Son las instituciones

La crisis social por la que atraviesa México, bien puede encontrar su origen en una deficiencia institucional arraigada y profunda.

Se dice hoy que en México existen dos realidades. Aquella de la gente mala y la de la gente buena. Hay un México pujante, en el cual la clase media crece cada día y el dinero alcanza un poco más; con mayores oportunidades y mejor potencial. Ese es el país de las reformas, el que se proyecta hacia el futuro. Por otro lado, está el México violento, el país bronco y silvestre. Ese país, que es la nota internacional, es el otro México. Una circunstancia que convive con la cotidianeidad, pero que si bien cierta, es excepcional. Todos somos los buenos. Los malos solo están de pasada. Como eje transversal, habría que incluir la desigualdad e inequidad que tiene a casi 40 millones de personas en niveles de pobreza.

Ambas realidades confluyen en una sola y única crisis, la ausencia de instituciones sólidas que sirvan de sustento jurídico y político para el desarrollo del país. Instituciones que den fundamento a un proyecto de nación duradero y estable; con visión a largo plazo. Sin las instituciones adecuadas, es prácticamente imposible emprender algo sólido que perdure.

La crisis social por la que atraviesa México, bien puede encontrar su origen en una deficiencia institucional arraigada y profunda. Muchas de las reformas que han sido aprobadas en los últimos años, se refieren a sectores fundamentales para el desarrollo de México y, sin embargo, no han diseñado un arreglo institucional en donde otros proyectos, reformas y planes puedan tener cabida (buen ejemplo de ello, es la proliferación de los organismos constitucionales autónomos). Pareciera que en cada caso, se inventa el agua tibia y debemos de partir de la imaginación para sustentar institucionalmente cada nueva reforma. El gran problema de México deriva de su debilidad institucional.

De ahí nos viene, como consecuencia, la corrupción e impunidad que, a su vez, son la causa de otros problemas igualmente serios. Es el caso de la inseguridad y la colusión de autoridades con grupos del crimen organizado. El meollo de todo está en la seguridad y certeza institucional y en el estado social de derecho. Ayotzinapa, Tlataya y muchas desgracias más, como la Guardería ABC (el más trágico de todos), han generado indignación, repudio y protestas sociales. Son tragedias humanas, pero también lo son institucionales, por su falta de prevención y respuesta eficaz.

El 27 de noviembre del 2014, a unos meses de la matanza de los jóvenes en Ayotzinapa, el presidente dio a conocer los 10 puntos que supuestamente articularían una modificación institucional para resolver los problemas de inseguridad y el estado de violencia en varios lugares del país. En suma, las propuestas pretendían (en pretérito) solucionar el déficit monumental que existe en procuración e impartición de justicia. Iniciativas que bien articuladas (un sistema de justicia eficiente y eficaz), se encaminarían a resolver la impunidad y corrupción. Aún no han sido aprobadas.

Aquel discurso de noviembre y sus 10 propuestas, pecaron de adolescencia. El ausente en ese momento, que pudo ser histórico, fue sobre todo, la falta de contenido social y una propuesta para resolver el problema de fondo: El institucional. No sólo se trata de tapar un bache, sino de cambiar toda la calle. Lo que faltó en ese discurso, fue una invitación hacia el futuro. Una propuesta, cuando menos, para solucionar las distorsiones profundas y mentales de la colectividad que protagonizamos todos.

La tabla rasa en cualquier sociedad es la educación. El inicio de cualquier proyecto y empresa, comienza por la madurez del pensamiento y la formación del conocimiento. De ahí que lo que hace la CNTE y la Sección 22 sea tan dramático. Con la suspensión provisional de la evaluación del magisterio y las acciones irracionales de los profesores, no hace falta más que pensar en el proyecto de país que buscamos como ente colectivo. El futuro debe de pensarse hoy y para ello no hay más que la educación.

Para pensar en una educación de calidad, con profesores preparados y profesionales, que formen a la juventud mexicana, es fundamental solucionar primero nuestros problemas institucionales. De lo contrario la corrupción e impunidad, como sucede hoy, seguirá permeando todo el sistema, incluido el educativo. Es por ello, que la reforma más importante debe pensarse a partir del fortalecimiento del Estado, para tener un verdadero estado de derecho. Solo así, podremos solucionar nuestros problemas y hablar de un proyecto de futuro.

Fuente: La Silla Rota

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