Entre Cuauhtémoc y El Bronco

ADOLFO SÁNCHEZ REBOLLEDO
Más allá del correcto funcionamiento de la maquinaria institucional que hizo posible la emisión del voto, lo cierto es que está pendiente un balance de los comicios capaz de decirnos qué pasó y hacia dónde se dirige México. Y no sólo se trata de precisar cómo y por qué el PRI obtuvo la mayoría o el PAN y el PRD cayeron en los grandes números, o cómo queda la izquierda entre los muros de la ciudad, sino de revisar hasta qué punto estamos inmersos en la declinación de algunos principios de la transición democrática (por ejemplo, la tendencia a equiparar financiamiento público y privado y la revisión de los requisitos del registro partidista; ¿tendremos que aceptar un nuevo curso fundacional?).

Es importante decir que esta elección, una de las más débiles (por lo planteado) de muchos años, dejó un déficit que no es subestimable. Como si fuera accesoria la competencia por los diputados, aquí y ahora, los contendientes siguieron las inercias conservadoras, evitando hasta donde les fue posible el debate de los asuntos más trascendentales, tal como les correspondería a verdaderos partidos, de modo que fue muy difícil conocer sus propuestas, con lo cual el abismo entre los políticos y los militantes siguió creciendo, agravado por las campañas que se esmeran en las más burdas generalizaciones, como las que idealizan las virtudes de los candidatos independientes sin partido o la fuerza del voto nulo.

Cierto es que hubo animosidad, deseo de humillar junto con las trampas consabidas de los vividores de siempre. Pero el problema en estas elecciones es el extravío de la brújula nacional, la ausencia de una deliberación que permita al Estado lanzar un nuevo ciclo de desarrollo a partir de una visión que sólo puede ser democrática.

Los partidos se perdieron en los detalles de la contienda sin tocar las cuestiones de fondo… ¿Alguien recuerda alguna frase memorable en medio de tanta trivialidad? Así llegamos a un punto límite gracias a la propaganda superficial y estupidizante con que los publicistas torturaron a las audiencias. Vivimos, pues, en medio de una grave distorsión que acaba por desnaturalizar el lenguaje mismo de la política, de impedir justamente la comunicación.

En un país como México, donde las cifras de miseria y desigualdad son infernales, es imposible creer que la vida pública democrática podrá desplegarse en libertad sin la mayor participación de las fuerzas sociales que las comportan. Asegurar la expresión de los intereses de las grandes mayorías es, sin duda, una condición indispensable para que la competencia política adquiera su verdadera dimensión.

No habrá renovación ni cambio democrático real si no se abren las grandes compuertas a lo que la ciudadanía en verdad exige. El voto refuerza la decisión popular.
Como resultado de los comicios estalló en las páginas editoriales una oleada de entusiasmo por los independientes que se postulan día a día, como si ya se hubiera dado la vuelta a la crisis mencionada más arriba. El caso más sintomático es el del ganador en Nuevo León, cuya victoria dejó sin suspiro a ese importante sector del electorado que, proveniente de los estrechos círculos de la sociedad civil y, más específicamente, de las clases empresariales (remember Fox), decidió poner a su directo servicio a un político ganador, a quien, según Jorge Alcocer, lo aprovisionaron a creces, con recursos privados que –se dice– tuvieron una fuente principalísima (Grupo Femsa).

El independiente casi no tuvo espots, pero obtuvo menciones cotidianas en televisión, radio y diarios, locales y nacionales (Reforma, 18).
Pero la cara regiomontana no es la única que puede tomarle el pulso a la corriente. Sin ser el mismo caso, el futbolista Cuauhtémoc Blanco puso en la picota a los partidos y comprobó que las campañas contra la clase política pueden tener un efecto devastador. La preocupación por quién y cómo gobernará no es un tema menor. Así faltaran en el artilugio otros políticos investidos de buena fe ciudadana y algunas habilidades propiciatorias.

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