrategias políticas en mi contra. No recuerdo en este momento quién de ellos me lo dijo, pero me relató un hecho importante. Estando sentados a comer, Raúl recibió una llamada. Se levantó de la mesa diciendo que tenía que ir a Los Pinos porque Manuel Camacho lo estaba acusando de actos de corrupción con el presidente. Después de la comida, a la hora de los coñac, regresó y dijo que ya había parado esas calumnias y a este “hijo de la tal”. Como es lógico, la percepción de los asistentes era de que yo no contaba con el apoyo presidencial y eso facilitaba la construcción de las líneas de ataque político en contra de mi persona.
—¿Le hizo saber actos de corrupción del ingeniero Raúl Salinas al entonces presidente?
—Le dije al presidente todo lo que a mí me llegaba de información al respecto. Al presidente le dije siempre todo lo que sabía aun aquello que pudiera perjudicarme.
—¿Cuál fue la respuesta que le dio el presidente?
—Que hablara con Raúl. Recuerdo alguna referencia que había hecho el ingeniero Heberto Castillo de algunas importaciones de azúcar, no recuerdo bien, en la campaña política del ingeniero Castillo. Hablé con Raúl, y en esa y otras ocasiones negó por completo los hechos.
Interrogatorio a Ernesto Zedillo
—¿Cómo se dio su designación como coordinador general de la campaña del licenciado Luis Donaldo Colosio?
—Al día siguiente de su postulación como candidato, el 29 de noviembre de 1993, Colosio me llamó a mi oficina alrededor del mediodía y sin mayor preámbulo me ofreció la coordinación general de su campaña y me pidió presentarme de inmediato en su oficina de Sedesol. Al indicarle mi aceptación de su propuesta, me comentó que se proponía hacer enseguida el anuncio correspondiente. Procedí a comunicarme con el presidente de la República para informarle mi decisión de renunciar a la SEP. Pocos minutos después el propio Colosio hizo el anuncio.
—Además de la función natural que corresponde a un coordinador general de campaña, ¿le encargó el licenciado Colosio la misión de fungir como enlace con el entonces presidente de la República?
—Él siempre mantuvo comunicación directa con el presidente y sus principales colaboradores, por lo que no procedía tener un enlace formal distinto a él mismo. Sin embargo, cuando estaba fuera de la ciudad, en campaña, yo servía para transmitir mensajes.
—¿Sabe si el licenciado Colosio fue informado previamente por el licenciado Salinas de Gortari del nombramiento de Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz en Chiapas y, en su caso, del carácter con que se haría tal designación? ¿Qué opinión tuvo el licenciado Colosio sobre dicho nombramiento?
—La noche del 9 de enero de 1994 el licenciado Salinas me comunicó que pensaba involucrar a Camacho en el asunto de Chiapas. No me dijo el carácter específico que tendría su responsabilidad. Tengo la impresión de que fue lo mismo que se le comunicó a Colosio esa misma noche. Me parece que fue hasta la mañana del 10 de enero, estando en Huejutla, Hidalgo, cuando se enteró Colosio de los términos precisos de la designación de Camacho. Estimo que ni para él ni para ninguno de sus colaboradores cercanos, incluyéndome a mí, fue grato dicho nombramiento, ni mucho menos los términos en que se hizo. Pensamos que había sido una decisión muy desafortunada que sería aprovechada por Camacho en función de sus ambiciones políticas personales. Convenimos en más de una ocasión, Colosio y un servidor, que una vez más había tenido éxito la táctica de Camacho de atemorizar al presidente con la real o supuesta gravedad de algún problema, para luego postularse a sí mismo como el único capaz de resolverlo.
—¿Cuál fue la planeación inicial respecto a la fecha y lugar para el inicio de campaña y qué cambios se dieron con motivo de los sucesos de Chiapas, del 1 de enero de 1994?
—Se programó iniciar la campaña el 10 de enero de 1994, y así ocurrió. Sin embargo, debido a los sucesos de los primeros días de ese mes, se cambió el arranque, que sería en la costa de Chiapas, a Huejutla, Hidalgo.
—¿Sabe si el licenciado Salinas de Gortari solicitó al licenciado Colosio, a principios de marzo de 1994, que suspendiera la gira que tenía programada en el estado de Chiapas y las razones de ello?
—Colosio me comentó, alrededor del 1 de marzo de 1994, que estaba pensando hacer muy pronto una visita sorpresa a Chiapas al margen del programa y los mecanismos de campaña. Ignoro las razones por las cuales no se llevó a cabo dicha visita.
—¿El ambiente político de 1994 fue adverso a la campaña y se propició para afectar al licenciado Colosio? ¿Cuál era la percepción del candidato a este respecto?
—No creo que la aparición del EZLN haya sido planeada específicamente para afectar nuestra campaña política, pero los sucesos de Chiapas y la interpretación que algunos medios le confirieron a la estrategia gubernamental para enfrentar ese problema afectaron las circunstancias en que debió desarrollarse la campaña. Desde luego los involucrados, empezando por Colosio, percibimos condiciones menos propicias para el desenvolvimiento de la campaña, especialmente por el protagonismo que el asunto Chiapas había cobrado y por el importante cambio que se había dado en las percepciones de la gente respecto a la situación del país a raíz de los hechos violentos de los primeros días de enero. Como indiqué antes, nos molestaba mucho la actitud del licenciado Camacho y el que una vez más abusara de la confianza del presidente, quien a su vez mostraba según nosotros una evidente debilidad de carácter ante los desplantes de su comisionado. Nos tomó tiempo admitir que en esos momentos no era posible disputar la mayor atención noticiosa nacional a todo lo que tuviese que ver con Chiapas, pero que además no era necesario para ser exitosos en la campaña en su inicio.
—¿Fue testigo de una conversación telefónica entre el licenciado Salinas y el licenciado Camacho la tarde del 28 de noviembre de 1993, según lo refirió el propio licenciado Salinas en su declaración ministerial? En su caso, ¿sabe sobre qué tema versó esa conversación?
—El día de la postulación, el 28 de noviembre de 1993, alrededor de las tres de la tarde estuve presente cuando el licenciado Salinas sostuvo una conversación telefónica con Camacho. Según me comentó el propio licenciado Salinas, Camacho estaba molesto, se rehusaba a acudir a felicitar a Colosio, se retiraba a reflexionar y al día siguiente haría pública su posición.
—El ex presidente llegó a expresarle las razones por las que habría nombrado al licenciado Camacho comisionado para la paz con el carácter de honorario?
—En una conversación que sostuve en febrero de 1994 le expresé mi convicción de que el nombramiento de Camacho no habría de servir para resolver el asunto de Chiapas y le dije que su comisionado estaba aprovechando la confianza presidencial para tener un protagonismo político que en nada servía al proceso electoral. Me contestó que su responsabilidad era procurar por cualquier medio la tranquilidad del país, para que las elecciones transcurriesen en condiciones propicias para el triunfo de Colosio y que a ello obedecía su decisión. Le recordé la actitud de Camacho el día de la postulación, a lo que me respondió, incluso molesto, algo así como que entendiésemos que lo único que quería era ver a Donaldo sentado en la silla el primero de diciembre, con lo que concluyó la conversación.
—¿Conoció las razones por las que el 22 de marzo de 1994 Manuel Camacho declara públicamente que no aspira a la candidatura por la presidencia de la República?
—El 22 de marzo, cerca del mediodía, me llamó el licenciado Salinas pidiéndome que informara a Colosio que en las siguientes horas Camacho declararía públicamente que no aspiraba a la presidencia. Me pidió que a su vez Colosio tuviera un gesto de cortesía, ponderando públicamente a Camacho. Ambas cosas ocurrieron. Me quedé con la impresión que fue el propio licenciado Salinas el que acordó con Camacho su declaración.
—¿El licenciado Colosio le expresó algún comentario sobre lo dicho por el licenciado Salinas, cuando el 27 de enero de 1994, en la residencia oficial de Los Pinos, expresó la frase: “No se hagan bolas, el candidato es Luis Donaldo Colosio”? ¿Supo cuál fue la intención de dicho mensaje?
—No recuerdo ningún comentario específico de su parte, pero sí que se le vio molesto después de esa declaración. Nunca platiqué sobre la misma con el licenciado Salinas.
—¿Supo de diferencias, distanciamiento o ruptura política entre el licenciado Salinas y el licenciado Colosio, o de que hubiese habido alteraciones en su relación personal durante la campaña?
—La diferencia significativa que se tuvo con el entonces presidente por parte de todos los que participábamos en la campaña, incluyendo al candidato, fue en relación a la responsabilidad conferida en el asunto de Chiapas a Camacho y la manera como la desempeñaba. El más cuidadoso para expresar su desacuerdo con esa situación era el propio Colosio, pero su incomodidad era perceptible para los que trabajábamos cerca de él. El 13 de enero de 1994, día en que hacía campaña en Hidalgo, me pidió que me trasladase a Pachuca para que al término de su gira comentásemos los acontecimientos. Estaba molesto por lo ocurrido durante la semana en torno a Camacho. Al final concluimos que lo que procedía era mantener la cabeza fría y no mostrar públicamente enojo. Por otra parte, nunca estuve presente en los encuentros o pláticas telefónicas que sostenían el candidato y el entonces presidente, por lo que desconozco si varió sustancialmente su relación personal en aquellos meses. Tengo claro que la comunicación entre ambos se mantuvo regularmente y, por lo mismo, no se podría hablar en modo alguno de ruptura.
—¿Tuvo comunicación telefónica con el licenciado Colosio el 22 o 23 de marzo de 1994? En su caso, ¿podría precisar con qué propósito?
—La tuve ambos días. El día 22 para transmitirle el mensaje del licenciado Salinas respecto a la declaración de Camacho y su petición de que Colosio hiciera a su vez una declaración sobre Camacho. El día 23 hablamos dos veces por teléfono. La primera alrededor de las siete de la mañana para comentar los acontecimientos del día anterior y la conveniencia de que no esperara a su regreso a la ciudad de México para comunicarse con el licenciado Salinas y reconocerle el acuerdo referido. Me indicó Colosio que hablaría con el licenciado Salinas en el curso del día. La segunda vez me llamó de La Paz, alrededor de las tres de la tarde, justo antes de partir a Tijuana. Me comentó que su llamada con el licenciado Salinas había sido muy grata. Estaba satisfecho y contento por eso y por los resultados de su gira.
—En el equipo de campaña, ¿a qué se atribuyó el que la prensa nacional diera preferencia a las actividades del entonces comisionado para la paz en Chiapas, por encima de las actividades de campaña del licenciado Colosio?
—Sabíamos que el asunto de Chiapas, por su naturaleza y el impacto inicial que había tenido en la opinión pública, era el preferido de la prensa. El director de un diario de la ciudad de México me lo dejó entonces muy claro al decirme, con un evidente grado de cinismo, algo así como que entiendan que siempre lo que rompa el orden establecido será mejor noticia que su campaña.
—Diga si durante la campaña del licenciado Colosio llegó a reunirse con el licenciado Carlos Salinas. En caso afirmativo, ¿con qué frecuencia ocurrió ello?, ¿qué comentarios se hacían sobre el licenciado Colosio y el desarrollo de su campaña?, ¿se tocó el asunto de la seguridad?, ¿se comentó la actitud del licenciado Camacho en cuanto a su fuerte presencia en los medios, la percepción pública de que aspiraba a la candidatura y las versiones periodísticas de que el licenciado Colosio renunciaría?
—Me entrevisté con el licenciado Salinas la noche del 9 de enero de 1994 y en otra ocasión en febrero de 1994… Comentamos la actitud de Camacho y no abordamos versiones periodísticas sobre ningún tema. El de seguridad tampoco fue abordado. Sobre el contenido de la segunda plática debo agregar que el licenciado Salinas me mostró una nota escrita por el señor Marcelo Ebrard, entonces asesor suyo y de Camacho, con comentarios sumamente críticos hacia el desempeño de Colosio y la campaña, a lo que yo respondí que esos comentarios no se correspondían con lo que indicaban las encuestas, incluyendo las de la propia presidencia, con lo que expresó su acuerdo el licenciado Salinas.
—¿Acompañaba usted al licenciado Colosio durante sus giras? Específicamente, ¿podría precisar cuál fue la razón por la que no asistió a la gira por Baja California?
—Desde el inicio de la campaña acordé con el licenciado Colosio que ni yo ni sus asesores directos lo acompañaríamos en las giras de campaña.
—¿Es cierto que usted atestiguó la instrucción que el entonces presidente Salinas le dio al licenciado Manlio Fabio Beltrones para que se trasladase al lugar del atentado, según lo refiere el propio licenciado Salinas en su declaración ministerial? ¿Conoció los motivos por lo que se le pidió al licenciado que se trasladara a Tijuana?
—Efectivamente, presencié cuando la noche del 23 de marzo de 1994 el licenciado Salinas le indicó a Beltrones que se trasladara a Tijuana. No recuerdo que el licenciado Salinas haya mencionado una causa especial.
—¿Cuáles son los antecedentes del discurso que pronunció el licenciado Colosio el 6 de marzo de 1994? ¿Cuál era el mensaje que deseaba transmitir con ese discurso? ¿Era un mensaje de ruptura con el presidente?
—El discurso del 6 de marzo fue el mejor programado de la campaña. En las semanas previas al discurso obtuvimos un buen número de estudios de opinión y propuestas de estrategia de comunicación política para ser utilizados en el diseño definitivo de la campaña, una vez que ésta entrase en su etapa formal después de Semana Santa. Acordé con el candidato utilizar el material disponible para la elaboración del citado discurso. Lo considerábamos muy importante por varias razones. La primera, que los propios estudios de opinión habían revelado que uno de los aspectos más débiles de la campaña residía precisamente en el contenido del discurso. Por otra parte, nos permitiría comenzar a proyectar en una ocasión importante la imagen objetivo del candidato, que se había determinado como óptima a partir de los varios estudios de opinión. A los redactores del proyecto del discurso se les proveyeron directrices precisas basadas en los citados estudios, e incluso párrafos y frases congruentes con esas directrices. Con el mismo propósito solicité notas e ideas a varias personas. Recuerdo en especial a los escritores Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Hernández Campos y Ricardo Garibay. Cerca de la ocasión, el propio licenciado Colosio solicitó a algunas personas su opinión sobre el proyecto de discurso. Recuerdo que Enrique Krauze le sugirió algunos conceptos que el licenciado instruyó fuesen considerados en la versión definitiva. Es de señalar que a éstos se refirieron algunos comentaristas de prensa para sustentar sus interpretaciones de distanciamiento e incluso de ruptura entre el candidato y el presidente. Pero no existió la pretensión de plantear la ruptura con el entonces presidente, sencillamente porque no era conveniente desde el punto de vista electoral.
—¿Cuál fue la percepción del entonces presidente respecto del discurso?
—No conocí la opinión del licenciado Salinas. Me enteré de versiones periodísticas que señalaron que el discurso había molestado al licenciado Salinas, por los conceptos antes señalados, pero desconozco la veracidad de las mismas. Por otra parte, sé que el propio licenciado Salinas envió a Colosio una encuesta de la presidencia que mostraba que el discurso había fortalecido las preferencias a su favor.
—¿Diana Laura Riojas, después de la muerte de Colosio, le confió alguna información en relación al caso, o a enemigos de Luis Donaldo Colosio?
—Nunca lo hizo.
—El 23 de octubre de 1995 el periódico Reforma publicó una copia de una carta personal del entonces coordinador general de la campaña al licenciado Colosio, en la cual le propone al candidato que se establezca clara y precisamente una alianza política con el licenciado Salinas y que haya un acuerdo explícito “para que la gente sepa que no sería manipulado por el presidente Salinas, pero que goza de su confianza y aprecio”. ¿En ella estaba implícita la existencia de un distanciamiento, rompimiento o molestia entre el licenciado Salinas y el licenciado Colosio?
—Se trata de un corte de estrategia al aproximarse el final del primer recorrido de la campaña. El memorándum es muy claro en insistirle al candidato que variaron las circunstancias que previmos antes de los acontecimientos del primero de enero, que no nos conviene ignorar que hay personas que procuran generar en el ánimo presidencial una actitud negativa hacia nosotros, por ejemplo, el caso del señor Ebrard, y que ha llegado el momento de tener una estrategia precisa respecto a Camacho. Las razones de la propuesta sobre la alianza explícita con el licenciado Salinas se explican claramente por lo que no hay que suponer otra cosa. Los estudios de opinión reflejaban claramente un deseo de la gente de tener una suerte de cambio con continuidad.
Interrogatorio a José Córdoba Montoya
—¿Cuál era su intervención en las decisiones políticas que tomaba el licenciado Salinas de Gortari?
—Mis funciones eran de asesoría y apoyo técnico. Yo siempre se las di diciéndole lo que pensaba, a veces tomaba en cuenta mi punto de vista y a veces no. Esa es la naturaleza de todo trabajo de asesor.
—¿Cuáles fueron las razones por las que fue relevado de su cargo como jefe de la Oficina de la Presidencia?
—Presenté mi renuncia el 30 de marzo de 1994, siete días después del asesinato de Colosio. En ese momento no se dio y tampoco tenía por qué darse una explicación. Sé que la coincidencia de fechas ha propiciado algunas especulaciones, por lo que quiero exponer con detalle los antecedentes. El levantamiento armado de Chiapas, el 1 de enero de 1994, implicó cambios de la situación general del país y afectó las prioridades del quehacer gubernamental. En ese contexto, recuerdo que el presidente de la República, a su regreso de una reunión internacional en Davos, Suiza, me comentó que tenía tres prioridades fundamentales para 1994: encauzar la vía del diálogo en el conflicto de Chiapas; garantizar un proceso electoral federal apegado a derecho, transparente, creíble, y mantener la estabilidad de la economía nacional. También me dijo que por la complejidad del momento quería encargarle de manera directa el cumplimiento de cada una de esas prioridades a un área distinta. En ese nuevo marco quería descansar menos en el trabajo colegiado que se hacía en el seno de los gabinetes especializados. Me dijo que la función que yo había venido desempeñando en los cinco años anteriores, de organización y seguimiento del trabajo de dichos gabinetes, perdía sustancia; por lo tanto, mi permanencia en el cargo tenía una justificación menor. Yo le dije que presentaba mi renuncia y que me retiraba a actividades privadas. Él me comentó que no era una cuestión urgente y que deseaba que permaneciera en el gobierno, ya que en ese momento mi salida hubiera podido dar lugar a interpretaciones equivocadas. Se acordó que en el mes de abril, al entrar en vigor la autonomía del Banco de México, presentaría mi renuncia al cargo y sería nombrado responsable de la transferencia, prevista entonces en la ley del Banco de México, al gobierno federal de los tres fideicomisos a cargo del banco: Fira, Foci y Fidec. El asesinato de Colosio cambió las cosas. Después de la postulación de Zedillo como candidato, el presidente me dijo que por la complejidad de la situación política del momento y por mi cercanía con el candidato del PRI, era inconveniente que permaneciera en el país. Él me pidió que me fuera como representante de México y República Dominicana al Banco Interamericano de Desarrollo, a lo que accedí sin discutir.
—¿Consideró que retirarse del país a los pocos días del homicidio del licenciado Colosio y por la cercanía que ya señaló con el nuevo candidato, motivaría comentarios adversos a usted?
—En ese momento nunca imaginé que la cercanía entre la fecha del asesinato de Colosio y mi salida del país pudiera propiciar sospechas. Acepté irme porque sentí que ése era mi deber y mi contribución al mejor logro de los objetivos del gobierno.
—¿El licenciado Colosio fue informado, previamente, por el entonces presidente de la República del nombramiento de Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz y la reconciliación en Chiapas?
—Supe que hubo una comunicación del presidente, el 8 o 9 de enero, sobre este tema. Desconozco los términos precisos. Esto lo sé porque me lo dijo el presidente con posterioridad, y a finales del mes de enero Colosio también me lo comentó.
—¿También se le informó al licenciado Colosio el papel que desempeñaría Manuel Camacho como comisionado?
—Entiendo que el presidente le comunicó dicho nombramiento, desconozco si le explicó con menor o mayor detalle la naturaleza de este nuevo cargo.
—¿El nombramiento del licenciado Camacho Solís como comisionado provocó alguna molestia en el licenciado Colosio?
—Colosio me contó que el 10 de enero por la noche, en el cuarto de hotel donde se hospedaba, vio la amplia cobertura que le dieron los noticiarios al nombramiento del comisionado para la paz. Sentía que eso opacaba en cierta forma el arranque de su campaña. Le molestó, creo, no tanto el nombramiento sino la manera en que se dio. Recuerdo sus palabras textuales: era “un golpe para su campaña”.
—¿Sabe la razón por la cual el nombramiento del licenciado Camacho Solís revistió un carácter de honorario?
—El presidente de la República me comentó que así lo pidió Camacho. Entiendo que argumentó que la misión que le encargaban tenía un carácter peculiar: negociar a nombre del gobierno con un grupo transgresor de la ley que desconocía la propio gobierno. Entiendo que argumentó que para el cumplimiento eficaz de su misión, le ayudaría un nombramiento también peculiar. Tener un cargo formal dentro del gobierno limitaría, a su juicio, la flexibilidad requerida para el cumplimiento de su encargo, por eso pidió, según entiendo, desempeñarse no como funcionario sino con carácter honorario; debo decir que infiero estos razonamientos de los comentarios que me hizo el presidente de la República al respecto. Yo no presencié ninguna reunión entre él y Camacho sobre este tema.
—¿Se le pidió opinión sobre el nombramiento del licenciado Camacho?
—El presidente me comentó su intención de nombrar a Camacho como comisionado. Le dije que coincidía con la prioridad absoluta que le otorgaba a poner fin a la confrontación y al encauzamiento del conflicto por la vía del diálogo. También le manifesté que Camacho tenía las cualidades que requería una misión tan delicada. Le externé, sin embargo, una preocupación: el resurgimiento de Camacho de manera tan destacada en la política nacional podía ser factor de confusión y perturbar el desarrollo incipiente de las campañas, ya que él mismo se había declarado abiertamente candidato perdedor. Recuerdo haberle comentado que si el comisionado era un servidor público en lugar de corresponder a un cargo honorario se podría, tal vez, aprovechar la capacidad negociadora de Camacho y al mismo tiempo acotar el impacto negativo de ese nombramiento a nivel político nacional y en particular de cara al proceso electoral federal. Reitero, sin embargo, que Camacho manifestó que él necesitaba flexibilidad.
—¿El nombramiento de Camacho como comisionado rompió las reglas de la “ortodoxia política” al ponerlo en posición de candidato presidencial sustituto?
—Tengo la convicción de que no era ésa la intención del presidente. Sin embargo, reconozco que se dieron esas especulaciones. La prioridad del presidente en ese momento era garantizar el fin de la violencia; probablemente juzgó que lo demás era un costo menor. Yo no puedo juzgar si se rompió o no con la llamada ortodoxia política.
—En una entrevista publicada en el periódico Reforma usted se refiere un pasaje difícil que se da entre el licenciado Salinas y el licenciado Camacho en la tarde del 11 de marzo de 1994, y menciona que el presidente se vio obligado a actuar con firmeza, con el objeto de que el licenciado Camacho retirara algunos párrafos del texto que leería el mismo día. ¿Puede precisar a qué se referían esos párrafos?
—El viernes 11 de marzo el presidente citó en su despacho a Manuel Camacho. El presidente quería conocer un texto que el comisionado tenía programado leer esa misma tarde ante los medios de comunicación en un hotel capitalino. Recuerdo que al término de esa reunión el presidente me citó en su oficina y me comentó que había tenido una reunión difícil con Camacho. Dijo que lo sentía muy sensible a críticas que se habían expresado en torno a su gestión como comisionado y a su papel en el escenario político. Esa sensibilidad lo había llevado a incorporar en el texto que sometió a su consideración algunas frases inconvenientes que el presidente le solicitó omitir… Recuerdo la mención a ciertas personas que según Camacho representaban una línea dura dentro del PRI y propiciaban comentarios adversos hacia él. Por otro lado, un fraseo demasiado ambiguo de su posición política frente al proceso electoral federal. Entiendo que Camacho moderó su discurso, pero yo no fui testigo directo de los hechos.
—¿El presidente le refirió que debían implementarse campañas de apoyo a la labor del licenciado Camacho como comisionado?
—No usaría la palabra campaña. Solicitó a sus colaboradores que le dieran el apoyo total de sus dependencias a la gestión del comisionado, ya que el éxito de ésta era una prioridad del gobierno. Me consta que todas las dependencias acataron esa instrucción.
—¿Sabe si el entonces presidente, a mediados del mes de marzo de 1994, dio instrucciones a los licenciados Otto Granados, Patricio Chirinos, Emilio Gamboa u otros más, para que se comunicaran con el licenciado Camacho y le expresaran apoyo?
—No me consta que haya dado instrucciones en ese sentido. Lo que sí sé es que en las primeras semanas de marzo Camacho tenía una gran sensibilidad con relación a las críticas que sobre su gestión se publicaban en algunos periódicos y le comentó al presidente que algunos de sus colaboradores podrían estar atrás de esas expresiones críticas, así me lo expresó Salinas. No me sorprendería que le haya expresado también a algunas o todas las personas que usted menciona que trataran con cordialidad a Camacho. Si así ocurrió, no creo que se tratara de expresiones de apoyo político, sino de una manifestación de cordialidad personal para que Camacho no sintiera enemistades y ánimos persecutorios de parte de colaboradores cercanos al presidente de la República. Debo decirle que el presidente me comentó en múltiples ocasiones que si uno trataba bien a Camacho, éste respondía bien.
—¿Cuál fue la reacción de Manuel Camacho al anunciarse la candidatura del licenciado Colosio?
—Es conocida de todos y ha sido llamada el berrinche de Camacho.
—¿Cuántas veces se reunió con el licenciado Colosio durante el periodo del 28 de noviembre de 1993 al 23 de marzo de 1994?
—En 1993 vi a Colosio, creo, en dos ocasiones en un ambiente fundamentalmente social. No creo haber tenido una reunión privada con él. En 1994 lo vi en reuniones privadas en cuatro o cinco ocasiones. Colosio tuvo la gentileza de invitarme a conversar con él, yo nunca le solicité un encuentro, ni tampoco el ex presidente Salinas me instruyó que hablara con el licenciado Colosio. Quiero precisar que yo nunca fui portador de ningún mensaje del presidente Salinas. En 1994 nunca tuve comunicación telefónica con él, la comunicación siempre fue personal y directa, en encuentros donde conversábamos con cierta amplitud.
—¿Qué se trataba en esas reuniones?
—Eran reuniones de amigos. Conversábamos sobre los temas del momento, no se trataba de desahogar una agenda. Recuerdo que compartió conmigo algunas reflexiones y percepciones personales sobre el desenvolvimiento de la campaña. En términos generales me comentó la situación adversa en la que arrancó su campaña, muy diferente a la que él había previsto inicialmente. Me comentó la concentración de la opinión pública y los medios de comunicación en torno a los problemas de Chiapas y el detrimento de su propia campaña. También me habló de su preocupación por consolidar la imagen de su campaña, fortalecer la integración de su equipo de trabajo y perfilar mejor su ideario político. Otro asunto que abordó fue el protagonismo nacional de Camacho y lo que él llamaba la tolerancia excesiva del presidente como obstáculo para lograr sus objetivos. A su vez me comentó enfáticamente su satisfacción al percibir las amplias manifestaciones de adición y de apoyo a su candidatura y en cierta forma se entristecía de que no se reflejara adecuadamente en la evaluación que se hacía de su campaña y en la cobertura que daban los medios.
—¿Cómo y en qué forma se enteró del atentado?
—Yo estaba en mi oficina. Me llegaron varias llamadas, tomé la que me pareció más importante: la de Ernesto Zedillo, entonces coordinador general de la campaña. Me dijo que estaba recibiendo varias llamadas sobre un atentado que acababa de ocurrir en Tijuana. Me preguntó qué sabía. Le respondí que de momento nada pero que iba a investigar. Me dirigí a la oficina del presidente, que estaba abierta. El ayudante me señaló que estaba en la planta baja, en el salón Vicente Guerrero, en una reunión con un grupo de campesinos. El acto estaba por concluir, el presidente estaba dirigiendo un mensaje final. Vi al general Cardona, entonces jefe del Estado Mayor Presidencial, en la puerta del salón. Le pregunté si tenía información sobre un atentado en contra de Colosio, me dijo que no. En ese mismo instante un ayudante le comunicó que tenía llamadas urgentes en su oficina. Fue a atenderlas. Regresó a los tres minutos confirmando el hecho. En esos momentos el presidente estaba despidiéndose del grupo de campesinos y del secretario de la Reforma Agraria. Cardona y yo le comunicamos la noticia. Se dirigió de inmediato a su oficina para hablar por teléfono. Creo que ya tenía llamadas telefónicas de Gobernación y la PGR.
—¿El licenciado Salinas le hizo algún comentario?
—La reacción inmediata fue de consternación y conmoción. Creo que lo único que preguntó fue qué noticias había sobre el estado de Colosio. Le dijimos que ninguna, ya que en ese momento no teníamos ningún dato.
—¿Cuáles fueron las primeras instrucciones específicas que giró el licenciado Salinas?
—Entiendo que giró múltiples instrucciones, casi todas por vía telefónica, por lo tanto yo ignoro su naturaleza. Sé que una de las primeras fue la integración de un grupo médico en la ciudad de México que pudiera trasladarse a Tijuana y dar seguimiento al estado de salud de Colosio.
—¿En qué momento se entera de la muerte del licenciado Colosio?
—Ya tarde, en la noche. Nos encontrábamos en una pequeña reunión de trabajo en la oficina del presidente. Le pasaron una tarjeta indicándole que tenía una llamada telefónica, se retiró para atenderla a una oficina adyacente. Salió a los pocos minutos y nos comunicó a los presentes que le acababan de informar, desde Tijuana, que había fallecido Colosio.
—¿Qué actividades realizó después de ser informado del atentado y posterior fallecimiento del licenciado Colosio? ¿Con quién y de qué habló?
—Estuve en mi oficina, atento a cualquier instrucción del presidente. Varios de los funcionarios que el presidente había citado permanecían en mi oficina, en espera de pasar con él. La conmoción y consternación era general. El tema era qué hacer y qué va a pasar. El presidente citó a una reunión de gabinete económico. Antes de pasar, conversamos de manera informal sobre las opciones de manejo bancario y cambiario que convenía someter a consideración del presidente.
—¿En su calidad de jefe de la Oficina de la Presidencia, intervenía en las decisiones de campaña del licenciado Colosio?
—En lo más mínimo. Mi relación con Colosio en esos meses era estrictamente de amigo, nunca tuve —ni busqué— tener interferencia alguna con las decisiones de su propia campaña.
—¿Se entrevistó con el coordinador de campaña del licenciado Colosio entre el 28 de noviembre de 1993 y el 23 de marzo de 1994?
—Mi relación con el coordinador de la campaña fue mucho menos regular que con el licenciado Colosio. Por la relación de amistad personal que existía entre el doctor Zedillo y yo mismo, buscamos deliberadamente no mantener una relación política o de trabajo cercana durante esos meses, para no dar lugar a malas interpretaciones o comentarios mal intencionados. Sí vi al coordinador de la campaña, creo, en una sola ocasión en esos tres meses. Conversé con él los mismos temas que los que abordaba con Colosio, aunque con menor profundidad.
—¿Conoció de las versiones que señalaban que el licenciado Colosio renunciaría a su candidatura, las que inclusive hablaban de que se presionaba desde la presidencia para que recurriera tal situación?
—He leído versiones de que yo hubiera pedido o servido de conducto para pedirle la renuncia a la candidatura del PRI a la presidencia a Colosio. Reitero ante el Ministerio Público lo que he expresado ante medios de comunicación, en el sentido de que estas versiones son un infundio y un disparate. Tampoco sé que nadie le haya jamás pedido dicha renuncia.
—¿Por qué la presidencia no hizo pronunciamiento alguno sobre las versiones periodísticas de la posible renuncia del candidato?
—A veces el costo de aclarar versiones periodísticas sin fundamento es superior al costo de dejarlas pasar. La expresión coloquial del 27 de enero del presidente Salinas a la que se refirió anteriormente, era una forma de acotar esas versiones.
—¿Sabe si el 27 de marzo el licenciado Salinas visitó en su domicilio a la señora Diana Laura Riojas?
—El ex presidente me comentó que había visitado a Diana Laura Riojas en su casa, pero no me comentó el contenido de ese encuentro, más allá de la fuerte carga emotiva del mismo.
—¿Después de la muerte del licenciado Colosio visitó o habló telefónicamente con la señora Diana Laura?
—Le di las condolencias cuando se velaba el cuerpo de Luis Donaldo Colosio. No hablé con ella ni busqué verla con posterioridad. Le recuerdo que me retiré del cargo el 30 de marzo, salí del país y me desvinculé deliberadamente de la política.
—¿Los discursos que pronunciaba el licenciado Colosio eran enviados a la presidencia para su aprobación?
—Para su aprobación, no. Los grandes discursos eran enviados con anterioridad por cortesía y únicamente para efectos de conocimiento, con dos copias: una para el presidente y otra para mí.
—¿Durante su gestión llegó a remitir sugerencias al licenciado Colosio sobre los discursos que debería pronunciar?
—Nunca le mandé ninguna sugerencia expresa en cuanto al contenido de algún discurso. Es más, creo que nunca le mandé personalmente ningún documento.
—¿Sabe por qué se designó al doctor Zedillo como coordinador de campaña?
—Sé lo que me comentó personalmente Colosio. Me dijo que fue una decisión absolutamente personal, que él sentía una fuerte identificación política y humana con Zedillo. Y que, a su vez, respetaba su capacidad profesional. Quería, según me dijo, encomendar la coordinación de su campaña a una personalidad fuerte que no hubiera sido necesariamente un colaborador suyo. Me comentó que en el marco de la idea de generación del cambio que utilizaba en ese momento la asociación de Zedillo con su candidatura proyectaba la imagen más conveniente.
—¿Usted tuvo participación en la designación de las personas que integraron el personal de seguridad del licenciado Colosio?
—Como sé que este tema ha dado lugar a ciertas confusiones, quisiera dar una respuesta completa. Por mandato de ley cualquier candidato presidencial en campaña tiene derecho a pedir apoyo al gobierno para la integración de su equipo de seguridad. Además, como ha sido tradicional, después de la postulación del candidato del PRI ciertos elementos del Estado Mayor Presidencial se desprenden de sus funciones de apoyo al presidente e integran el eje de seguridad del equipo del candidato. En ese contexto, el general Domiro García Reyes, quien fungía como subjefe operativo del Estado Mayor Presidencial, se integró como responsable del equipo de seguridad del candidato. Yo no tuve ninguna participación de ninguna índole en la designación del general García Reyes. A fortiori, tampoco tuve participación de ninguna índole en las decisiones que adoptó el general García Reyes en cuanto a la integración de su equipo. En verdad no entiendo por qué han surgido reiteradamente versiones de que yo tuve alguna participación en dichas decisiones. Quiero aclarar una primera fuente de confusión al respecto: se ha dicho que el Estado Mayor Presidencial dependía de mi oficina, incluso en una entrevista publicada en el diario Reforma, el 27 de junio de 1995, el anterior fiscal especial del caso Colosio, Chapa Bezanilla afirmó que por acuerdo administrativo el Estado Mayor Presidencial dependía de la oficina entonces a mi cargo, y que por esa razón el general Domiro García Reyes dependía de mí. Quiero que conste que esa aseveración es totalmente falsa, supongo si es que dicha entrevista es auténtica, que Chapa Bezanilla estuvo mal informado por sus asesores y que no tuvo la oportunidad de leer personalmente el acuerdo al que se refería.
—¿Cuál fue la razón por la que renunció a su encargo en el Banco Interamericano de Desarrollo?
—Por las condiciones financieras que vivió el país en los primeros meses de 1995, se solicitó al BID que participara en el programa de apoyo al gobierno de México. Aunque yo había dejado de ser servidor público, me correspondió apoyar la aprobación del préstamo respectivo por parte del BID. Cuando concluyó esa responsabilidad, el secretario de Hacienda me hizo saber que por el clima de opinión que prevalecía entonces en el país mi permanencia en ese cargo representaba para el gobierno mayores costos que beneficios. Me hizo saber que el presidente deseaba llevar a cabo un relevo de ese cargo. Presenté mi renuncia para facilitar el relevo.
Interrogatorio a Luis Echeverría Álvarez
—¿Se reunió con el licenciado Colosio durante la campaña de éste? ¿Cuáles fueron los temas de los que conversaron?
—Me reuní con él sólo una ocasión. A principios de febrero le hablé a las oficinas del PRI para felicitarlo. Le dije que quería pasar a darle un abrazo a donde él me indicara. 10 días después me llamó y dijo que iba a tomarse un café conmigo; lo invité a desayunar a mi casa. También invité a mi hijo Álvaro, actual oficial mayor de la Secretaría de la Reforma Agraria, a mi hija María Esther, directora del Fondo Nacional para las Artesanías, a mi hijo Pablo, sociólogo y, creo recordar, a Benito Delgado, delegado de Turismo en Miami… Gentilmente, Colosio se reunió en un salón de la casa con Arturo Williams, director del Colegio Williams, quien es mi vecino en la colonia, con Alejandro Valenzuela, actual coordinador de la oficina del secretario de Hacienda y Crédito Público y con un amigo muy distinguido que ahora es el director de la Universidad Iberoamericana. Luego estuvo con mis hijos a quienes preguntó por sus profesiones y actividades. Desayunamos solos durante hora y media. Fue una plática muy cordial y amistosa… Le manifesté que le deseaba mucho éxito, que le deseaba fueran leves las 20 horas diarias que tendría que trabajar para bien de México. Nos despedimos con un abrazo. El día de su muerte, al anochecer, cuando se había ratificado su muerte por radio y televisión, fui a Los Pinos. Eran cerca de las ocho de la noche, el presidente Salinas estaba con mucha gente y nos recibió. Le manifesté que iba a darle un abrazo y que la muerte de Colosio era una tragedia para México. La charla duró menos de un minuto. Al día siguiente fui a las oficinas del PRI. Saludé a directivos del partido y a muchos funcionarios; el presidente del PRI también recibió mi condolencia. Pedí hacer una guardia ante el féretro de Colosio. Me acompañaron el presidente del PRI y dos funcionarios. Fue una guardia de un minuto. Saludé cordialmente a Ernesto Zedillo, coordinador de la campaña en ese entonces, y me retiré.
Desayuné tres veces con el presidente durante los meses siguientes y hasta su salida de la presidencia. El tercer desayuno fue poco antes de su salida. Me hizo un llamado y fue un poco de cordial despedida. Me atrevo a suponer que lo mismo sucedió con José López Portillo y Miguel de la Madrid. Luego, como es públicamente conocido, a fines de septiembre envió un comunicado a todos los diarios y canales de televisión de México, en donde manifestaba, entre otras cosas, que yo coordinaba a algunos funcionarios muy distintos entre sí para que lo atacaran o lo criticaran: Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Ignacio Ovalle, Adolfo Aguilar Zínser. El lunes se presentaron en mi casa 40 o 50 periodistas, pero no me encontraron. Yo mandé un pequeño boletín a la prensa expresando que esas personas, como muchas otras, habían sido mis colaboradores 20 años antes. Les dije que yo no coordino ni a mis hijos ni a mis nietos, que son muchos. Después leí la entrevista de Salinas publicada en Reforma, en donde expresó que había un complot político y que en la visita de mi pésame a Los Pinos por la muerte de Colosio yo había sugerido que fuera candidato su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Emilio Gamboa Patrón. Ignoro el porqué de la afirmación. En esa misma entrevista, Salinas manifestó que el complot político se extendía a algunos dirigentes del PRI o algo parecido. Hay un lejano antecedente que pudiera explicar el porqué de la afirmación: año y medio atrás mi esposa fue sometida a una delicada y exitosa operación quirúrgica en el hospital de especialidades del centro médico de la Raza. El licenciado Gamboa era el director del Seguro Social. Se enteró que mi esposa estaba ahí y ordenó a la dirección del hospital todo género de atenciones, lo cual fue cumplido. Subrayo que esto fue mucho antes de que fuera secretario de Comunicaciones. Unas semanas después, en un desayuno, le expresé al presidente que el director del Seguro Social y todo el personal del hospital se habían portado espléndidamente, y que les habíamos enviado una carta de agradecimiento. Fuera de esa expresión de agradecimiento, nunca hablé con el presidente Salinas de Gamboa. He evitado responder a periodistas en los últimos meses para no contribuir con elementos de confusión en este asunto como en muchos otros.
—¿Tuvo diferencias políticas con el licenciado Salinas durante su gobierno? ¿Consideró que las reformas políticas y programas de gobierno que él impuso le afectaron?
—Nunca las tuve. En primer lugar porque yo conozco a fondo las responsabilidades de ser presidente y porque él ordenó que cuatro de mis hijos fueran designados para cargos públicos, lo cual le agradecí siempre. Respecto a las reformas, yo conozco los cambios del mundo. Quiero decir que la globalización, el significado de los capitales flotantes que pueden dar la vuelta al mundo en minutos y cuya salida tanto afectó al licenciado Salinas, no fueron para mí un problema. Ni antes de la crisis del último año del sexenio pasado ni después he expresado ninguna opinión pública, por respeto a lo que el presidente y su responsabilidad significan en México.

Héctor de Mauleón

Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.
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LA REFORMA ENERGETICA UN TRIUNFO DE EPN.

17. diciembre, 2013|Sin categoría|No comments

QUIEN LE PONE RIENDA AL PRI
Por León Krauze
Diciembre 16, 2013 | Tags:

No hay vuelta de hoja: la aprobación de la reforma energética es un triunfo de Enrique Peña Nieto y el PRI. Aquel que lo lea de otra manera peca de ingenuo o de algo peor. Será muy difícil acusar de inmóvil a un gobierno que ha conseguido compromisos legislativos que parecían inalcanzables hace apenas un par de años. Las leyes cuentan. De pronto, la “generación del no” —como la bautizó con toda justicia Ciro Gómez Leyva— ha aprobado, por abrumadora mayoría, una reforma genuinamente ambiciosa.
Ahora queda la reflexión. Me concentró, por ahora, en el ángulo político. Primero lo primero: esta reforma debería ser la última llamada de atención para quienes insisten en menospreciar a Peña Nieto y sus operadores políticos. El “títere impuesto”, el que hizo “el oso en la FIL”, el “ignorante” sigue llevándose todas las canicas. Y eso obliga a una segunda conclusión. Las conquistas recientes del priismo son una advertencia clarísima para la oposición: la hegemonía del PRI está consolidándose y no tiene una aparente fecha de caducidad. Para nadie es un secreto que en los círculos priistas ya se piensa no solo en la sucesión de 2018, sino hasta en la siguiente. Los priistas parecen seguros de que han regresado para quedarse. Lo peor es que, a juzgar por la coyuntura, no les faltan razones para el optimismo transexenal. Y esa es una muy mala noticia para el país. Todo gobierno necesita de una oposición propositiva y eficiente. Por ahora, no hay tal para el priismo. Y aunque este PRI no es el que era, las pulsiones feudales, la voracidad, los excesos, la corrupción y la propensión al dispendio impune siguen ahí. Que los priistas comiencen a echar raíces en el poder no hará sino incentivar su descaro. La única manera de ponerle riendas al dinosaurio es oponiéndosele activamente: ganándole en las urnas.
La candidata no solo natural, sino quizá única para ponerle límites al Leviatán priista, es la izquierda. Por eso es una pena que la izquierda mexicana insista en la viabilidad de la estridencia como estrategia política. De pronto parecería que el sector dominante de la izquierda mexicana ha decidido, ya de manera definitiva, adoptar la teoría de la conspiración como guía ideológica. No importa proponer y argumentar, lo que importa es recordarle al electorado de “fraudes” e “imposiciones”: la indignación como argumento. Le pregunto al lector lo siguiente: ¿qué le escuchó más a la izquierda mexicana (la izquierda formal y sus simpatizantes en las redes sociales y los medios) durante los meses de debate sobre la reforma energética? ¿Propuestas concretas, creativas y realistas que funcionaran como una alternativa de proyecto de nación en función de nuestra coyuntura energética o la viejísima, aburridísima cantaleta aquella de la “mafia en el poder”, el “saqueo al país”, las “trasnacionales rapaces”, y demás incisos del guión que hemos escuchado desde hace ya más de una década? Por supuesto, ciertas voces de la izquierda aportaron elementos loables y sensatos a la discusión. Pero lo cierto es que, como en muchos otros casos, la agenda de la izquierda —en forma y fondo— fue impuesta de nuevo por las voces más radicales y desaforadas. En México y en el extranjero, el rostro de la izquierda nacional no fue Cuauhtémoc Cárdenas, sino la senadora Sansores. Y ni hablar de las redes sociales, en las que la voz de la izquierda se ha vuelto un coro de histéricos que no solo censuran, sino agreden abierta y vulgarmente a cualquiera que se atreva a ir contra su particularísimo dogma. Por argumentada que fuera, ¡ay de aquel que osara manifestar su simpatía por el proyecto de reforma!
Como huérfano político (muchas veces he dicho —y reitero — que soy un votante natural de izquierda) lamento profundamente todo esto. Todavía no encuentro un ejemplo de un político o un simpatizante de un político que haya convencido a un votante a punta de gritos e insultos. El masoquismo tiene límites. Pero más allá de lamentar la terquedad y el apego de la izquierda por la destemplanza, me pregunto con auténtica curiosidad: ¿cuál es el cálculo político-electoral que hacen estos líderes de izquierda? ¿Donde exactamente encuentran el rédito electoral, a mediano y largo plazo, de esta estrategia? Es decir, entiendo la necesidad de apelar a la base lopezobradorista para garantizar el futuro de Morena, pero aún así no me salen las cuentas. No faltará quien me diga que López Obrador estuvo muy cerca de rebasar a Enrique Peña Nieto durante la elección pasada. Y es verdad: es probable que, si la campaña hubiera durado un par de meses más, el resultado habría sido distinto. Pero la izquierda ha aprendido la lección equivocada si cree que la clave de aquella exitosa campaña fue la estridencia ideológica. La fuerza de AMLO en 2012 se basó en un astuto y eficaz movimiento hacia el centro, no en una radicalización. El crecimiento electoral de López Obrador comenzó, claro, con sus leales: no hay campaña electoral exitosa sin una base sólida. Pero el factor que cerca estuvo de alterar el resultado final fue la manera como López Obrador logró presentarse al mismo tiempo como un candidato antiestablishment y como un hombre de renovada moderación ideológica. Lo que acercó a la izquierda al poder fue el discurso conciliador, no la obstrucción rijosa y dogmática. Tomar una ruta completamente distinta ahora no tiene sentido, o al menos no lo tiene si se trata de incrementar el voto de la izquierda para dentro de un par de años y, evidentemente, para 2018. Es muy poco probable que los electores de centro en México “compren” un nuevo movimiento fugaz de López Obrador hacia la moderación en el siguiente gran ciclo electoral. Es un (gran) truco que solo funciona una vez. Si la izquierda no se libera del yugo de la intransigencia, se negará la posibilidad de llegar al poder y le quitará a México la mejor ocasión para embridar al dinosaurio.
(Milenio, 14 diciembre 2013)

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